viernes, septiembre 17

Mesías



La escena se desarrolla en un espacio amplio y bien iluminado, en el tercer piso de un edificio ubicado en el centro de una ciudad. Es mediodía. El ruido de automóviles, fábricas y gente es constante aunque no llega a aturdir. En la pared del fondo hay un gran ventanal con vista a los edificios vecinos. En las paredes de los costados hay estantes de piso a techo repletos de libros, copas de oro y cruces. Del lado izquierdo, un escritorio de madera y una silla del mismo material. Sobre el escritorio hay una lap top, un teléfono, libros y papeles desordenados. El piso también es de madera. Del lado derecho se ve una mesa más pequeña y modesta que el escritorio. Ante la mesa está sentada MAGDA, quien trabaja a toda velocidad en una lap top. MAGDA es una mujer alta, delgada, bien maquillada y con el cabello recogido en un chongo en la nuca. Tiene aproximadamente 45 años de edad. Viste falta larga gris y saco a juego, camisa blanca y zapatillas negras. No usa medias. MAGDA detiene su labor, estira los brazos, bosteza y se recarga en el respaldo de la silla, mirando el techo. Se escucha entonces el ruido del agua que corre en un excusado. MAGDA se sienta bien en la silla, alisa su falda y continúa trabajando, aunque mira de reojo una puerta ubicada del lado izquierdo del escenario.
Por esa puerta entra silbando CHUY, un hombre de aproximadamente 60 años de edad, alto, muy delgado, con el pelo largo y canoso. En la cabeza lleva un sombrero de paja adornado con una cinta de cuero que sostiene un par de colmillos de jabalí. Viste camisa floja de algodón, pantalón de mezclilla roto y sandalias de cuero. CHUY camina hacia MAGDA pero cuando está a punto de llegar a ella se regresa y toma la silla que está frente al escritorio. Carga la silla hasta el centro del escenario, para quedar casi frente a MAGDA.

CHUY.- ¿En qué nos quedamos? (Magda está a punto de hablar, pero Chuy la interrumpe). Ah, sí, ya me acordé. Como te iba diciendo, en esa época, justo después del accidente en el casi me mato, sentí el llamado. Fue, como han dicho mis biógrafos no autorizados, un momento epifánico. Estuve dos meses en el hospital y, lógicamente, pasé ese tiempo sin una triste gota de alcohol y sin marihuana… (tose) omite eso. Al principio me sentí desfallecer, pero luego empecé a captar, ¿cómo te diré?... señales en el viento… señales en el viento; anota bien eso, por favor (Magda, que mientras habla Chuy escribe rápidamente en la computadora, asiente con la cabeza). Y claro que eran señales verdaderas, no efectos del síndrome de abstinencia, como se han cansado de señalar mis detractores. Esas señales eran, ¿cómo te diré?... chispazos de luz, sonidos, olores, sensaciones que no tenían ninguna relación lógica con el ambiente de un hospital. Ahora que lo cuento tranquilamente sé que eran el principio de las señales más fuertes, las que llegaron después de mi escape de ese encierro. Pero entonces me parecían un producto de mi imaginación, una consecuencia del aislamiento, síntomas de depresión, la falta de droga… (tose) eso no se te vaya a ocurrir incluirlo. Lo comenté con todos los doctores que pasaban a verme, tanto los que me revisaban las fracturas como los que evaluaban mis supuestos trastornos psiquiátricos. Todos adoptaban la misma actitud: me miraban intrigados, hacían anotaciones, volteaban a mirar a la enfermera de turno y luego me daban una palmadita en la espalda: “no pasa nada, es normal”, me decían. ¿Cómo va a ser normal que me despierte a media noche escuchando claramente el sonido atosigante de una campana?, quería yo replicar, pero afortunadamente siempre evite hacer ésta y otras preguntas: no tenía caso. (Chuy mete las manos en las bolsas de sus pantalones, como buscando