jueves, julio 30

Pistolas

Mi padre le colgó el epíteto de “Pistolas”, doña Carmen “Pistolas”. Era ella una dama con una cualidad muy especial: tenía “palabra”, como los hombres. Omitiendo la misógina referencia, doña Carmen era la neta del planeta porque uno podía confiar en ella e, incluso, fiarle o prestarle dinero y estar seguro de que pagaría en la fecha estipulada.
Carmen “Pistolas” pertenece a una generación hoy extinta en este país. La gente “de antes”, los adultos que hoy se quejan de que todo tiempo pasado fue mejor, me darán la razón. En los buenos tiempos uno podía confiar en el prójimo, sobre todo en los habitantes de pueblos alejados de los corrosivos vicios de la urbe.
Pero como los buenos tiempos se acaban, hoy quedan pocas personas, hombres o mujeres, que tengan eso que se llama palabra. La más triste exhibición de que esta sanísima costumbre se ha ido al carajo, es el show que montan aquellos que se dicen políticos; sujetos y sujetas que deben firmar ante notario público sus promesas de campaña para “asegurar” que cumplirán.
Esta práctica no tendría razón de ser si la generación de doña Carmen “Pistolas” no estuviera casi extinta. Otro gallo nos cantaría si la política y sus derivados no estuvieran contaminados por la falta de congruencia, la cínica mentira y la completa ausencia de tanates, binomio indispensable para que alguien haga efectivamente lo que dice que hará, sin firmitas vacuas de por medio.
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Aunque no me invitó a la boda por motivos que me quedan muy claros, quiero felicitar sinceramente a Aldo Iván González Miranda, conspicuo ingeniero a quien conocí cuando ambos éramos un par de pubertos. Hace unos días, el “Oso”, como todos lo llamábamos, engrosó las filas de la última forma legal de esclavitud. Mucha suerte, paciencia y tolerancia en esta nueva etapa.

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