lunes, octubre 27

Elogio de La Chingada

Para regalarle unas excelentes vacaciones a una personita especial, no tiene que sufrir pagando grandes cantidades de dinero por un viaje al extranjero. Ni siquiera debe apersonarse en alguna mafufa agencia de viajes para que le organicen un paquete premier —que incluye bolsita de arena del desierto del Sahara, fotografías digitales en los campos de tulipanes holandeses, dos o tres picaduras de hembra de mosquito anopheles y jornada de degustación de coca peruana, entre otras actividades— o buscar alojamiento y comparar precios en internet. Nada de eso: si usted tiene el sano deseo de sacar a alguien de su vida, es decir, darle vacaciones, no hay nada más sencillo que mandarlo a La Chingada.
No me malinterprete. No me refiero a la vulgaridad común entre periodistas, universitarios, escritores, políticos, productores de televisión y gente de baja ralea. No se deje llevar por la primera impresión ni permita que entren en acción los prejuicios que le inculcaron en la infancia. La que esto escribe sería incapaz de valerse de palabras soeces para insultar al prójimo o aderezar un texto escrito con el intestino grueso.
Hecha la aclaración, continuemos. La Chingada es un mítico lugar ubicado a 60 kilómetros de las cuevas de El Carajo, entre las cascadas de agua prístina de La Fregada y los baños de azufre cosmético de El Demonio. Los que han sido enviados —y han logrado volver— cuentan que el benigno clima es capaz de aliviar, o por lo menos reducir, la intensidad de todas las enfermedades que afectan al hombre moderno, desde idiotez congénita hasta vacío cerebral, histeria menopáusica, taradez desenfrenada, síndrome de pinga loca, inflamación del cordón umbilical —tan común alrededor de los treinta años—, depresión pre y post mudanza, etcétera. Aunque hay enfermos incurables —sobre todo los tarados y los idiotas—, lo cierto es que basta con echarse en una tumbona, junto a la alberca, para empezar a sentirse mejor.
Desde luego, no cualquiera puede acceder a un lugar tan acogedor. La única forma de pasar unos días —o semanas, meses, años— en ese paraíso terrenal, es mediante invitación, es decir, alguien tiene que mandarlo a La Chingada o usted debe enviar a alguien a La Chingada. Hay que señalar que las invitaciones no incluyen viaje redondo.
De modo que si usted arde en deseos de descansar de alguna personita especial —un malparido ex amante, una recua de alumnos oligofrénicos, una jefa que le exige recogerse la greña, todos los pendejos que no saben manejar, el imbécil presidente de la república, los panistas en general, los asesinos de animales, los brutos que despachan en el SAT, etcétera— no lo dude: mándelo directito y sin escalas a La Chingada. Los beneficios están garantizados.

1 comentario:

José Antonio Porcayo D. dijo...

Jajajaja, con que no me mandes de vacaciones todo está bien. Te quiero loca!