algo). ¿Dónde están mis cigarros? (Magda levanta la mirada de la computadora y busca en su mesa. Chuy se levanta, mira la mesa de Magda y revuelve sus papeles. Como no encuentra lo que busca, da la vuelta y camina hacia el escritorio, hurga entre los papeles desordenados y por fin encuentra una cajetilla de Marlboro). ¡Aquí están! (saca un cigarro, lo prende y aspira el humo con deleite). Ahora sí, ¿en qué me quedé? (Magda está a punto de hablar, pero Chuy la interrumpe). Ah, sí, ya me acordé. Como te iba diciendo, los doctores no tenían ni idea de lo que me estaba pasando y tampoco tenían muchas ganas de comprenderlo. Así que yo me dediqué, por mi cuenta, a poner atención a esas señales y a tratar de interpretarlas (mientras habla, Chuy se traslada de nuevo a la silla, fumando su cigarro; se sienta y cruza una pierna). En ese entonces yo tenía treinta años, y además de la lectura y las drogas (tose)… omite la segunda parte… no tenía mayores intereses en la vida. Seguía viviendo con mis padres aunque me fastidiaba su necedad de hacer vida familiar, pero como no tenía trabajo no me quedaba más que aguantar. Mi madre era una santa: todos los días me visitaba en el hospital, pasaba de contrabando mis galletas favoritas, me lavaba la cara y me cepillaba amorosamente el cabello. Yo no entendía por qué una mujer tan amable y hermosa se había casado con un tipo como Pepe. Tampoco me cabía en la cabeza que un mecánico sucio y mediocre como él fuera mi padre. Espera… no pongas lo de mecánico sucio y mediocre. Mejor escribe que a pesar de las dudas que yo tenía respecto a que él fuera mi verdadero padre… no, eso tampoco… escribe… ¿cómo te diré?... anótale que siempre lo vi como un padre ejemplar, modelo de trabajo y dedicación. Agrégale otras cosas bonitas, ya sabrás tú cómo solucionarlo (Magda sigue escribiendo y se muerde el labio). Como te decía, en el hospital tuve todo el tiempo del mundo para analizar mi situación familiar, mi vida en general y las extrañas señales en particular. Todos los días veía algo nuevo en el viento, en la luz, en mi interior… resalta eso… hasta que una noche las señales se intensificaron. La luz de mi cuarto estaba apagada pero yo me desperté porque sentí claramente un destello luminoso en mis ojos. Además oía, ¿cómo te diré?, como una sinfonía… sí, como una sinfonía: muchos violines, arpas, tintineos de no sé qué instrumento musical… (tira la ceniza del cigarro en el suelo). Entonces me senté como pude en la cama: traía un brazo y una pierna enyesada, pero no me importó. Yo sentía una fuerza sobrenatural que casi me hacía levitar. Apoyé mi pie sano en el piso y avancé cojeando hasta la puerta. Abrí. El pasillo iluminado estaba en silencio aparente, digo aparente porque yo seguía escuchando claramente la sinfonía.
MAGDA.- ¿Violines y arpas? (tímida).
CHUY.- Sí, ésa. Violines, arpas, tintineos, uno que otro tamborazo (ríe, tose y apaga el cigarro en el suelo). Como te decía, ya estaba en el pasillo, así que avancé cojeando en busca del origen de ese sonido. Y aquí empieza el momento epifánico: no me preguntes cómo pero llegué a la azotea del edificio. Era una construcción de diez pisos, si no mal recuerdo… y si recuerdo mal lo investigas y agregas el detalle (Magda se muerde el labio). En la azotea el aire olía a rosas. A rosas frescas en una ciudad pestilente. ¡Dime tú si ésa no es una señal clarísima! (Magda está a punto de hacer un comentario pero Chuy la interrumpe). No, mejor no me lo digas. Además de ese intenso olor, escuchaba la sinfonía a todo volumen y no sentía dolor físico alguno. Entonces sucedió: una voz varonil, la voz más hermosa que haya oído jamás, me dijo: “Hijo mío, ha llegado la hora”…
MAGDA.- (Interrumpiendo a Chuy). ¿Y ése fue el momento epifánico?
