martes, julio 8

Hablando de boñiga

Decir que le odio sería decir bien poco para esto que yo siento. Sería tanto como perdonarle la porquería que regala a todo el que se cruza en su camino. Y la que esto escribe no acostumbra perdonar, no sólo porque no le da la gana, sino porque de verdad no sabe ni puede. Aunque, bien mirado, no tendría por qué autoproclamarse perdonavidas. Total, allá usted y su mala cabeza. Ya las pagará a su tiempo. Al menos eso pienso cada que le pienso y me veo odiándolo. Yo no sabía, fíjese, que sería posible odiarlo más entre más lo odio. Y todos los días, aun sin planearlo, consigo odiarlo otro poquito. Qué caray.
Alguna infecciosa mosca debe haberme picado para que hoy me dirija a usted, cuando llevo meses esquivándole el saludo y me lavo las manos después de tocarlo. Y sí, sucede que durante las últimas semanas he sido sufrido severas mordidas de buena conciencia: me ha dado por pensar que no debo salir corriendo. Es como presenciar un delito y quedarse callado. ¿Qué tal si veo un robo, un asesinato, una violación y no digo nada? Muy simple. Muy facilón. Muy cobarde. Y aquí el de los pocos huevos es usted.
También sucede que empiezo a hartarme de las quejas interminables de los borrachos semanales. Usted los conoce bien: empiezan a beber el viernes por la tarde y terminan, si bien les va, el domingo a mediodía; no se bañan en tres días y, en las pausas de lucidez que les da el alcohol, salen a la calle a buscar, por supuesto, más alcohol. Sabe usted cómo ocupan el tiempo en hablar de música, de pintura, de literatura; sabe usted, de paso, cómo desgranan queja tras queja, sin cansarse nunca, pero sin mover tampoco algo más que el brazo que equilibra la caguama.
Yo sé que a usted le vale madre, pero ese estilo de vida me provoca una mezcla de urticaria y convulsiones. Dispense, pero no logro empatar esa patética imagen con la belleza del poeta.
El problema es que me he sorprendido planeando con sumo cuidado un escape similar a esa evasión etílica y, aunque no me he convulsionado, siento una bola de asco atravesada en el esófago. Así que hoy le digo que estoy pensando seriamente en no dar mi brazo a torcer y, por el contrario, hacerle a usted manita de puerco.
Yo sé que usted actuó del único modo que conoce: como si jugara una partida de ajedrez eterna, en la que le importa un cuerno la integridad de la pieza a utilizar. Lamento de veras haberle echado a perder el juego; porque yo no soy ni alfil ni peón; no fui caballo, tampoco seré reina. La que esto escribe sólo quería trabajar, pero, claro, ¿cómo hablarle de trabajo al más grande huevón que parió la tierra? Dispense usted, yo sé que la verdad siempre es ingrata. Es imposible que imagine siquiera cómo hubiera dedicado mi vida al Objetivo. Pero usted manipula mientras yo quiero poesía.
Le aviso, pues, que lo estoy pensando. Que me daré un rato de buena almohada. Y que si me quedo lo haré con todo el coraje que a usted le falta. Con el amor que desconoce. Y ya que paro en ese asunto, le comento: deje de hacer el ridículo, no estoy enamorada de usted. Lo mío es odio genuino que le regalo íntegro. No quisiera echarle a perder el juego otra vez, pero no hay puentes entre este odio y lo demás. Ni ganas quedan de abrazar la mierda.

1 comentario:

German Almanza dijo...

Chale, parece que la vida te ha tratado muy de la chingada. Sabes, me quede pensando... pensando que la mierda tambien se puede abrazar, y no hablo de Lautreamont, simplemente en mi cabeza se conjugan Odio-Amor, Belleza-Horror, Vida-Putrefaccion... Ahora recuerdo a alguien que seguramente conoces, Mohamed Choukri, escritor marroqui famoso por "El Pan al Desnudo" mismo que a poco de su publicacion (en españa) fue censurado y ahora solo lo puedes adquirir en la lengua inglesa como "For Bread Alone". Sabes, de manera muy personal me parece que te falta valor para enfrentar tu vida... Anda, dicelo de frente!