jueves, julio 24

Cómo deshacerse de una obsesión, en breves pasos

1) Tímido acercamiento al objeto de estudio. Para empezar, ¿qué es una obsesión? El diccionario de la Real y Misógina Academia de la Lengua Española propone dos acepciones: 1) Perturbación anímica producida por una idea fija; 2) Idea que con tenaz persistencia asalta la mente. De ahí pasamos —por mis pistolas— a La Obsesión, entendida como aquella idea fija/tenaz que lo perturba y asalta su mente suya de usted (resic).
2) Diagnóstico. ¿Pierde usted la quietud y el sosiego al encontrarse en la calle (supongamos) a cierto cincuentón? ¿Piensa usted en (supongamos) tal sujeto más de cinco veces al día? ¿Lo imagina en (supongamos) posturas y actitudes netamente sexuales? ¿Se toquetea (supongamos) más de seis veces a la semana pensando en él? ¿Fantasea con la posibilidad de (supongamos) violarlo salvajemente? ¿Ha intentado cumplir sus fantasías, ha fracasado y ha sufrido? Si contesta afirmativamente en más de tres ocasiones, no hay duda: se halla usted en garras de La Obsesión.
3) Decisión. Usted debe elegir libremente abandonar el pensamiento malsano que le cosquillea en los muslos. Oh sí. Tal cosa ocurre cuando uno ha tocado fondo o se ha dado por vencida. Conteste sin titubeos: ¿ha hecho todo lo humanamente posible para materializar la idea que la perturba? ¿Le ha sugerido al sujeto, en más de una ocasión y en más de mil modos, la posibilidad de refocilarse en la carne? ¿Ha dejado las sugerencias timoratas para manifestar abiertamente su deseo? ¿Es la primera vez que se resbala usted de ese modo? ¿Segura? ¿Ha recibido negativas o evasivas y, poniendo en riesgo su raquítico amor propio, ha continuado la cacería? ¿Le han dado siempre un palmo de narices? Ni duda cabe; resígnese: ese grandísimo hijo de la chingada no la va a pelar nunca. Decida ahora: lo sigue intentado —está usted en todo su derecho de hacerse pendeja— o se deshace de La Obsesión.
4) Tratamiento. Ahora que ha aceptado la realidad, ejecute usted lo siguiente: a) Escriba en una hoja todos los defectos —reales, inventados o potenciales, da lo mismo— del despreciador. Si quiere insultarlo, no se contenga: es mejor. b) A donde vaya, lleve consigo esa hoja. Cuando presienta o sepa que un encuentro con el sujeto es inminente, léala. c) Si tiene oportunidad, observe al sujeto sin que se dé cuenta: identifique —o invente, da lo mismo— nuevos defectos. d) Sea usted indiferente con la bestia esa. Si nota un cambio en su conducta, no se emocione: quiere verla babear de nuevo para seguir sin hacerle caso. e) Incremente los tocamientos en su honor: hágalo por lo menos tres veces al día durante una semana o hasta que se fastidie definitivamente f) Cambie sus actividades, omita los encuentros obligados. g) Consígase un entretenimiento, digamos, un mozalbete inofensivo pero entrón que le quite las ansias. h) Usted no está sola ni es la única tarada de la galaxia: platique con otras obsesivas; tomen café, armen grupos de autoayuda. i) Si en un semana no ha disminuido considerablemente la intensidad de La Obsesión, incluya en el tratamiento baños diarios con agua helada a las seis de la mañana: le templarán los nervios. j) Si en quince días no está usted curada, déjese de estupideces y acuda urgentemente a un psiquiatra. Él sabrá recomendarle una casa de reposo y choques eléctricos.