CHUY.- (Desconcertado). ¿Te parece poco? (comienza a alterarse). Mi padre, mi verdadero padre habló conmigo por primera vez, me reveló el secreto de mi llegada al mundo, me enseñó el camino a través del cual debía guiar a su rebaño y eliminó, de paso, toda la frustración que acumulé durante treinta años ¿y tú me preguntas si ése fue el momento epifánico? (Magda se muerde el labio). Perdónala, padre mío: no sabe lo que dice.
MAGDA.- (Baja la mirada. Tímida. En voz baja). Perdón.
CHUY.- Concedido. Como te iba diciendo, ése y no otro fue el verdadero momento epifánico…
MAGDA.- (Interrumpiéndolo). ¿No fue también cuando cayó de la azotea, casi se mata otra vez y pasó tres meses más en el hospital?
CHUY.- (Tose y enciende otro cigarro). Sí… fue ese día. ¡Pero no vas a escribir eso! Tengo que eliminar de mi biografía esa caída porque sólo debo caer tres veces, y si tú pones eso, entonces, por simple aritmética, sumarían cuatro caídas. No funciona. Además…
MAGDA.- Pero se trata de escribir su biografía real. La biografía autorizada.
CHUY.- Precisamente, la biografía autorizada. ¿Cómo te diré? Biografía autorizada significa que yo y sólo yo autorizo lo que se dirá de mi vida. Así que borras esa parte. Ya sabrás tú cómo solucionarlo.
MAGDA.- Pero…
CHUY.- (Tira la ceniza en el suelo). ¿Pero qué? La editorial me dijo que tú estabas calificada para este trabajo, no me salgas ahora con que te queda grande. Ya superaste el impacto inicial que provoco en las personas, ya te acostumbraste a corregir mientras yo duermo (tose), digo, a corregir mientras yo medito y continúo armando el plan que mi padre determinó. ¿Cuál es el problema ahora?
MAGDA.- Pues…
CHUY.- (Impaciente. Prende el siguiente cigarro con la colilla del que aún no termina). Habla ya, mujer, por mi padre, habla.
MAGDA.- Pues es que ya son muchos los pasajes que tengo que solucionar. Además de los que agregó hoy, queda por resolver toda la parte de su infancia. No quiere que se mencione para nada a sus hermanos ni la mala relación que lleva con su padre (Chuy frunce el ceño), perdón, con Pepe, ni los problemas que tuvo en la escuela primaria. También tengo que cambiar toda su vida de los veinte a los veintinueve años, un poco antes del momento epifánico. ¿Dónde oculto las drogas, las bacanales, las mujeres y los hijos que dejó regados? (se quita el saco y lo deja en el respaldo de su silla).
CHUY.- (Titubea) ¿Tú crees que sea muy difícil de arreglar?
MAGDA.- (Más segura). ¿Difícil? Es casi imposible. Mire, yo escribo biografías, no novelas. Usted me está contando su vida, pero en realidad tengo que reconstruir más del 60 por ciento de la historia valiéndome de mi imaginación. ¿Dónde quedó la biografía?
CHUY.- (Titubea). Pero… pero el editor me dijo que todo se podía solucionar. Que había que escribir una historia para que el público continúe amándome y mis detractores cierren por fin la boca… ¿Qué voy a hacer ahora?
MAGDA.- (Irónica). Un milagro.
CHUY.- (Se ruboriza y tose). Ahorita no puedo, estoy cansado. He fumado demasiado (apaga el cigarro en el suelo).
MAGDA.- Pues entonces no sé cómo le voy a hacer. Todavía falta escribir tu historia a partir de los treinta años, luego del dichoso momento epifánico. ¿Dónde voy a esconder tus matrimonios, tus divorcios y tu trabajo como reportero de nota roja? Es más, ¿cómo elimino a tu amante actual?
CHUY.- (Alarmado). ¿Tú cómo sabes eso?
MAGDA.- (Titubea, se muerde el labio). No se te olvide que he estudiado todas las biografías no autorizadas que se han escrito sobre ti.
CHUY.- (Intrigado). Un momento, ¿desde cuándo empezaste a tutearme?
MAGDA.- (Serena. Se apoya, relajada, en el respaldo de la silla. Cruza los brazos). En realidad nos hemos tuteado desde siempre, Jesús.

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