lunes, diciembre 22

Mi nuevo amigui

He dicho ya que la "navidá" me pone de mal humor —o me encabrona, que es más preciso—, así que durante estas fechas es normal que se incrementen de forma endemoniada mis niveles de agresividad. Como consecuencia lógica, hay días que son un verdadero suplicio.
El viernes fue uno de esos días. Para empezar, no escuché el despertador y me quedé jetona. Cuando logré despegar los párpados —atascados de lagañas— comencé una larga cadena de encabronamientos. Para variar, no había agua en el pinche edificio en el que vivo, así que pasé media hora picándome un ojo hasta que un alma caritativa prendió la jodida bomba. Antes de lograr depositar mis rubicundas carnes bajo el chorro de la regadera, me di un soberbio chingadazo en la rodilla derecha. Casi termino de romperme la madre por salir del baño sin tener, siquiera, la precaución de secarme las patas. Me vestí como pude —creo que anduve con los chones al revés— y medio me acicalé —en realidad eso es normal—. Salí de mi cuchitril con la velocidad del gas metano expulsado por el punto final del intestino grueso. Estuve a dos milímetros de chocar en las escaleras con uno de mis vecinos maricones. Corrí como sólo he corrido en pos de un carrito de tamales y, mientras lo hacía, vi pasar al menos veinte taxis. Claro, cuando me paré en la esquina, como vil suripanta tempranera, no pasaba ni una puta "unidá". Jalé mis trompas de falopio para conservar la calma. Por fin logré detener un taxi y, para mi mala suerte, el dueño del volante era un ruco que se vería muy bien jugando damas chinas en un asilo. Treinta minutos después llegué a mi destino. Tuve que mentarle la madre al poli de la entrada —“ya le dije que no tengo credencial; no, en casi un puto año que llevo dizque dando clases aquí no me la han dado, ¿qué chingados quiere que haga?”—. Seguí corriendo como detrás de los tamales y me relajé platicando con un divertido sujeto que dice ser mi jefe. Volví a correr y encontré a la agradable "Burbuja" —no sé qué me dio este semestre por ponerle apodos a mis alumnetes—, quien me acompañó a comprar algo de tragar y hasta me escoltó a otro taxi —en esas jodidas unidades se quedan todos mis ingresos—. Otra media hora después llegué a mi nuevo destino temporal. Estuve a punto de estrangular a un par de escuincles de doce años que no paraban de joder con un pinche balón de futbol. Bendito dios, las “clases” se suspendieron y los "angelitos" chingaron a todo mundo y en todos lados. Grité como loca porque mis consentidos no saben jugar futbol —ni escribir en español—. Me ardieron las tripas y no hallé nada decente de tragar. Cuando pude escapar de ese lugar, mi estómago era ya un caldo de jugos gástricos. Y aunque quise, la disciplina me impidió tragarme los tres millones de galletas que me regalaron. Llegué a casa convertida en una piltrafa y, otra vez, me di un chingadazo, pero ahora en la nalga izquierda. Boté ciertas cosas, tomé otras y salí a tragar. Les pinté dedo a los achichincles de Juan Ro —que tienen la esquina de Morelos y Motolinía convertida en un muladar— por cierto comentario respecto al tamaño de mi culo.
Después me puse de buen humor porque comí harto guacamole y caminé hasta el egregio periódico donde paso las tardes poniendo acentos en las esdrújulas. Me puse más contenta porque pude embarrarle mi humanidad completa al cincuentón que no me pela —ni me pelará, diría don Teofilito—. Pero el paroxismo de mi felicidad llegó cuando chequé mi mail y encontré, ¡oh Dios!, una solicitud para ser amigui del señor diputado Juan Carlos Núñez Armas, vía "Jai Faiv". Casi muero de la emoción. Que un señor de la estatura —política, claro— de Núñez Armas se fije en esta pobre mortal para ser parte de su selecta comunidad de amiguis, estuvo a punto de hacerme llorar. Supongo que éso no es proselitismo político, sino puro afán de socializar y entrar en contacto con sus potenciales votantes —desde hoy me declaro su fan, obviamente—. Ahora sólo tengo que confirmar que conozco al finísimo señor para ser, oficialmente, su amigui. La emoción y ciertas ganas de mentar madres me han impedido apachurrar el botón indicado —traducción: me volví a encabronar—.
A eso se suma que también tengo una invitación de Toluca Joven para ser grandes amiguis. ¿Qué no ha quedado claro que, además de la "navidá", me causan urticaria los panistas? Digo, sin ofender, pero yo escojo muy buen a mis amigos. Ya ni la chingan, digo yo.