lunes, julio 21

Engendrar engendros

Si los seres humanos tuviéramos tantita conciencia, no traeríamos a nuevos, pequeños, encuerados e indefensos mini seres humanos a engrosar la lista de plañideras de este planeta. Si no fuéramos tan méndigos, lo pensaríamos no una ni cien, sino mil veces antes de permitir que el chisguete de cierta fertilizadora sustancia, alcanzara cierta mórula fertilizable.
Pero nel. Nos vale —y aquí me incluyo aunque no he conocido varón ni parido más que depresiones—.
La cosa es tan grave que no evitamos los escuincles ni siquiera por bienestar propio. O lo que es lo mismo: el óvulo muta en cigoto sin que los futuros padre y madre hayan analizado si serán capaces de alimentar, primero, al bulto en formación —y como consecuencia obvia a la exseñorita— y, luego, al nuevo sujetito.
Claro, me dirán, hay honrosas excepciones. Y sí, contestaré, las hay, pero muy pocas; no me negarán que abundan los mozuelos imberbes que depositan su subnormal simiente en el flexible útero de una niña un poquito más subnormal.
Olvidas, me debatirán, que la reproducción es una de las misiones más importantes del ser humano. Que estamos genéticamente diseñados para vivir en pareja, tener un trabajo “estable”, comprar carro, casa, jardín y perro; reproducirnos cuantas veces quiera Dios; envejecer, jubilarnos, ver crecer a los nietos y morir rodeados de la familia. Y sí, meditaré, es cierto que debemos o, más bien, que no queremos evitar reproducirnos, sobre todo si recordamos el ritual que es necesario para hinchar un vientre durante nueve meses.
Además, me gritarán, ¿qué autoridad tienes tú en la materia? Y sí, me lamentaré: ninguna, pues sospecho que sólo miomas crecerán en mi matriz.
Pero, me defenderé, yo fui cigoto, feto, beba —tan grande que me sacaron a presión—, niña, adolescente… y, con esa experiencia, suplico encarecidamente —qué digo suplico: ¡exijo!— que depositen litros de simiente en bolsitas de látex, y analicen si es conveniente traer más mini seres humanos a esta pocilga.
Deberíamos, agregaré, diseñar material didáctico para explicar al nuevo sujetito qué es esta pinche vida. En lo particular, hubiera agradecido mucho que alguien me contara los terribles sufrimientos que ocasiona una pelota perdida, la falta de creatividad de Los Reyes Magos, el señor del costal; la menarquía, el primer beso, el enamoramiento atroz, la ruptura desoladora, la inútil búsqueda del Otro; el trabajo, las quincenas, las no quincenas, la falta de dinero, los bancos, los impuestos, el puto gobierno, más trabajo. Así, ad infinitum.
Si alguien me hubiera dicho que el mundo es así de infame, azul triste, de un tristísimo azul, habría rebanado mi femoral hace años y no estaría repelando justo hoy, cuando mi propia matriz vocifera: “reproducción”.

