domingo, enero 18

Queridos Reyes vagos

Mis inolvidables Malechor, Gaspeor y Ba-asaltar:

Aunque hace más de una década que no les escribo ni para mentarles la madre por no haber cumplido mis más caros y extraños caprichos infantiles, hoy, que me asomo sin remedio al abismo infame de la decrepitud, me dirijo a ustedes esperando, primero, que me recuerden —mis cartas eran muy cursis—; segundo, que sientan culpa por el daño irreversible que su mal gusto y omisiones causaron en mi psique y, tercero, que estén dispuestos a enmendar su falta haciendo lo que se supone que saben hacer: dar regalos.
Por supuesto, antes de enlistar mis peticiones, tengo que informarles que en los últimos tiempos me he portado muy bien —no olvido que es requisito indispensable para que ustedes actúen—. Juro solemnemente —es una pena que no puedan ver mi mano derecha sobre la Biblia— que soy un modelo de corrección, bondad y discreción. Para que se den una idea, les cuento que durante el último año no protagonicé más de cinco borracheras —de las cuales sólo una terminó en vomitona en baño ajeno—, y no me alcoholicé por propia y pachanguera voluntad: fui amenazada y acosada por personas beodas pero con una psique más sana y fuerte que la mía.
Otro punto a mi favor es que no me revolqué con ningún desconocido ni puse mis ojos en el macho ajeno. De hecho, puedo decir orgullosamente que gracias a los prodigiosos efectos de la cicatrización, tengo ya un nuevo y elástico himen que pienso ofrecerle a un buen mozo que esté dispuesto a desposarme —en la iglesia del Señor del Huerto, en Atlacomulco—, mantenerme y brindarme la alegría de conocer la maternidad.
Como pueden apreciar, soy, después de todo y pese a lo que digan las lenguas viperinas, una santa y buena persona que merece su atención. Lo que pido es bien poco en comparación con lo que ustedes pueden hacer:
1) La destrucción de todos los campi de mi alma mater —sobre todo el de Monterrey—. Que no quede registro de mis datos ni de la cifra estratosférica que debo.
2) Que se mueran todos los pendejos. Arrasen con panistas, políticos, viejas que sólo piensan en las uñas de acrílico, burócratas, las brutas que atienden en el SAT, etcétera, etcétera, etcétera.
3) Que se mueran todos los ojetes: Acaben con sacerdotes pederastas, violadores, corruptos, políticos, asesinos de animales, infieles, jefes explotadores y subespecies.
4) Un millón de euros —no acepto cheques de caja—.
5) Una crema antiarrugas que sí sirva.
6) Un intestino grueso que no sea tan pinche huevón como el que me tocó.
7) Un loft con hartos libreros pegados a las paredes. Y harto dinero para comprar hartos libros —pesos mexicanos, los euros van aparte—.
8) Una pócima efectiva para lograr, de una vez por todas, mancillar al adulto en plenitud que llevo meses persiguiendo.
9) Una apoplejía cuata para ese wey que no es mi presidente; cirrosis para el alcohólico panzón que ustedes saben, y cáncer de pene para el otro wey que me la debe —¿lo ven? soy tan linda que hasta pido para los demás—.
10) Una muñeca de trapo.
No se vayan a hacer tarugos. Por su atención, gracias.