sábado, septiembre 20

Tips para festejar a la patria

1) Ponga a su vieja a cocinar pozole, pambazos, flautas, chiles en nogada, mole poblano, enchiladas, tostadas de pata y cualquier otra delicia culinaria que pueda recordarle, a fuerza de masticar, la bella tierra en que le tocó nacer. Si su vieja no tiene sazón o es de las que no saben hacer ni un huevo estrellado, compre la comida, que sin ella es imposible festejar nada.
2) Búrlese de la Ley Seca. Que nadie se crea con el derecho de prohibirle, o siquiera sugerirle, que no festeje a su Méxicolindoyquerido con un buen pomo. Haga su guardadito con anticipación —ya se sabe que la crisis está cabrona— y acuda al Gallito de su preferencia. ¿Un cartón de chelas? ¿un buen tequila? ¿Torres? ¿o un bacachito? Lleve lo que quiera o pa´lo que le alcance, pero no se limite: la patria lo merece.
3) Antes del bendito asueto —o fin de semana largo, como lo bautizaron nuestros queridos diputados que por fin hacen algo bien— hágase más pendejo de lo habitual en su trabajo. No, no es desidia ni valemadrismo. Lo que sucede es que debe irse preparando física y psicológicamente para las jornadas de exhaustiva hueva que tendrá que echar mientras recuerda a los Héroesquenosdieronpatria. Sepa que pasar bruscamente de la intensa actividad —como la que desarrolla cotidianamente— al desparramamiento total, puede provocarle un problema cardiaco. Así que procure tomárselo con calma y preparar el cuerpo.
4) Acuda a la esquina más cercana y compre con el primer ambulante que se encuentre, lo siguiente: una banderota —made in China— para colgar en la ventana más grande de su casa; dos o tres banderitas de las que se pegan en los carros —si no tiene carro, no hay pedo: las puede pegar en otro lado—; una peluca tricolor de peluche auténtico, para que la use el escuincle más moquiento de su hogar; moños, aretes, broches y cualquier otra femenina chuchería con motivos patrios; un chal verdeblancoyrojo para su ñora. No se le olvide un sombrero gigante, bien pintado, para usted.
5) Combine. Haga a su gusto y conveniencia la mezcla de los puntos anteriores. Usted no es buen mexicano si no celebra a su Suavepatria con harta comida, harto chupe y harta, hartísima hueva. Y si usted no es buen mexicano debe preferir la muerte antes que seguir pisando esta patriaimpecableydiamantina que no se merece.
6) Organice la “ida” al grito. Llame a sus vecinos, primos, compadres y a todos los mexicanos bien nacidos que conozca, para ponerse de acuerdo y apersonarse en la plaza cívica de su ciudad —Toluca, digamos— y gritar como mujer en trabajo de parto mientras grita, a su vez, su pendejo presidente municipal —quien, cumpliendo con su deber, a esa hora estará colgando del badajo de una campanota que se vería mejor si le cayera en la cabeza—.
Para acudir a tan bonita ceremonia hay que abrigar a los peques de la casa, pedirle a la señora que se peine tantito, y acomodar estratégicamente una tella en la chamarra: segurito la va a necesitar pues siempre hace un chingo de frío. Es importantísimo llegar a la plaza antes de que el sol se oculte, porque para poder iniciar la parranda debe contratar a un destacado artista del pincel, que por treinta o cincuenta varos le dejará la jeta embarrada de pintura para payaso. Eso sí, le dibujará una gallina famélica devorando una lombriz, que se verá bien chida en su cachetote de marrano.
7) Disfrute la ceremonia. Abrace a su familia y arrímele el camarón a la vecina, que es día de hermandad y buena voluntad entre mexicanos. Escuche atentamente las palabras del alcalde y prepárese para gritar “¡Viva!” cada vez que escuche el nombre de un prócerdelapatria. “¡Hidalgo! ¡Allende! ¡Guerrero! ¡Acapulco! ¡Te arrimo! ¡Me prestas! ¡A huevo!”
Saque discretamente la tella de su chamarra y empine el codo hasta que se terminen las provisiones. Si se siente muy, pero muy patriótico, comparta sus babas con el compadre. Cuando se haya cansado de gritar —o cuando el alcalde se haya ido a dormir con su mami— dé un familiar paseo por la plaza cívica y tráguese alguna garnacha. No importa que en la casa tenga más, total, ya habrá tiempo para la diarrea.
8) Regrese a su hogar y siga tragando. Chupando también, lógicamente. Póngase hasta la madre con todo aquel buen mexicano que esté en su sacrosanto y patriótico domicilio. Mande a sus hijos a dormir —previo mandarriazo—, miéntele la madre a su mujer porque se le acabó el chupe, y vomité en la sala todo lo que se tragó.
9) Despierte al otro día sin saber qué pedo. Deduzca, por las manchotas de vómito seco en los sillones y su ropa, que se le fueron las copas. Arrepiéntase y métase a bañar. Almuerce con la familia y cúrese la cruda. Salgan todos a pasar el resto de la mañana en el bonito centro histórico de su ciudad.
10) Si ya se pasó por los huevos la Ley Seca, bien puede repasarse por el mismo lugar las disposiciones del ayuntamiento. ¿Prohibida la venta de espumas de colores? Haga caso omiso: el gobierno se la pela. Consienta a sus hijos, a su ñora y a usted mismo con una lata de espuma per cápita, y contribuya a armar un pinche desgarriate en Los Portales. Que le valga madre si ve gente caminando con cara de no quererse meter en pedos. Por pinches antipatrióticos, aviénteles en la meritita jeta el contenido completo de su lata de espuma color rosa teibolera. Si se le acaba la espuma, no hay pedo: tire el recipiente vacío a la calle —o aviénteselo a uno más pendejo que usted— y vaya a comprar más, al fin que en toda la cuadrototota que ocupan Los Portales, hay cuarenta o cincuenta weyes vendiendo esas cosas y ni un pinche policía para impedirlo. Cuando se canse de chingar o se le acabe el varo, contemple su obra: el piso batido del Históricoedificio; las paredes pintarrajeadas como en congal de mala muerte y una recua de patriotas que siguen festejando a la nación. Siéntase orgullo por haber contribuido a tan noble causa. Concluya su participación con un ruidoso gargajo.
11) Regrese a su casa para el recalentado. Trague sin culpa pues estará hambreadísimo después de todo lo que vomitó. Échese como león marino en playa a contemplar la televisión. Una chelita bien muerta no le caería nada mal.
12) Siéntase sinceramente sorprendido y condene con movimientos de cabeza y mentadas de madre, lo que hicieron en Morelia unos pinches antipatrióticos de mierda. Si su nivel de alcohol se lo permite, recuerde los 24 muertitos recientes —sí, los de La Marquesa, ¿ya vio cómo sí se acuerda?— y todas las porquerías que hace la delincuencia organizada. Exija a las autoridades cumplir con su trabajo y proponga a la familia rezar un rosario por los muertos. Mire con morbo las imágenes que pasa López-Dóriga. Diga: “pinches ojetes, no merecen ser mexicanos”, cuando se refiera a los que aventaron las granadas y a todos los sicarios que andan haciendo su chamba mientras las buenas personas, como usted, celebran a la patria. Cuando le duelan las nalgas de estar sentado, échese la última chela, váyase a la cama y proteja el amor que usted y su familia le guardan a la patria, con la sabia e intensa frase: “¡Viva México cabrones!”. Duerma como bendito, que mañana, si Dios presta licencia, será otro día.

