domingo, febrero 8

Eso de vivir solo

Hace unos días leí un articulillo de "El Universal", que tocaba el siempre espinoso (?) tema de la gente que vive sola. Lamento no poder echar mano del mentado texto para citar una que otra cosa que me pareció interesante: sucede que un alma de Dios cambió, por fin, la computadora con que realizo mis labores vespertinas, y al muy bendito se le ocurrió arrasar con buena parte de los escritos que suelo juntar. Excuso decir que me dio hueva volver a buscar la nota.
Afortunadamente no le guardo rencor a ese sujeto [miente: lo odia con odio jarocho. Nota de la H. Redacción] y mi buena memoria (??) me permite regresar al punto y comentar que el dichoso artículo exponía la situación de tres mujeres: una anciana al borde de la tumba, una cuarentona divorciada y una lozana muchacha de casi treinta primaveras.
El primer caso (anciana al borde de la tumba) es harto común y corriente: mujer viuda, madre de varios hijos y abuela de varios nietos, que no quiere o no puede vivir de arrimada con alguna de sus nueras o yernos, y opta por quedarse con sus recuerdos y sus plantitas en un mini departamento. Sus familiares la llaman por teléfono todos los días y los fines de semana la visitan. Su mayor sufrimiento es tener que ir a comprar las cosas para hacer de comer, pues como compra pocos gramos de carne y dos o tres frutas, siente como si jugara a la comidita. De hecho, una vecina le regala huevos, pues se le echan a perder si compra el medio kilo de rigor.
El segundo caso (cuarentona divorciada) era un poco más dramático, pues la sujeta en cuestión sufrió mucho por la separación luego de más de una década compartiendo el techo y el lecho con su hoy ex marido. Con la sabia entereza de toda cuarentona divorciada, hace frente a la situación chillando de vez en cuando y profiriendo insultos contra Dios [exagera: no recuerda haber leído éso, pero lo mete porque le parece más ameno. Nota de la H. Redacción], pero ya se está acostumbrando a su nueva y lacerante libertad. Su mayor sufrimiento también tiene que ver con hacer la comida: llora a mares cuando ve un solo asiento [insistimos: miente la perra que esto escribió. Nota de la H. Redacción].
El tercer caso (lozana muchacha de casi treinta primaveras) era, hasta hace unos años, poco común, pues toda señorita aspira a casarse de blanco con un príncipe azul, tener hijitos y vivir en un castillo de interés social, con jardín, perro labrador y vecinitas nice para ir al spinning. Desafortunadamente, en este mundo ya no hay pinches hombres decentes (¿los hubo alguna vez?) y los gays se reproducen como búlgaros. La lógica consecuencia es una creciente masa de lozanas muchachas de casi treinta primaveras, que viven solas. El mayor conflicto de la seño, para no entrar en detalles, también estaba relacionado con la despensa: la reina repitió los patrones de compra de sus progenitores y terminó en la ruina [exagera de nuevo, la muy maldita. Nota de la H. Redacción].
La reflexión final de las tres historias, es que se aprenden muchas cosas viviendo solo. Yo sospecho que tiene que ver con eso que llaman rascarse con sus propias uñas, y lo digo con todo conocimiento de causa, pues tengo casi tres años rentando un espacio para mí solita. Y, claro, se aprenden hartas cosas, como cambiar focos y fusibles, clavar clavitos en la pared, sacar cuatro o seis manos cuando se va por la despensa, y gritar a todo pulmón cuando el pendejo vecino está madreándose a su vieja. Eso entre otros detallitos que están más relacionados con el amor al prójimo [traducción: meter y sacar del departamento sujetos aptos para el consumo carnal. Nota de la H. Redacción].
Lamento que ninguna de las entrevistadas haya comentado lo chido que es llegar a casa y ver un gran desmadre, pero ningún cerdo malnacido rascándose los huevos mientras ve la televisión. O lo emocionante que resulta perder un cheque en una pinche mesa que, más que mesa, parece un mini campo de batalla de un metro cuadrado. O la maravillosa transformación que sufre la cafetera (con algunos mililitros de café, por supuesto), cuando se queda meses y meses sin ser lavada. O el gusto infinito que da levantarse un sábado a limpiar el cuchitril [de nuevo miente: esta marrana nunca limpia su casa. De hecho, cuando viene de visita, es su pobre madre quien se entrega a esa nauseabunda labor. Nota de la H. Redacción]. En fin, que les faltó la optimista frase de que vivir solo es la neta [ja, ja, ja, miente de nuevo, la muy ardida. Nota final de la H. Redacción].

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