jueves, noviembre 26

Alta traición



Cuando éramos tiernos adolescentes prometimos seguir las consignas de nuestra generación: harto desmadre, harto chupe, harto sexo, harto baile, hartos viajes. Juramos olvidar las misas del domingo, los consejos de adultos amargados y las infames normas de El manual de Carreño. No queríamos saber nada de peinados, trajes sastre, corbatas, sacos ni zapatos “de vestir”. Jurábamos por todos los santos: “yo no me voy a casar”.
Algunos se quedaron atorados en el puente que une adolescencia y edad adulta, fase-joven. Por ignorantes, cándidos, pendejos o calientes, tuvieron hijos y se casaron, tuvieron hijos sin casarse, se casaron y tuvieron hijos o nomás se casaron. De esos traidores, varios ya se divorciaron, tuvieron “la parejita” o volvieron al redil, es decir, a las ideas de los buenos tiempos.
Qué desgracia ver que hoy, ya en la edad adulta, fase-no-tan-joven, esos tiernos adolescentes de antaño traicionaron de la manera más vil los principios que nos definían. Desde el año pasado la gran mayoría ha caído por propia voluntad en las infames garras de la última forma legal de esclavitud: el matrimonio. Se pasaron por el arco del triunfo el “yo no me voy a casar” y entraron a la iglesia bien vestiditos, con corbata, saco, zapatos “de vestir”, etc. Algunos hojaldras hasta se casaron sin invitarme.
Todos esos traidores entrarán a la edad adulta, fase-ya-estoy-ruco, bien vestidos, sin chupar demasiado, con el desmadre olvidado, con hijos y pareja legalizada ante Dios y los hombres. Por supuesto, ya regresaron a la iglesia y tienen a la mano El manual de Carreño.
Los pocos que hemos sido fieles a los buenos tiempos, vivimos en un desmadre light, sin chupar porque ya no aguantamos, sin coger porque ya no hay con quien, bailando entre mujeres y viajando sin dinero. Aún no vamos a la iglesia (salvo a las bodas) y seguimos siendo fodongos. Lo malo es que eso ya no tiene gracia, porque los otros, los traidores, ya “sentaron cabeza” y nosotros, los leales, no somos dignos de confianza, no preservaremos ningún apellido y somos solteronas o gays. Mi única esperanza es que un día, cuando todos, sin excepción, lleguemos a la edad adulta, fase-ya-me-cargó-la-chingada, varios estarán divorciados, pagando la colegiatura de sus hijos, mentándole la madre a los infieles, abonando una hipoteca y sobreviviendo a los infartos. La pagarán los traidores, segura estoy.

jueves, noviembre 19

Ojo por ojo

Lamento sinceramente que los ciudadanos de Juchitepec, municipio ubicado en la mera zona de los volcanes de la entidá mexiquense, no hayan logrado linchar a las ratotas que habían cazado. Es una verdadera pena que cuando “el pueblo enardecido” —frase que encanta a los periodistas— ya había agarrado a trancazos a los “presuntos” secuestradores, llegaran las ratas más grandes, léase, los policías, a rescatar a sus congéneres.
Por supuesto, no es la primera vez que algún pueblo “monta en cólera” —cotizadísima ramera— e intenta o incluso logra hacer “justicia por propia mano”. Quizá uno de los casos más recordados es el ocurrido en 2004 en la delegación Tláhuac, cuando la “turba indignada” quemó vivos a dos angelitos de la PFP, que bien merecido se lo tenían.
Que Dios me perdone —si acaso me conoce—, pero en vista del éxito que las autoridades han logrado en la lucha contra la delincuencia, más vale tener en casa unos buenos cuchillos cebolleros y aprender a fabricar bombas molotov, por si acaso se llegan a ofrecer.
Creo que la gran mayoría de los ciudadanos de este jodido país no tiene instinto asesino, pero sin duda mantiene intacto el de supervivencia, el mismo que amenazan y ofenden los grandes jijos “víctimas del sistema” que optan por robar, secuestrar, matar y sus etcéteras. Y a los que urge dar su merecido, razón por la cual me declaro a favor de todos, o casi todos, los intentos de linchamiento y los linchamientos consumados habidos y por haber. Si alguien se tiene que chingar a esos infelices le tocará al pueblo, ni modo, porque ya estuvo bueno. De paso, reitero mi invitación a dar a los políticos una calentadita, para que le vayan tanteando el agua a los camotes.
Correo electrónico: felinaofendida@gmail.com.

miércoles, noviembre 4

Cartas de amor



Tiempo ha que la gente no se escribe el amor. “Gracias” a la tecnología, nos hemos acostumbrado a decir el amor por teléfono; a mensajearlo por el celular, a chatearlo, bloguearlo, feisbuquearlo —que me perdone la RAE—, y etcétera, pero hace décadas que nadie, o casi nadie, toma bolígrafo y papel para garrapatear una frase, una breve nota, una larga carta, de amor.
La inmediatez se ha convertido en ingrediente fundamental de la comunicación a distancia. Quizá esa misma inmediatez ha provocado la fugacidad de las relaciones actuales: hoy, la gente se “conoce” en el chat, se declara con un mensaje vía celular y se manda al demonio en el feisbuc; antes, las distancias y las buenas costumbres exigían escribir, pero lo que se dice escribir, cartas que eran enviadas por correo o con un propio; luego había que esperar la respuesta durante horas, días, semanas e incluso meses. Las relaciones se alargaban, el amor patinaba en la tinta, la pasión abrasaba el papel, pero tiempo ha que la gente no se escribe el amor…
Y sólo para recordar o saber cómo se escribía ese sentimiento, vale la pena leer “Breve tratado de la pasión”, una compilación de cartas y poemas amorosos realizada por Alberto Manguel y editada por Lumen. En escasas 200 páginas, Manguel hace un recorrido por la vida íntima de personajes como Oscar Wilde, Isadora Duncan, Miguel de Unamuno, Enrique VIII, James Joyce, Pablo Neruda, Jorge Luis Borges, el matrimonio Curie, Napoleón Bonaparte y muchos otros. Claro, hay que tener cuidado, porque un recorrido así no es simple ni puede darse nunca por terminado, de ahí que el tratado, por breve, pueda resultar decepcionante; uno se queda con ganas de leer más, de conocer los detalles, de hurgar, pues, en la vida ajena. Puro morbo, quizá, o simple deseo de corroborar que “todo texto amoroso es una declaración de fe”.
Manguel, Alberto. “Breve tratado de la pasión”. México: Lumen, 2008.