domingo, noviembre 23

Amor del bueno

La próxima vez que se atraviese en mi camino una de esas feministas radicales que dicen que lavar, planchar, cocinar e incluso ser tierna con el macho alfa son oprobiosas señales de sumisión, le voy a recomendar que lea "Historia de O".
Escrita por Pauline Réage —pseudónimo de la intelectual francesa Dominique Aury—, "Historia de O" es una novela que forma parte de la colección La Sonrisa Vertical, de esa bonita editorial denominada Tusquets. El libro en cuestión está primorosamente empastado en color rosa quinceañera y ya es un clásico de la literatura erótica —yo agregaría que es, también, un excelente manual para sadomasoquistas—.
Narrado en tercera persona, Historia de O cuenta la vida de una linda muchacha —llamada simplemente O— dominada por un enfermo y casi maniático afán por lograr/conservar/incrementar/perpetuar el amor de una rata proxeneta y desequilibrada.
Hasta ahí no hay problema, pues en este mundo hay diez mil quinientas enfermas mentales que tratan por todos los medios a su alcance de conservar, perpetuar, etcétera, el amor de algún sujeto tan ordinario, inútil, dependiente, sucio, panzón, prieto, violento y precoz —hablo de la eyaculación— como cualquier otro. Buena parte de las mujeres enamoradas montan para el macho alfa un chow de sumisión —a decir de las radicales— que exige conocimientos de repostería internacional, lavandería exprés, psicología avanzada, actuación —con lágrimas al estilo Marga López—, maquillaje teatral, manejo de pista y tubo —para “mantener encendida la llama”—, así como cualidades dignas de una mártir/pendeja —fidelidad absoluta, informe detallado de actividades, anulación de la vida social y de cualquier contacto con hombres y hasta maricones—. Sin embargo, y aunque revienten como palomitas de maíz los ovarios de las feministas, todo lo anterior es digno de alabanza si se compara con lo que O permitió “por amor”.
En la vida de O hay una certeza medular: “amar es depender”. O ama al sujeto cuyo nombre he olvidado, ergo, depende de él y, por lo tanto, no sólo es funcional sino imperativo olvidarse de cualquier cosa que parezca voluntad o amor propio. Así, O es conducida por su amante a un tétrico castillo en el que es disfrazada de puta —nomás que sin cobrar—, azotada, violada, vejada, escupida, amaestrada para servir a quien la requiera en el momento en que la requiera y por el orificio que se le antoje —hasta un tubo le meten por el ano, para que éste se expanda y sea más receptivo a los deseos de sodomitas—. O pasa a formar parte de una cofradía en la que los hombres tienen derecho a tirarse a todas las viejas que puedan, y éstas lo permiten pues de ese modo demuestran el amor que sienten por sus dueños y éstos, a su vez, las aman más al verlas envilecidas y receptivas para sus amiguis.
Pero ahí no termina la cosa. Tiempo después de que O asimila su esclavitud —tiene prohibido usar calzones, y si se topa en la calle con un miembro de la comunidad, identificado con un anillo, debe empinarse inmediatamente para facilitar la violación—, su amante decide regalarla a Sir Stephen, su medio hermano, como si ella fuera un lindo saco o camisa. Azotes y penetraciones después, O encuentra el “verdadero amor” en Sir Stephen, noble sujeto que le marcó sus iniciales en el cuerpo —como a las reses— e hizo colgar unos anillos de su vulva —dolorosamente perforada para el estético ejercicio—. Por supuesto, Sir Stephen es tan amable que también la comparte con sus amiguis. Y O tan feliz como escuincle con helado de limón.
Que alguien la mate, por favor.
Luego de tan formativa lectura, decidí inscribirme a un curso de gelatinas y repostería francesa, mismo que recomiendo ampliamente. Igual que el libro, por supuesto.

1 comentario:

kukulcan dijo...

no se por que me suena familiar, sin necesidad de ir hasta el hexagono europeo, tal vez por que diez mil quinientas se me hicieron pocas?...