jueves, septiembre 24

Telenovela mexiquense

Soy una devoradora consuetudinaria de culebrones. Lo confieso sin pena, porque prefiero amarranarme en el sillón de mi concubina y reír con los melodramas, que deprimirme con las noticias.
La telenovela que actualmente me receto todas las noches es la que sale a las nueve y cuarto en el canal de las estrellas. Me gusta no sólo porque el protagonista es un tipo enorme, güerote y sabroso, como el que me anda haciendo falta, sino porque al verla me siento más cerca de Toluca. Yo sé que suena estúpido, pero es la neta. La “intensa” historia se desarrolla en la ciudad de Mérida, Yucatán, pero gracias a los helicópteros, los protagonistas se desplazan constantemente hacia la ciudad capital del estado de México. Y no sólo eso: también se trepan a la catedral y recorren el Cosmovitral, dos edificios simbólicos e im-por-tan-tí-si-mos para todos los tolucos.
Mi inyección diaria de telenovela y chorizo toluqueño se complementa justo en los comerciales, cuando veo los avances y obras del gobierno estatal. A veces me confundo y no sé si estoy viendo el culebrón o los anuncios de sus patrocinadores, porque Peña Nieto aparece impecable, como siempre, con su look de galán, como siempre, y resolviendo las inteligentísimas dudas de Lucerdito.
Mi intensa jornada suele joderse cuando pienso que tanta presencia mexiquense en el horario estelar de Televisa debe tener un costo, y que los gobernados por Peña, los mismos que vamos también a la catedral y al Cosmovitral, pagamos el show de nuestro góber, ese galanazo que hasta novia de telenovela tiene.

miércoles, septiembre 2

¿Quién le cree a Felipe Calderón?



Hace muchos años dejé de creer en los Santos Reyes, en Santa Claus, en el Señor del Costal, en el Coco, en la fidelidad, en dios, etcétera, etcétera. Es decir, hace mucho tiempo dejé de creer en chingaderas. Este defecto gravísimo me incapacita para creer el chorote que FeCal se aventó con motivo de su tercer informe de “gobierno”.
Sólo creo en la literatura, en las palabras, y me revienta el hígado que los pinches políticos rateros se dediquen a manosear ese tesoro. Diálogo, cooperación, futuro, acuerdos, reformas y cambio, sobre todo cambio, son algunas de las palabras favoritas de los macacos que dicen gobernar este país.
Cinco problemotas identificó el sujeto que redactó el discursete de Calderón. La crisis económica que no es culpa de nuestro señor presidente, porque como ya todos sabemos, “vino de jueras”. Lo bueno es que “ya pasamos el peor momento”, de modo que si usted sigue sin trabajo, está a punto de perder el que tiene o gana una mierda, ni la arme de pedo porque “ya vamos de salida”. Y yo me chupo el dedo.
El otro problemota es el crimen organizado, que por primera vez en la historia ha tenido que enfrentar la cojonuda voluntad del actual gobierno. Y yo me chupo otro dedo.
Calderón también se refirió a los ataques de la naturaleza, vía influenza AH1N1, que con tanta responsabilidad “enfrentamos”, aunque para eso hayamos tenido que vivir encerrados y aterrorizados durante semanas. La caída en la producción de petróleo y la excelente administración de Pemex, así como la falta de agua son problemas que, claro, resolverán nuestros sapientísimos “líderes”.
Pero no se azote, pues aunque el panorama sea negro saldremos adelante, como siempre, porque somos entrones y trabajaremos con nuestras (in)competentes autoridades para construir “el México que queremos”.
Para decir tanta pendejada hay que joder al pueblo con un mensaje en cadena nacional, que además repiten en las noticias. Hasta el cansancio, pa´que amarre. Y yo me sigo chupando ya no el dedo, sino toda la mano, porque a estas alturas del partido creer en Calderón o en cualquier otro miembro de su séquito de imbéciles, es tanto como creer en la reencarnación, en los ovnis, en que los mayas se fueron a otra dimensión, es decir, en chingaderas.

* En la foto: macaco subdesarrollado que sobrevivió, milagrosamente, a una lobotomía total.

El mundo se va a acabar

“El mundo se va a acabar, el mundo se va a acabar”, vaticinaba la banda Molotov allá por la década de los noventa, si mal no recuerdo. Y también, si mal no recuerdo, desde entonces y desde siempre nos ha valido madre cualquier advertencia respecto a las consecuencias de la infame “vida” que le hemos dado al mundo. Quién no recuerda, por ejemplo, la famosísima película Cuando el destino nos alcance, que nos dio una probadita de lo que podríamos vivir, si sobrevivimos, claro.
Porque la neta del planeta es que ahora sí va en serio y la pasaremos muy mal, pero a la mexicana, aunque sea pleonasmo. Ya no hay pinche gota de agua en las presas y ahora sí, deveritas, por favor, hay que cuidar el vital líquido. Ya las autoridades han tomado cartas en el asunto —no sé por qué esa afirmación me infunde terror— con reducciones en el suministro de agua. Hasta los pagrecitos más méndigos le han pedido a diosito que nos mande unas cuantas nubes bien cargadas. El mundo se va a acabar. Éste es sin duda el prólogo de un mamotreto que relatará a los extraterrestres —dudo ya de las futuras generaciones— cómo se fue “en picada este avión”, decía Molotov.
Bien preocupada, como la clasemediera que soy, he implementado una serie de medidas pro ambiente: reciclo todos los papeles que me caen en las manos —incluso unos libritos de poesía malísimos—, procuro moverme poco para no deshidratarme ni consumir demasiada agua, meo a cada rato pero le bajo al retrete cada tercer día, pongo una cubeta bajo la regadera cuando me estoy bañando, nunca lavo los trastes —dos o tres buenas lengüeteadas solucionan el problema— y sigo sin cagar, para no desechar material sólido. También he reducido mi consumo de bebidas en lata y PET, llevo mis pilas al centro de acopio que está en la Alameda y me pongo la ropa treinta veces, pa´no lavar tanto.
Aunque estoy conciente de que ya es imposible detener el deterioro, no se dirá que no puse mi granito de arena para desacelerar la destrucción. En fin, a coger y a mamar que el mundo se va a acabar.