Abortivo

Si en este país las mujeres fuéramos algo más que unas bonitas bestias de carga y/o receptáculos de fluidos masculinos, una no tendría que decir absolutamente nada en favor del aborto. Pero ya se sabe que en este país jodido y panista, para acabarla de fregar, las mujeres somos todo lo que “diosito y mi marido gusten y manden”, excepto seres pensantes, dueñas de nuestras vidas —vaginas y matrices incluidas— y, sobre todo, personas acostumbradas a ejercer esa cosa llamada Libre Albedrío; de modo que es necesario vociferar para que un hato de tarados —todos con pene, o algo parecido, por supuesto— nos den permiso de usar nuestro cuerpo como se nos dé la gana y no nos tachen de criminales por ir en contra de lo que más que ley es chingadera.
Que me perdonen —y si no me perdonan, me vale madre— las Frígidas Damas de la Vela Perpetua, la Santa Unión de Seminaristas Sodomitas, la Congregación de Monjas Fetichistas, la Cofradía de Sacerdotes Pederastas, Pro Vida y su presidente fantoche, santuchos cagadiablos todos: a estas alturas del partido, tener acceso a un legrado legal no es sólo un derecho femenino que brilla por su ausencia, sino una obligación del Estado —y aún lo pongo con mayúscula—. Y me importa un pito que me excomulguen.
No se trata de determinar la legalidad o no del aborto chapaleando en las cursis exposiciones de si es bueno o malo. Evidentemente es poco agradable terminar de tajo con la vida de una mórula que, paulatinamente, se convertiría en feto y en todo lo demás. Yo no creo que las mujeres que se practican un legrado lo hagan con la indiferencia y tranquilidad de quien se va a cortar el pelo —aunque hay sus excepciones, seguramente—; por el contrario, se trata de una decisión difícil, encabronadamente difícil, que se toma cuando ya no queda de otra —de nuevo, con sus excepciones—. El punto es que cada quien determina lo que es bueno o malo para sí; de manera que a usted le pueden caer muy mal diez tacos de barbacoa y a mí pueden hacerme la vida más feliz, pero, seguramente ambos —usted y yo, quiero decir— nos encabronaríamos si alguien coartara nuestro derecho a tragar los mentados tacos de barbacoa. Y ahí está la verdadera discusión: el Estado debería garantizar la posibilidad de acceder a este tipo de servicio médico —por muy crudo que suene—, y dejar en las mujeres la decisión de hacerlo o no. Claro, que para eso la gente debería preocuparse más por sus propios problemas que por los ajenos y, en lugar de decirle al prójimo cómo vivir, optar por barrer la entrada de su casa. En suma, dejar al otro ejercer su Libre Albedrío, que para eso está. O lo que es lo mismo, que cada quien haga de su culo un papalote.
Excuso decir que si los fetos no crecieran, como lo hacen, pegados a una placenta dentro del cuerpo de una mujer y, por el contrario, brotaran en la meritita punta del glande o en un pliegue del escroto, yo no tendría motivo para despotricar. Seguramente el hato de tarados que dizque hacen las leyes y la hipócrita sociedad completa, habrían puesto ya una higiénica solución al problema.