jueves, octubre 1

Me cansé de comer camote



“El pasado fin de semana”, como dicen los reporteros, cometí la osadía de apersonarme en las lúgubres instalaciones de una sex shop toluqueña. ¿La misión?: comprar un vibrador. Antes de continuar con el relato de mi desgracia quiero aclarar, aunque nadie me lo crea, que el artefacto referido no es para mí sino para una persona de mi familia cuya identidad no puedo revelar. Neta. Lo juro por el Señor del Huerto, patrón de mi pueblo. Si miento, que el mismo Señor me suma… en las profundidades del infierno.
En fin, el chiste es que visité la dichosa tienda y me paré frente a los vibradores poniendo cara de niño en dulcería. Había dos paredes atascadas hasta el techo con reproducciones de penes de todos los tamaños, colores y formas. Sentí cosquillas en la entrepierna, digo, me puse nerviosa como corresponde a una señorita hija de familia.
A mí me encargaron conseguir un sustituto de miembro viril que no rebasara los veinte centímetros de largo por los seis de ancho, medidas del monstruo que mi familiar no quiere utilizar porque, sospecho, le gustan chiquitos pero rinconeros. Junto a los penes había un mostrador gigante lleno de lencería y disfraces de dominatriz, pero como no vi por ningún lado un juguetito que se ajustara a las medidas especificadas tuve que vencer mi pudor natural para hablar con el vendedor, un tipo enjuto y con mirada de violador. “¿Son todos los vibradores que tienes?”, le pregunté. Mi garganta, cerrada por la visión de tanto camote, no dejó escapar sonidos audibles, de modo que el sujeto se me acercó, muy amable: “¿buscas lencería coqueta para tu novio, amiga?”. Cogí… valor de donde pude: “no, quiero un vibrador”, contesté.
La amabilidad se transformó en sorna. Pasé en segundos de ser una novia complaciente a una solterona urgida y con ganas de meterse algo, lo que sea, pero algo, por favor, aquí, aquí. Acto seguido, el pseudoviolador, cuyas facciones ya me parecieron de asesino serial, me enseñó lo más exquisito de su mercancía, empezando por unos plasticotes enormes de los que bien saldrían dos respetables fierros. “La verdad es que estoy buscando algo más pequeño”, comenté. “Claro, amiga”, dijo burlón el tipo, que antes había calibrado el tamaño de mi boca y cabuz para comprobar que, efectivamente, los que me había enseñado podrían bajarme la calentura. “Éste te va a encantar”, dijo, sosteniendo entre sus toscas manos una reproducción de cuerpo cavernoso hinchado, de dieciséis centímetros de largo, aproximadamente, de lindo color rosa. “Tiene varias velocidades y funciones, amiga”. La chingadera ésa era tan maravillosa que trepidaba, oscilaba y decía “te amo” al detectar, mediante un complejo dispositivo de fibra óptica, las contracciones del orgasmo. Se me hizo agua la boca, digo, tragué saliva y sostuve entre mis castas manitas el aparato aquel. “¿Te gusta o quieres algo más?”, terció un sujeto que apareció de la nada, o, para no hacerle a la mamada, que salió de una de esas cabinitas en las que me han contado que puedes ver porno.
“Chingue su madre”, pensé, mientras caía en la cuenta de que nunca antes una verga me había dado tanto miedo. Fui conciente de que en la tienda sólo estábamos el vendedor, el sujeto aparecido, hartos pitos, mi himen y yo. Hace años, con esta escena me habrían dado ganas de bajarme los calzones, pero ese día sólo di las… gracias y huí, como las peores.
La próxima vez que se me ocurra hacer un favor de esta naturaleza, porque juro que es un favor, aunque nadie me lo crea, acudiré acompañada de alguien.
Soy vieja y me he vuelto mocha, no cabe duda.

1 comentario:

Claudina Domingo dijo...

Ja ja. Deberían hacer vibradores a base de energía solar.