Miss Pelotas

Ha pasado más de una semana y aún no me repongo de esta miserable sensación de pérdida. ¿Cómo es posible —pregunto al cielo, desgarrándome las vestiduras— que nuestra bellísima Miss México no sea hoy Miss Universo? ¿Qué es lo que pasa con las potrancas mexicanas, cuyas suculentas carnes son siempre arrasadas por las suculentas carnes de otras latitudes? ¿Acaso hay más exquisitez en las corvas venezolanas y colombianas? ¿Qué necesita el aguayón mexicano para ser exportado y adorado en el resto del planeta?
Me cae que no lo entiendo (aunque, pensándolo bien —y en esta parte me pongo feminista—, un país civilizado no debería exhibir a sus mujeres de ese modo. Pero —y en esta parte me vale madre—, si organizamos concursos de perros, puercos, toros sementales y gordos que quieren dejar de serlo, bien vale la pena premiar la belleza, lo que sea que tal cosa signifique), ¡teníamos todo para ganar! Pero, claro, al hijito de Donald Trump se le ocurrió premiar a una morenota que espero no se parezca en nada al macaco subdesarrollado que gobierna Venezuela.
Mi indignación y desconcierto llegaron al grado de provocarme una diarrea cuata de la que estoy saliendo gracias al té de corcho. Sin embargo, la confusión inicial se ha convertido en un odio jarocho que destino a la responsable de la tragedia de la belleza mexicana. Me refiero, oh sí, a la tal Lupita Jones.
Para empezar, que alguien me explique cómo le hizo esa mujer para ser Miss Universo. No creo que haya sido por su nariz de bola —porque ganó con su órgano olfativo original y no con la cosa que le hizo su cirujano de cabecera—. Tampoco me parece que sea una lumbrera y ni siquiera ha de tener bonita letra, como dicen por ahí. Yo sospecho, en realidad, que fue reina gracias a que no se llama Guadalupe González, o Guadalupe Martínez, sino Guadalupe Yons, que suena más bonito.
Eso me motiva a elucubrar que, por más buenona que esté la miss en cuestión, no ganará a menos que se llame algo así como Timotea Smith o Micaela Spencer. Así que yo le recomiendo muy seriamente a la señora Yons que deje de buscar a la mujer perfecta hasta debajo de las piedras —porque a veces ha elegido ejemplares que más parecen arañas que leidis—: de nada sirve que les enseñe a caminar con una torre de libros en la cabezota; o que ensaye con ellas la manera correcta de pelar la mazorca, para verse entre tiernas y zorras. Ni siquiera funcionará que repitan como merolicos los lugares comunes que deben usar como respuestas para preguntas comunes, en el afán de parecer hermosas versiones de la madre Teresa de Calcuta —aunque muchas de ellas sean madres, pero de Calputa—; ¡oh no!, nada de eso servirá. La única esperanza es contratar a un especialista en nombres poco rimbombantes pero muy pegadores, para que bautice a las nenorras antes de ser lanzadas a la aventura. Si me hacen caso, coronaremos muy pronto a Sinforosa Applegate, Domitila Hayek o Denegunda Simpson. Y el aguayón mexicano ocupará su merecido lugar en el mundo.

martes, julio 8

Una vendetta

Execrable Señor Ingeniero Don:

Sirva la presente para informarle que me he acordado de usted. Y no en muy buenos términos. De hecho, he caído en la cuenta —después de una larga conversación cafetera con quien no le importa— de un rosario de miserias que es imposible asimilar durante los primeros veinte años de vida.
Afortunadamente, eso que llaman juventud no es más que una patología que se cura con los años. Y he aquí que me hallo —a veces muy a mi pesar— más cerca de la tercera que de la segunda década de mi vida. Esa anciana condición, combinada con mi paupérrima pero siempre aguerrida independencia, me ha hecho recordar que usted y yo tenemos un asuntito pendiente.
Sí, no se haga pendejo.
Hoy hice un recuento de lo que ocurrió hace casi diez años y, cosa curiosa, no sólo reafirmé mi creencia de que es usted un verdadero hijo de puta, sino que decidí hacer algo al respecto.
Los recuerdos que guardo viven, desde hace mucho, envueltos en una gruesa capa de sal que logró neutralizar dolores sin destruir lo esencial. Así que dos horas hablando de usted no me hicieron llorar, pero me despertaron un deseo intenso y casi bestial de romperle la cara. Sí, ya sé que usted mismo se la rompió hace casi veinte años, pero, con o sin su aprobación, quiero contribuir a la noble causa de que ese rostro suyo siga siendo evidencia física de la asquerosa alma que posee.
Por su propio bien le recomiendo no hacer como que no se acuerda. Porque usted y yo sabemos perfectamente que no ha olvidado. Sin embargo, si tuviera algún problema de memoria, yo me ofrezco a refrescársela con lujo de detalles y a grito pelado.
Seguro ya lo notó, pero por si acaso el tiempo le ha atrofiado el intelecto, le informo que estoy planeando la vendetta.
Hay una espada que tiene su nombre y no pienso continuar con esa carga; ahora me toca a mí dar el golpe, y créame, estoy curtida en esos menesteres, así que le auguro largas noches sin dormir. Gozo desde ya el malsano placer de ver sus ojos de tres horas anegados por las lágrimas. Así se esconda usted en el Finis Terra, lo encontraré. Se lo prometo.
Sin más por el momento, le envío mi más sincero y profundo desprecio. Y mi compasión adelantada.