miércoles, diciembre 17

Grinch

No sé si es porque estoy definitivamente amargada, pero detesto todas las festividades que el mexicano se inventa para dejar de trabajar, rascarse los huevos y dedicarse a chupar y tragar como pelón de hospicio con la venia de la sociedad completa —que incluso fomenta y se ocupa en los mismos menesteres—.
No es que esté en contra del descanso o de cualquier otra actividad de sano esparcimiento, lo que me enferma es que los “días festivos” suelen tener motivos tan pendejos como un taco o un compadre; tan mamones y vacíos como el de la No Violencia Contra la Mujer —habría que matar al imbécil que les enseñó a usar las mayúsculas—; tan cursis como el de la madre; o tan calenturientos y propagadores de la sífilis como el 14 de febrero.
Cada año soporto estoicamente el bombardeo mediático que suele preceder a estos “importantes” días. Soy capaz de soplarme los comerciales de televisión con los Tigres del Norte cantando "A ti madrecita". Ya me hacen lo que el viento a Juárez todas las pendejadas que dicen los diputados, presidentes municipales o reyes de ínsulas Baratarias respecto a las condiciones de degradación en que vive la mujer, los “avances que se han conseguido” y el clásico mea culpa porque “aún falta mucho por hacer”. Ni siquiera sufro cuando camino por la calle el mero día de San Valentín y encuentro en cada árbol, recodo, sombrita, fuente, banca o lo que se le parezca, a una pareja en plena actividad física vigorosa —con osote de peluche, rosas y chocolates a la mano, "manque no haiga" condones—. Soy tan tolerante y buena persona que ni siquiera les miento la madre a los escuincles babosos que andan “boteando” durante el pinche Teletón, que ya es una tradición en este país. Incluso puedo admirar con sonrisa beatífica las mandas, misas y mañanitas que se le ofrendan a la Morenita del Tepeyac.
Todo lo soporto, todo, pero entre noviembre y diciembre se empieza a joder la cosa porque llega la pinche navidad. ¡Ah, eso sí que me encabrona! No me pregunten por qué, la neta es que no lo sé, pero encontrarme al panzón de Santa Clos en cada esquina; ver el desperdicio de energía en los putos foquitos que la gente se cuelga hasta de las orejas; toparme con un jodido reno de fieltro que “adorna” la puerta del vecino, o pasar por la tortura de “decorar” el “arbolito”, me mantiene en perpetuo y real encabronamiento —algo así como un síndrome premenstrual a la quinta potencia— durante el mes de diciembre y parte de enero .
No sé a quién chingados se le ocurrió la celebración, pero se me revuelve el estómago al pensar en las posadas, la rompedera de piñatas —y de madres, porque nunca falta el pendejo que se atraviesa a la mitad del “dale, dale, dale”—, la cena, el brindis —el de la casa y hasta el que un acomedido organiza en el trabajo—, los intercambios de regalos, la mamada esa de poner botas para que venga el panzón antes referido, la arrullada del niño dios —que a mí siempre me ha parecido una vil figura de yeso— y etcétera, etcétera, etcétera. Lo único chido es tragar, pero francamente el precio me parece demasiado alto.
En fin, que durante este mes ni me chinguen ni me hablen, porque les puedo mentar la madre. Eso sí: feliz navidad, no vayan a decir que soy pelada.

