miércoles, diciembre 17

Mártir de la democracia

Pese a lo que dicta “la moral en turno”, yo siempre he pensado que el mejor momento de la vida es, paradójicamente, el final, o sea, la muerte. No sólo se trata de estirar la pata, de hecho, ese detallito es apenas el inicio de un variopinto ritual que incluye el obligado velorio y el entierro con procesión multicolor —aunque últimamente se haya puesto tan de moda cremar a los muertitos—.
Nuestra propia muerte y el huateque de despedida que se organiza —porque aunque en un velorio chillen muchos, también hay hartos colados que se la pasan echando desmadre— constituyen el último evento social al que acudiremos bien vestiditos, bañaditos y perfumados, justo como nunca nos volveremos ni nos volverán a ver —juar, juar—. Los muertos recientes suelen hasta estrenar zapatos y hay quien se manda a hacer —en vida, claro— unas mortajas di-vi-nas para no pasar al otro barrio con chilapastrosa facha.
Pero no sólo se trata de la última imagen que nuestros deudos se llevarán, ni del hecho de que quizá por primera vez en nuestra vida seremos el único y primordial centro de atención —el ataúd suele ubicarse en un área especial de la estancia— sino que la propia muerte y la ceremonia que sigue es, siempre, un ejercicio que puede convertirnos en casi mártires en cuestión de minutos.
Como los vivos no tienen nada que hacer en los entierros y, aunque tengan más ganas de irse a chupar no lo harán para “no verse mal”, estas ceremonias se convierten en una especie de ritual de expiación de culpas. Aunque no hay reglas escritas para un velorio, se sabe que está prohibido expresarse mal del difunto muerto que acaba de pasar a mejor vida, aunque se haya comportado siempre como un perfecto hijo de la gran puta.
Así, encontramos viudas que se desgarran las vestiduras recordando con ternura y lágrimas en los ojos al cabrón que las golpeó durante años. Hijos abandonados, golpeados y violados que, al tener enfrente el ataúd de su progenitor, lo perdonan “de corazón” y se dedican a rememorar “los buenos tiempos”.
Yo me atrevería a decir que en este país es casi una tradición convertir en mártires a los que tienen la fortuna de pelarse. Sobre todo si las circunstancias de la muerte son particularmente dolorosas o extrañas, por ejemplo, una “penosa enfermedad”, tres tiros en la espalda, una peritonitis marca diablo, un infarto —provocado por cierto adulterino descubrimiento—, la furia de la naturaleza, o un avionazo.
Sólo así puedo comprender que hayan hecho tanto escándalo porque se murió Juan Camilito. Sí, qué pena, era un “amante esposo y padre de familia”, que seguramente será extrañado por todos sus parientes gachupines, pero de ahí a que ahora lo eleven a “mártir de la democracia”, “paradigma e inspiración del panismo”, “gestor del triunfo fecalero” y los demás epítetos que le han colgado desde que se peló, hay una gran, gran diferencia. Ahora resulta que el orejón y difunto señor es un “ejemplo a seguir” y que medio México le lloró casi tanto como ese wey que no es mi presidente —quién lo viera, le quedó muy bien el papel de plañidera—. Todos los días se muere gente buena, dice mi jefecito, es justo que de vez en cuando se muera un hijo de perra, así que no mamen. Al rato van a construir escuelas, hospitales y calles que llevarán el nombre de tan “digno, altísimo y majestuoso mártir de la democracia”, cuyo único acierto fue morirse en escandaloso accidente que, por cierto, mató a personas realmente decentes.

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