viernes, septiembre 17

Una gran noche




Son las ocho de la noche y ya estoy lista. Dos horas dedicadas a la belleza. Botas con plataforma, piernas bronceadas, vestido corto, cortísimo. Lencería coqueta, muy femenina. Uñas nuevas. Labios rojos, párpados con sombra negra. Cabello largo, sedoso, planchado. Una hora más para revisar mi apariencia. Me reacomodo los calzones: siempre son un lío. Perfecto. Será una gran noche.
Hace más de seis meses que no vengo a este bar, pero sospecho que el mesero me reconoce. Cruzo la pierna, le guiño un ojo. Sí, me ha visto antes. Sólo quien me conoce es capaz de mentarme la madre así, con disimulo.
Cambio de lugar, circulo entre las mesas. Piltrafa, piltrafa, “peoresnada”, piltrafa. Qué fastidio: no me ha tocado ver ni un papacito. Dos horas, cuatro tragos y nada. Empiezo a perder el entusiasmo cuando aparece el papacito de la noche. “Éste es mío, perras”. Me siento derechita, muestro el atributo. Levanto mi vaso. Sonríe. Sí que es papacito. Bebo con delicadeza. Recorro mis labios con la lengua para que conozca mis talentos. Le devuelvo la sonrisa. Se acerca. Ya cayó. Salud. El monólogo insulso del borracho. Mi mano en su pierna, su mano en mi nuca, las lenguas no sé dónde.
Voy al baño. Me contoneo, segura de que está mirándome el trasero. Retoco el maquillaje, cepillo mi cabello, me acomodo los calzones. Salgo. Me mira de pies a cabeza.
—Qué rica estás.
—A tus órdenes.
Paga. “Adiós piltrafas, adiós”. Ni su casa ni la mía, sino el asiento trasero de su coche azul. Me cae encima y lo recibo, pero con las piernas bien cerradas. Besos, más besos. Muchos besos en la boca. Deliciosa asfixia. Frota su cuerpo contra el mío. Su aliento de ron calienta mi cuello. Sus manos forcejean con el sostén. Mis tetas perfectas, de dos años de edad, saltan, se ofrecen, se dejan manosear. Todo va de maravilla. Sus manos bajan, miden mi cintura, un dedo penetra mi ombligo. Escalofrío. Me retuerzo, río, me doy vuelta y le ofrezco las nalgas. Me embarra en el culo su sexo animal, mientras sigue jugando con mis senos. Su barba crecida en mi nuca.
—Putita, putita rica —me dice. Ya no puedo contenerme. La fiesta está por terminar pero arriesgo y me bajo los calzones.
—Dame por el culo —pido. Él ríe.
Entonces me encuentra, me siente. Se detiene. Duda. Se acabó. Me toca otra vez. Yo jadeo.
—¡Pinche maricón!
A chingadazos me baja del carro, a chingadazos me vengo. Siempre vomito después del orgasmo, será porque sólo me corro a puñetazos. Las dos de la mañana. El saldo de la noche: uñas rotas, un par de zapatillas menos, un ojo morado, el hocico reventado, mi ropa vomitada. Me quedé sin calzones. Rica. Putita rica. Media sonrisa, ni una lágrima.

1 comentario:

German Almanza dijo...

HAce ya algunos ayeres, el ocio me guio a tu pagina. Recuerdo que en aquel momento lei y disfrute de una carta que le escribiste a un tal sr. N, la carta trababa de uno (supongo multiples) sue~no/fantasia erotic@ en el que aprovechas para reclamarle la falta de amor/interes que el individuo sr N mostraba a la protagonista de la carta.

Una muy querida amiga mia esta pasando momentos angustiantes de esos que solo el amor/desamor puede ofrecer y ya me cance de buscar en tu blog esta carta (para recomendarsela a mi amiguita) y es por esta razon que ahora te escribo.

Una referencia para que me recuerdes, es que posiblemente sea pariente lejano de tu compa Jesus Bartolo (poemas para besar una espalda).

Saludos