miércoles, diciembre 17

Grinch

No sé si es porque estoy definitivamente amargada, pero detesto todas las festividades que el mexicano se inventa para dejar de trabajar, rascarse los huevos y dedicarse a chupar y tragar como pelón de hospicio con la venia de la sociedad completa —que incluso fomenta y se ocupa en los mismos menesteres—.
No es que esté en contra del descanso o de cualquier otra actividad de sano esparcimiento, lo que me enferma es que los “días festivos” suelen tener motivos tan pendejos como un taco o un compadre; tan mamones y vacíos como el de la No Violencia Contra la Mujer —habría que matar al imbécil que les enseñó a usar las mayúsculas—; tan cursis como el de la madre; o tan calenturientos y propagadores de la sífilis como el 14 de febrero.
Cada año soporto estoicamente el bombardeo mediático que suele preceder a estos “importantes” días. Soy capaz de soplarme los comerciales de televisión con los Tigres del Norte cantando "A ti madrecita". Ya me hacen lo que el viento a Juárez todas las pendejadas que dicen los diputados, presidentes municipales o reyes de ínsulas Baratarias respecto a las condiciones de degradación en que vive la mujer, los “avances que se han conseguido” y el clásico mea culpa porque “aún falta mucho por hacer”. Ni siquiera sufro cuando camino por la calle el mero día de San Valentín y encuentro en cada árbol, recodo, sombrita, fuente, banca o lo que se le parezca, a una pareja en plena actividad física vigorosa —con osote de peluche, rosas y chocolates a la mano, "manque no haiga" condones—. Soy tan tolerante y buena persona que ni siquiera les miento la madre a los escuincles babosos que andan “boteando” durante el pinche Teletón, que ya es una tradición en este país. Incluso puedo admirar con sonrisa beatífica las mandas, misas y mañanitas que se le ofrendan a la Morenita del Tepeyac.
Todo lo soporto, todo, pero entre noviembre y diciembre se empieza a joder la cosa porque llega la pinche navidad. ¡Ah, eso sí que me encabrona! No me pregunten por qué, la neta es que no lo sé, pero encontrarme al panzón de Santa Clos en cada esquina; ver el desperdicio de energía en los putos foquitos que la gente se cuelga hasta de las orejas; toparme con un jodido reno de fieltro que “adorna” la puerta del vecino, o pasar por la tortura de “decorar” el “arbolito”, me mantiene en perpetuo y real encabronamiento —algo así como un síndrome premenstrual a la quinta potencia— durante el mes de diciembre y parte de enero .
No sé a quién chingados se le ocurrió la celebración, pero se me revuelve el estómago al pensar en las posadas, la rompedera de piñatas —y de madres, porque nunca falta el pendejo que se atraviesa a la mitad del “dale, dale, dale”—, la cena, el brindis —el de la casa y hasta el que un acomedido organiza en el trabajo—, los intercambios de regalos, la mamada esa de poner botas para que venga el panzón antes referido, la arrullada del niño dios —que a mí siempre me ha parecido una vil figura de yeso— y etcétera, etcétera, etcétera. Lo único chido es tragar, pero francamente el precio me parece demasiado alto.
En fin, que durante este mes ni me chinguen ni me hablen, porque les puedo mentar la madre. Eso sí: feliz navidad, no vayan a decir que soy pelada.

2 comentarios:

kukulcan dijo...

Aún más intolerante que devoren uvas como animales creiendo que van a cambiar de vida como una serpiente de piel al dar las 12 de la noche, así como sus esperanzas de fornicar durante todo el año gracias a la tangita roja que se compraron con grandes ilusiones en el tianguis más cercano...

Clon de Bellota (KIKA) dijo...

JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA me encanta como escribes JAJAJAJAJA x cierto q me trajo santa en tu casa????