jueves, octubre 22

Sin palabras

Llevo horas mentándole la madre al grandísimo pendejo que despacha en Los Pinos. He invertido cantidades industriales de saliva en rogarle al Señor del Huerto que, por favor, por lo que más quiera, mate de una diarrea cuata al hipopótamo gigante que despacha en la Secretaría de Hacienda. También he pedido la castración con cuchara y limón para los diputadetes del dúo dinámico integrado por PRI y PAN. Chinguen todos a su madre.
Ya utilicé lo más florido de mi repertorio para descargar mi furia contra esos hijos de puta. Lo malo es que ni todas las variaciones del verbo chingar me han servido para mitigar el coraje. ¿Alguien me puede explicar qué se han creído esos parásitos? Viven, tragan, viajan y hasta cogen gracias a los impuestos que pagamos, pero nunca les parece suficiente, nada detiene su méndigo deseo de ver a este país hundido en la mierda.
Aunque sólo incrementaron el IVA del 15 al 16 por ciento y el ISR del 28 al 30, entre otras chuladas, lo que me resulta inadmisible es que tengan la desfachatez de argumentar que es “por el bien del país” y para ayudar a “los que menos tienen”. En esta puta tierra hay que pagar por todo: por tragar, por viajar, por coger y hasta por trabajar; al rato nos van a chingar con un impuesto al oxígeno y a las horas de sueño. Que no mamen.
Claro, como ya no hay petróleo y los señores que nos gobiernan no son capaces de mover las dos neuronas que tienen en la cabezota para generar una reforma que verdaderamente acabe con los privilegios fiscales y la ratería, se chingan a los de siempre, es decir, al pueblo, que, para variar, se encabrona, como la que esto escribe, y luego se pone a trabajar porque no sabe hacer otra cosa.
¿Cuándo vamos a reaccionar?, ¿cuándo dejaremos de quejarnos y procederemos a actuar? Una revolución, un linchamiento colectivo, no estarían nada mal. Todo antes que seguirnos quedando sin palabras, boquiabiertos, con la bota en el gaznate.

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