jueves, marzo 26

De amores primeros





Uno recuerda siempre, en retrospectiva, al Primer Amor. Incluso cuando todavía no se le conoce, uno es capaz de “recordar” su olor, adivinar su figura a través de la ventana y sorprenderse comprándole detalles. Cuando se materializa, uno aprende a señalar los lugares, los colores, los sabores, en función del Primer Amor. Así, una guayaba no es una simple guayaba, sino el aliento compartido en un beso furtivo. Las plazas públicas, los parques, las bibliotecas, cobran sentido cuando se rememora que, justo en esa esquina, en aquella fuente, detrás de ese librero, uno conoció al Primer Amor. Si uno cierra los ojos puede volver a ver los pasillos de la escuela primaria castigados por los mocasines del Primer Amor, que corre a esconderse después de una travesura. Uno recuerda, por ejemplo, cierto mundial de futbol que fue pretexto para perder clases, jugar semana inglesa, cachetear y besuquear. El Primer Amor es una sombra ominosa en cualquier fotografía; el último lugar donde uno posa los ojos, el mejor pretexto para echarse a llorar.
Hay una verdad dolorosa e inapelable sobre los Primeros Amores: uno no se queda nunca con ellos. Después de descubrirlos en el pupitre vecino, en el patio escolar, en la calle, en el cine o en los lugares más inverosímiles, hay un acercamiento que, más que unión, es separación. Por momentos, gloriosos momentos, uno piensa que El Primer Amor es asequible. Que esta mano que sostiene mi mano es tan real como la propia carne; que es verdad que me puedo mirar en las pupilas ajenas, y diez mil chorradas por el estilo. Con el paso del tiempo uno aprende que esas jornadas íntimas son ceremonias de adiós. Porque es bien sabido que El Primer Amor es tan endeble y enfermizo como todo lo primigenio en este mundo. De modo que uno se separa del Primer Amor después de una vaga sospecha, un capricho, un malentendido o cualquier otra idiotez. El rompimiento se vive con la intensidad, el dolor y el sudor de un parto.
Corrijo: no siempre se acuerda uno del Primer Amor. De hecho, se le suele olvidar concientemente pues así es menor el sufrimiento. Pero los lugares, los colores, los olores que estuvieron ligados a él suelen dar ramalazos violentos contra la pátina del tiempo que, vencida, deja brotar la imagen del rostro infantil, el olor del sudor puberto. Entonces, uno puede recordar al Primer Amor y compararlo con el esposo que nos ha dado tres hijos, una casa de interés social y a Duque, ese pinche perro que se traga los calcetines como si fueran croquetas.
Pocas veces sucede que una vida destrozada regale una fotografía con la imagen nítida del Primer Amor vistiendo ropas desconocidas, abrazando a un desconocido, con un desconocido paraje como fondo y la misma mirada profunda e insondable de hace décadas. Pocas veces sucede que, después de este descubrimiento, uno busque en la memoria la imagen antigua del Primer Amor y, viendo desierto el archivo, se decida a buscarlo para conocer la imagen actual. Es poco probable que una situación similar dé para algo más que una película palomera. Uno no piensa que la búsqueda del Primer Amor pueda significar un encuentro con uno mismo y, además, sea la base de una novela memorable. Pero nunca falta quien demuestra lo contrario.
Luis Leante es el nombre de quien cometió la osadía de escribir una novela hermosa —que le valió el Premio Alfaguara de Novela 2007—, a partir del recuerdo de un Primer Amor. La doctora Montserrat Cambra, en sus cuarenta, recién divorciada y con una hija adolescente aún fresca en su tumba, encuentra entre las cosas de una embarazada moribunda la fotografía de un hombre que es, no cabe duda, Santiago San Román, su Primer Amor. Leante usa un narrador omnisciente y en tercera persona para contar las vicisitudes de Montse joven, Santiago joven, Montse cuarentona, doctora en Barcelona; Montse cuarentona, desconocida en el Sáhara, pues hasta allá va a parar cuando decide buscar al Primer Amor, cuando comprende, como lo hacemos todos, que uno no se queda nunca con él, que sólo se le recuerda y, en contadas ocasiones, la vida ofrece una tímida posibilidad de (re)encuentro. Éste sí verdadero, éste sí definitivo.
Leante, Luis. "Mira si yo te querré", Alfaguara, México, 2007.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

me he perdido en la inmensidad del tiempo y la neta, si de por si, ni leía, ahora leo menos jeje y ps ya no entrado aquí....
hoy se me ocurrió entra porque en la tarde ví a u "cuata" la Sol en televisa toluca :p

te mando un saludote ZOL!

take care

Anónimo dijo...

Hola, leyendo tu reseña me vinieron a la mente varios recuerdos, la mayoría agradables, pero dolorosos. Es muy cierto... nunca nos quedamos con nuestro primer amor, aunque yo agregaría que no necesariamente es el amor puberto o el de pasillo, sino aquel que te deja huellas indelebles en el alma, que te hacía ver el mundo con otra perspectiva, por el que serias capaz de bajar al infierno mismo, si así fuera necesario.
Mi primer amor, para mi fue eso y más y aun me embriago de su dulce olor, de su mirada de su cuerpo... Si pudiera dar la vuelta atrás y cambiar la historia, lo haría... definitivamente lo haría.
Gracias por tu reseña.