miércoles, agosto 19

Bridget Zúñiga


Cuando vi a la regordeta Bridget Jones caer al suelo después de hacer bicicleta, en la ya clásica película El diario de… ídem, pensé que era mentira. Asumí que era un típico recurso hollywoodense para aderezar la comedia sobre la vida de una treintañera entrada en carnes, fumadora, medio briaga y sin vida sexual. Craso error: esta vez Hollywood no mintió.
Afectada por lo que podríamos denominar síndrome Bridget Jones —o depresión vil—, la que esto escribe se apersonó en un gimnasio y, bien macha, cual debe, se inscribió a las clases de spinning.
Soporté estoicamente el calentamiento, pero a la hora de la verdad —que siempre llega demasiado tarde— recordé que la última vez que hice ejercicio fue hace más de una década. Las consecuencias de mi desidia llegaron puntuales: a los cinco minutos ya estaba escupiendo la pleura, luego embarré el chamorro contra un pinche pedal —me “brotó” un moretón de veinte centímetros—, vi mis gigantescas nalgas reflejadas en espejos propios de hotel de paso, y para acabarla de joder me desfloró, oh sí, me desfloró el chingado mini asiento que toda buena bicicleta posee.
Al bajar de ese artefacto del demonio estuve a punto de irme de hocico, pues donde yo recordaba tener piernas sólo había dos barras de plastilina color carne —de pollo, claro—. Hoy camino como si hubiera fornicado con todos los soldaditos de la ache zona militar.
Antes de salir del gimnasio dejé de verme las nalgas en el espejo y encontré a una treintañera entrada en carnes, fumadora, no tan briaga y sin vida sexual. Pinche Bridget, cómo te quiero, verdá de dios.

jueves, agosto 13

El retorno del "rey"




A escasos días de que las viejas administraciones cedan el hueso a las nuevas, comienzo a sentir auténtico pánico por las consecuencias de lo que bien podríamos denominar el retorno del rey —o buey, o gay, o de plano güey—, es decir, del PRI, cambio que me siembra ciertas dudas corrosivas.
En Toluca, por ejemplo, aunque me da harto gusto que el PAN se haya ido al carajo, me pregunto si la doctora Barrera terminará con la magna obra de destrucción masiva que inició el buen Juan Ro. ¿Habrá piso firme en Los Portales o seguiremos caminando como en zona de guerra?, ¿levantará Barrera todas las bardas que Juan Ro tumbó en los parques?, ¿qué pex con la Puerta Tolotzin? Misterio.
Donde veo el panorama un poco más claro es en Atlacomulco —cuna de la civilización, ombligo del mundo, sucursal del cielo, tierra de gobernadores—, pujante municipio donde emito mi sufragio, y donde nos esperan días de pobreza extrema gracias al nuevo, flamante y pelón presidente municipal: Fidel Almanza.
“Porque tú me conoces” era la frase de campaña de este notable sujeto, y precisamente porque lo conocemos no nos dejamos seducir por los geranios que envió a todas las madrecitas el 10 de mayo, y el día de las elecciones buscamos no votar por él. Claro, hablo de mi clan familiar: mi padre, mi madre y yo fuimos a las urnas sin puta idea de qué cuadrito tachar, pero con la intención de pintarle dedo al señor que conocemos. Pero Almanza demostró tener el don de la ubicuidad, porque en la boleta electoral apareció como abanderado del PRI y de todos los minipartidos que ni candidato tenían, de modo que mis progenitores y yo votamos por un desconocido. ¿Por qué sólo quedaron registrados dos sufragios a favor de un sujeto cuyo nombre no recuerdo? Otro misterio.
Como sea, el retorno del rey sólo nos deja una posibilidad: rezar. Es una pena que nunca me haya aprendido la Magnífica.