Responso para M

Voy a morir como tú: una fría mañana, dos de diciembre, en los brazos del abuelo tierno. Finjo que duermo aferrada a la almohada, mientras la gente de la casa, los adultos, mis hermanas y un corro de desconocidos —que siempre los hay aunque no se vean— discuten sin hablar los pormenores de mi muerte y le mientan la madre a Dios por haberme regalado esa enfermedad —a mí, tan buena que soy; a mí, tan bien que me porto; a mí, que no le hago daño a nadie—. Le doy los buenos días al lindo tubérculo de cáncer fresco que se aloja en mi mandíbula. Quizá la cortesía lo conmueva un poco y hoy no me impida tragar agua o comerme una galleta. Sería como el último deseo del condenado. Saludo también a la supuesta sangre que me habita: litros y litros de una cosa viscosa, como agua teñida. Intento contar cuántos eritrocitos agonizan desorientados en ese caldo deslavado. Abro los ojos después del recuento diario de las marcas del cáncer. Finjo pereza para no moverme. Dejo que mi madre me envuelva en una frazada y me saque de la cama. El frío me cala ya en los huesos, sobre todo en los del brazo izquierdo, reconstruido en hojalatería. Dos, tres, cuatro palabras bastan para despedirse. No quiero escuchar más, pero mi madre insiste en decirme que allá nos vemos, que luego me alcanza, que me porte bien, que me vaya con cuidado, que no me va a doler, que es mejor así. Me acurruco en su regazo en cuanto el ronco motor de la camioneta supera su letanía. Entonces me invade la certeza de la muerte con fecha precisa: dos de diciembre. Ya no es después, sino hoy, a esta hora, con este frío, en este pueblo, con este cáncer. Se acabó el tiempo, lo sé, por eso lloro, por eso grito. Mi madre solloza y me habla un poco más. Me consuela saber que muero estando viva, no convertida en una masa amorfa, podrida y licuada por mi propia carne. El ruido de los automóviles, las voces de la gente, el sonido del viento, sus sonatas. Todo me recuerda que hoy es el día de mi muerte y que mi madre me lleva en brazos para que me duerman. Para que ya no me crezca esa bola infame en la barbilla, para que no me duela, después, el respirar. Una inyección, dos, el silencio absoluto, la oscuridad. No se sufre más así.
Si pudiera elegir moriría como tú, pero ya sabes M, que esta madre tuya no fue capaz de brindarte algo más que la esperanza de la muerte. Que te vas sin recuerdos y me los dejas todos, como material de tortura nocturna. Porque tu puta madre es la culpable de tu temprana muerte. Porque no hay paliativo para este dos de diciembre, que se aloja ahora en la carne materna como el mismísimo remedo del cáncer: nuestro querido amigo, el perdón que no me diste, la expiación que no merezco.

Carrera de asnos

Cualquier persona con dos dedos de frente, relativamente cuerda, un poquito culta o por lo menos un mucho criticona me dará la razón: los panistas que nos gobiernan no rebuznan porque no se saben la tonada. Sospecho, incluso, que si alguien intentara enseñarles a emitir los sonidos propios de su especie, terminarían maullando, ladrando o hasta cantando como jilgueros, pero de rebuznos nada.
La razón es obvia: los azules tienen múltiples talentos —incluida la mochez recalcitrante—, pero no se les da ni por todos los santos, el estudio o la lectura. Lo suyo es la política, lógicamente, no ponerse a leer literatura o practicar en libretas de caligrafía la forma correcta de la letra “O” —que es redonda, por si algún panista me está leyendo—.
Eso explica las pendejadas que suelen cometer los azules en actividades y con personajes del arte y la cultura, no sólo del país, sino del mundo. Desde que Vicente Oligofrenia Fox se "trompezara" al confundir al escritor argentino Jorge Luis Borges con un fulano llamado José Luis Borgues —aguador, vendedor de tacos o albañil, vaya usté a saber—, parece que los panuchos iniciaron una carrera loca para ver quién comete la más grande y memorable pendejada.
Ahí tienen al exsecretario del Trabajo, Carlos Abascal Carranza —que dios tenga en su santa gloria—, por ejemplo. El moral y correcto señor montó en cólera —una meretriz por todos conocida— cuando su pequeña hija fue obligada por una salvaje maestra de Español a leer la novela "Aura", de Carlos Fuentes, sin tomar en cuenta que ese texto no sólo es la obra cumbre de la pornografía, sino acicate de pederastas, sodomitas y masturbadores. Dios nos libre.
Luego, cuando Chente ya había sacado de Los Pinos sus bototas embarradas de boñiga, salió con otra perlita de sabiduría: que América Latina debía huir de la dictadura perfecta, justo como había señalado el Premio Nobel colombiano Mario Vargas Llosa. Fox quería ganar la carrera, es evidente.
Pero como nunca falta un pendejo más ingenioso que el anterior, aquí tenemos a nuestra querida secretaria de Educación Pública, Josefina Vázquez Mota —Chepinita pa´los cuates— que cometió el “error” de confundir a Carlos Fuentes con el único Nobel de Literatura mexicano: Octavio Paz —que ya se murió, Chepinita, lamento ser yo quien te lo diga—.
Y como las pendejadas se hacen bien o mejor no se hacen —eso lo sabe cualquier pendejo—, la secretaria remató confundiendo "La región más transparente", obra medular en el trabajo de Fuentes, con una cosa llamada La ciudad más transparente. Fanfarrias, Dios mío, que esto supera con creces cualquier otra pendejada.
Claro, hay que comprender: Josefina no sabe nada de literatura, lo suyo es la superación personal, ya lo demostró con el bellísimo volumen "Dios mío, hazme viuda por favor". Yo espero sinceramente que la secretaria pueda regalarnos pronto otro libro similar, algo así como "Dios mío, quítame lo imbécil".
Mientras, esperemos el siguiente trompezón panista, porque no faltará el envidioso que quiera superar la pendejada de Vázquez Mota. Eso ni dudarlo.

