miércoles, diciembre 17

Responso para M

Voy a morir como tú: una fría mañana, dos de diciembre, en los brazos del abuelo tierno. Finjo que duermo aferrada a la almohada, mientras la gente de la casa, los adultos, mis hermanas y un corro de desconocidos —que siempre los hay aunque no se vean— discuten sin hablar los pormenores de mi muerte y le mientan la madre a Dios por haberme regalado esa enfermedad —a mí, tan buena que soy; a mí, tan bien que me porto; a mí, que no le hago daño a nadie—. Le doy los buenos días al lindo tubérculo de cáncer fresco que se aloja en mi mandíbula. Quizá la cortesía lo conmueva un poco y hoy no me impida tragar agua o comerme una galleta. Sería como el último deseo del condenado. Saludo también a la supuesta sangre que me habita: litros y litros de una cosa viscosa, como agua teñida. Intento contar cuántos eritrocitos agonizan desorientados en ese caldo deslavado. Abro los ojos después del recuento diario de las marcas del cáncer. Finjo pereza para no moverme. Dejo que mi madre me envuelva en una frazada y me saque de la cama. El frío me cala ya en los huesos, sobre todo en los del brazo izquierdo, reconstruido en hojalatería. Dos, tres, cuatro palabras bastan para despedirse. No quiero escuchar más, pero mi madre insiste en decirme que allá nos vemos, que luego me alcanza, que me porte bien, que me vaya con cuidado, que no me va a doler, que es mejor así. Me acurruco en su regazo en cuanto el ronco motor de la camioneta supera su letanía. Entonces me invade la certeza de la muerte con fecha precisa: dos de diciembre. Ya no es después, sino hoy, a esta hora, con este frío, en este pueblo, con este cáncer. Se acabó el tiempo, lo sé, por eso lloro, por eso grito. Mi madre solloza y me habla un poco más. Me consuela saber que muero estando viva, no convertida en una masa amorfa, podrida y licuada por mi propia carne. El ruido de los automóviles, las voces de la gente, el sonido del viento, sus sonatas. Todo me recuerda que hoy es el día de mi muerte y que mi madre me lleva en brazos para que me duerman. Para que ya no me crezca esa bola infame en la barbilla, para que no me duela, después, el respirar. Una inyección, dos, el silencio absoluto, la oscuridad. No se sufre más así.
Si pudiera elegir moriría como tú, pero ya sabes M, que esta madre tuya no fue capaz de brindarte algo más que la esperanza de la muerte. Que te vas sin recuerdos y me los dejas todos, como material de tortura nocturna. Porque tu puta madre es la culpable de tu temprana muerte. Porque no hay paliativo para este dos de diciembre, que se aloja ahora en la carne materna como el mismísimo remedo del cáncer: nuestro querido amigo, el perdón que no me diste, la expiación que no merezco.

1 comentario:

mberenis dijo...

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