sábado, septiembre 20

Abortivo

Si en este país las mujeres fuéramos algo más que unas bonitas bestias de carga y/o receptáculos de fluidos masculinos, una no tendría que decir absolutamente nada en favor del aborto. Pero ya se sabe que en este país jodido y panista, para acabarla de fregar, las mujeres somos todo lo que “diosito y mi marido gusten y manden”, excepto seres pensantes, dueñas de nuestras vidas —vaginas y matrices incluidas— y, sobre todo, personas acostumbradas a ejercer esa cosa llamada Libre Albedrío; de modo que es necesario vociferar para que un hato de tarados —todos con pene, o algo parecido, por supuesto— nos den permiso de usar nuestro cuerpo como se nos dé la gana y no nos tachen de criminales por ir en contra de lo que más que ley es chingadera.
Que me perdonen —y si no me perdonan, me vale madre— las Frígidas Damas de la Vela Perpetua, la Santa Unión de Seminaristas Sodomitas, la Congregación de Monjas Fetichistas, la Cofradía de Sacerdotes Pederastas, Pro Vida y su presidente fantoche, santuchos cagadiablos todos: a estas alturas del partido, tener acceso a un legrado legal no es sólo un derecho femenino que brilla por su ausencia, sino una obligación del Estado —y aún lo pongo con mayúscula—. Y me importa un pito que me excomulguen.
No se trata de determinar la legalidad o no del aborto chapaleando en las cursis exposiciones de si es bueno o malo. Evidentemente es poco agradable terminar de tajo con la vida de una mórula que, paulatinamente, se convertiría en feto y en todo lo demás. Yo no creo que las mujeres que se practican un legrado lo hagan con la indiferencia y tranquilidad de quien se va a cortar el pelo —aunque hay sus excepciones, seguramente—; por el contrario, se trata de una decisión difícil, encabronadamente difícil, que se toma cuando ya no queda de otra —de nuevo, con sus excepciones—. El punto es que cada quien determina lo que es bueno o malo para sí; de manera que a usted le pueden caer muy mal diez tacos de barbacoa y a mí pueden hacerme la vida más feliz, pero, seguramente ambos —usted y yo, quiero decir— nos encabronaríamos si alguien coartara nuestro derecho a tragar los mentados tacos de barbacoa. Y ahí está la verdadera discusión: el Estado debería garantizar la posibilidad de acceder a este tipo de servicio médico —por muy crudo que suene—, y dejar en las mujeres la decisión de hacerlo o no. Claro, que para eso la gente debería preocuparse más por sus propios problemas que por los ajenos y, en lugar de decirle al prójimo cómo vivir, optar por barrer la entrada de su casa. En suma, dejar al otro ejercer su Libre Albedrío, que para eso está. O lo que es lo mismo, que cada quien haga de su culo un papalote.
Excuso decir que si los fetos no crecieran, como lo hacen, pegados a una placenta dentro del cuerpo de una mujer y, por el contrario, brotaran en la meritita punta del glande o en un pliegue del escroto, yo no tendría motivo para despotricar. Seguramente el hato de tarados que dizque hacen las leyes y la hipócrita sociedad completa, habrían puesto ya una higiénica solución al problema.

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