Mártir de la democracia

Pese a lo que dicta “la moral en turno”, yo siempre he pensado que el mejor momento de la vida es, paradójicamente, el final, o sea, la muerte. No sólo se trata de estirar la pata, de hecho, ese detallito es apenas el inicio de un variopinto ritual que incluye el obligado velorio y el entierro con procesión multicolor —aunque últimamente se haya puesto tan de moda cremar a los muertitos—.
Nuestra propia muerte y el huateque de despedida que se organiza —porque aunque en un velorio chillen muchos, también hay hartos colados que se la pasan echando desmadre— constituyen el último evento social al que acudiremos bien vestiditos, bañaditos y perfumados, justo como nunca nos volveremos ni nos volverán a ver —juar, juar—. Los muertos recientes suelen hasta estrenar zapatos y hay quien se manda a hacer —en vida, claro— unas mortajas di-vi-nas para no pasar al otro barrio con chilapastrosa facha.
Pero no sólo se trata de la última imagen que nuestros deudos se llevarán, ni del hecho de que quizá por primera vez en nuestra vida seremos el único y primordial centro de atención —el ataúd suele ubicarse en un área especial de la estancia— sino que la propia muerte y la ceremonia que sigue es, siempre, un ejercicio que puede convertirnos en casi mártires en cuestión de minutos.
Como los vivos no tienen nada que hacer en los entierros y, aunque tengan más ganas de irse a chupar no lo harán para “no verse mal”, estas ceremonias se convierten en una especie de ritual de expiación de culpas. Aunque no hay reglas escritas para un velorio, se sabe que está prohibido expresarse mal del difunto muerto que acaba de pasar a mejor vida, aunque se haya comportado siempre como un perfecto hijo de la gran puta.
Así, encontramos viudas que se desgarran las vestiduras recordando con ternura y lágrimas en los ojos al cabrón que las golpeó durante años. Hijos abandonados, golpeados y violados que, al tener enfrente el ataúd de su progenitor, lo perdonan “de corazón” y se dedican a rememorar “los buenos tiempos”.
Yo me atrevería a decir que en este país es casi una tradición convertir en mártires a los que tienen la fortuna de pelarse. Sobre todo si las circunstancias de la muerte son particularmente dolorosas o extrañas, por ejemplo, una “penosa enfermedad”, tres tiros en la espalda, una peritonitis marca diablo, un infarto —provocado por cierto adulterino descubrimiento—, la furia de la naturaleza, o un avionazo.
Sólo así puedo comprender que hayan hecho tanto escándalo porque se murió Juan Camilito. Sí, qué pena, era un “amante esposo y padre de familia”, que seguramente será extrañado por todos sus parientes gachupines, pero de ahí a que ahora lo eleven a “mártir de la democracia”, “paradigma e inspiración del panismo”, “gestor del triunfo fecalero” y los demás epítetos que le han colgado desde que se peló, hay una gran, gran diferencia. Ahora resulta que el orejón y difunto señor es un “ejemplo a seguir” y que medio México le lloró casi tanto como ese wey que no es mi presidente —quién lo viera, le quedó muy bien el papel de plañidera—. Todos los días se muere gente buena, dice mi jefecito, es justo que de vez en cuando se muera un hijo de perra, así que no mamen. Al rato van a construir escuelas, hospitales y calles que llevarán el nombre de tan “digno, altísimo y majestuoso mártir de la democracia”, cuyo único acierto fue morirse en escandaloso accidente que, por cierto, mató a personas realmente decentes.