miércoles, noviembre 17

Al estilo Girondo

Lluviado de le
las gri mas, las tris mas.
Tardea agujas navajadas.
Ancianiza vejato murido.

Lluviando le, madajo, soy ozo
Hitado, pagada le voz
Dagada garganta. Muedre.
—ye le ve; frusí de le—

Petras bose petras
aguadero, guada, guvas.
Sepre lluvia, mas
las petras no murido; cetiles, brulonas.

¿Ye qué? ¿Nasta? ¿Dosto?
Lubras en bialos, sirras sen dente.
Muedre vejato pues guise lluviando
Fusuro deborsitado, voritado en agua.

Sancado, anciado, birrado,
lluviar no mas: dios suici
escandalado en lagos.
—ye la vo; lluvio me—

Valisa no gua: seca
se mobre, se mure, se jade.
Fenecedo, fenalece.
—ye la ve, ¿qué ser?—

Dios dio sui
Ci vejato batajo no sangre,
no lluvia, guada seca.
Navajado bose petras.

Cuerdos. Re-cerdos. Duole.
Ye fruso, ye lluvio, ye me dole
¿Amor se dosto? Negro corbán amaña.
Se ye quien lluvia.

"Poema" modernista

Me así con vigor a la túnica de Virgilio,
y atravesé tras él guarecido
los nueve círculos del perverso hueco.

Lenguas de fuego me abrasaron,
me hundí en el horror de los condenados,
gritos como dagas horadaron mis oídos.

A punto estuve de perder la razón,
pero como tal eras tú, amor,
hice de tu efigie mi yelmo y mi coraza.

Me volví ciego a la ignominia,
sordo al improperio y a la inquina;
pero sorbí la erudición del vate.

Del orco regresé para mirar tu faz,
tu ebúrnea piel de querube,
tus labios suaves como pluma de cisne.

¡Oh, desdicha! No hubo arúspice
que presagiara la muerte de mi anhelo:
tu aliento cálido mutó en cierzo,

clamé a tus ojos y hallé silencio.
Sin responso, sin cordura, sin amor,
caí por siempre en la sañuda cueva.

Sepa la madre, 1


Su vientre es tierra urgida de pasiones; latitud ardiente, cataratas y eslabones.
Bajo su piel habitan mares con olas furiosas que lamen islas secretas.
En la esquina del horizonte se adivinan bosques, verdes regiones que prometen vida,
y sin embargo sólo saben sembrar la sed.
Muchachas y muchachos caminaron ese vientre, pero murieron ahogados en saliva.
Los ancianos enloquecieron llorando cantos demacrados.

Celebrar esa carnicería le gustaba:
destazar compañeros, vomitar a la multitud.
Evadir siempre al amante perfecto.

Hoy, a su edad, a esta hora, recuerda a quienes no amó.
Sueña con algunos que han muerto ya
y piensa lo que sería un “contigo” correspondido.

Pero no llora ni al ver su vientre en despedida
ni al saber que sólo espera que su mano explote en maravillas.