jueves, julio 30

Pistolas

Mi padre le colgó el epíteto de “Pistolas”, doña Carmen “Pistolas”. Era ella una dama con una cualidad muy especial: tenía “palabra”, como los hombres. Omitiendo la misógina referencia, doña Carmen era la neta del planeta porque uno podía confiar en ella e, incluso, fiarle o prestarle dinero y estar seguro de que pagaría en la fecha estipulada.
Carmen “Pistolas” pertenece a una generación hoy extinta en este país. La gente “de antes”, los adultos que hoy se quejan de que todo tiempo pasado fue mejor, me darán la razón. En los buenos tiempos uno podía confiar en el prójimo, sobre todo en los habitantes de pueblos alejados de los corrosivos vicios de la urbe.
Pero como los buenos tiempos se acaban, hoy quedan pocas personas, hombres o mujeres, que tengan eso que se llama palabra. La más triste exhibición de que esta sanísima costumbre se ha ido al carajo, es el show que montan aquellos que se dicen políticos; sujetos y sujetas que deben firmar ante notario público sus promesas de campaña para “asegurar” que cumplirán.
Esta práctica no tendría razón de ser si la generación de doña Carmen “Pistolas” no estuviera casi extinta. Otro gallo nos cantaría si la política y sus derivados no estuvieran contaminados por la falta de congruencia, la cínica mentira y la completa ausencia de tanates, binomio indispensable para que alguien haga efectivamente lo que dice que hará, sin firmitas vacuas de por medio.
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Aunque no me invitó a la boda por motivos que me quedan muy claros, quiero felicitar sinceramente a Aldo Iván González Miranda, conspicuo ingeniero a quien conocí cuando ambos éramos un par de pubertos. Hace unos días, el “Oso”, como todos lo llamábamos, engrosó las filas de la última forma legal de esclavitud. Mucha suerte, paciencia y tolerancia en esta nueva etapa.

lunes, julio 13

Sangrías, de Adriana Tafoya

Yo te maldigo, Adriana Tafoya, porque no me enseñaste el corazón sino la sangre coagulada y pútrida del abandono.

Mis dedos están manchados de rojo, Adriana, porque toqué con ellos tus textos; porque me tomaste de la mano y me llevaste por cuadras y cuadras, despacito, sin urgencia, y me enseñaste el rostro desencajado del dolor.

Yo te maldigo, Adriana Tafoya, como sólo se maldice lo que se ama una vez que lo sabes ajeno; como se increpa al amante que te ha dejado solo en un inmundo callejón; como se maldice lo que hace daño y a la vez envicia. Con el coraje contradictorio del masoquista: que bufa y rabia, pero pide más.

Dieciocho poemas bastaron para dejarme exangüe. Para recordarme el arroyo inmundo en que chapalean el hombre y sus fantasmas. Los miasmas urbanos que nos rodean y se materializan, de pronto, en “pantaletas embarradas de feto seco”, en “pequeños senos hinchados de llanto”, en el acto de “exprimir pájaros amargos”.

Tu libro, Adriana, me obligó a mirarme en el espejo. Pero también me hizo mirar al vago, al vicioso, al enfermo, a la madre y a los hijos bajo la luz de sus miserias, pero, ante todo, bajo la luz de la poesía.

¿Qué le duele al ser humano?, me pregunto. ¿Qué le duele al hombre?, me cuestiono. ¿Qué te duele a ti, Adriana?

Duelen la ausencia y la presencia; el abandono y la permanencia; el ser algo que no se sabe qué es; el ansiar ser otra cosa y no poder; sangrar y no saber por qué; llorar en seco, tener hambre de noria.

Lo tuyo no sólo es la poesía, Adriana, sino el asesinato. Eres precisa como navaja fina y mortal como cuchillo de vándalo irredento. Sabes hacer sangrar porque sabes del dolor. Se ve que te duele, Adriana, pero se ve también que te amputaste el corazón. Y ese músculo devaluado, poeta, siempre es indispensable para redondear un verso.

Te maldigo, finalmente, porque no me dejaste arma para sobrevivir a tu poesía. Porque me enseñaste tanto y tanta sangre, que hoy estoy maltrecha, exangüe y, como buena masoquista, pidiendo más.