Hablando de boñiga

Decir que le odio sería decir bien poco para esto que yo siento. Sería tanto como perdonarle la porquería que regala a todo el que se cruza en su camino. Y la que esto escribe no acostumbra perdonar, no sólo porque no le da la gana, sino porque de verdad no sabe ni puede. Aunque, bien mirado, no tendría por qué autoproclamarse perdonavidas. Total, allá usted y su mala cabeza. Ya las pagará a su tiempo. Al menos eso pienso cada que le pienso y me veo odiándolo. Yo no sabía, fíjese, que sería posible odiarlo más entre más lo odio. Y todos los días, aun sin planearlo, consigo odiarlo otro poquito. Qué caray.
Alguna infecciosa mosca debe haberme picado para que hoy me dirija a usted, cuando llevo meses esquivándole el saludo y me lavo las manos después de tocarlo. Y sí, sucede que durante las últimas semanas he sido sufrido severas mordidas de buena conciencia: me ha dado por pensar que no debo salir corriendo. Es como presenciar un delito y quedarse callado. ¿Qué tal si veo un robo, un asesinato, una violación y no digo nada? Muy simple. Muy facilón. Muy cobarde. Y aquí el de los pocos huevos es usted.
También sucede que empiezo a hartarme de las quejas interminables de los borrachos semanales. Usted los conoce bien: empiezan a beber el viernes por la tarde y terminan, si bien les va, el domingo a mediodía; no se bañan en tres días y, en las pausas de lucidez que les da el alcohol, salen a la calle a buscar, por supuesto, más alcohol. Sabe usted cómo ocupan el tiempo en hablar de música, de pintura, de literatura; sabe usted, de paso, cómo desgranan queja tras queja, sin cansarse nunca, pero sin mover tampoco algo más que el brazo que equilibra la caguama.
Yo sé que a usted le vale madre, pero ese estilo de vida me provoca una mezcla de urticaria y convulsiones. Dispense, pero no logro empatar esa patética imagen con la belleza del poeta.
El problema es que me he sorprendido planeando con sumo cuidado un escape similar a esa evasión etílica y, aunque no me he convulsionado, siento una bola de asco atravesada en el esófago. Así que hoy le digo que estoy pensando seriamente en no dar mi brazo a torcer y, por el contrario, hacerle a usted manita de puerco.
Yo sé que usted actuó del único modo que conoce: como si jugara una partida de ajedrez eterna, en la que le importa un cuerno la integridad de la pieza a utilizar. Lamento de veras haberle echado a perder el juego; porque yo no soy ni alfil ni peón; no fui caballo, tampoco seré reina. La que esto escribe sólo quería trabajar, pero, claro, ¿cómo hablarle de trabajo al más grande huevón que parió la tierra? Dispense usted, yo sé que la verdad siempre es ingrata. Es imposible que imagine siquiera cómo hubiera dedicado mi vida al Objetivo. Pero usted manipula mientras yo quiero poesía.
Le aviso, pues, que lo estoy pensando. Que me daré un rato de buena almohada. Y que si me quedo lo haré con todo el coraje que a usted le falta. Con el amor que desconoce. Y ya que paro en ese asunto, le comento: deje de hacer el ridículo, no estoy enamorada de usted. Lo mío es odio genuino que le regalo íntegro. No quisiera echarle a perder el juego otra vez, pero no hay puentes entre este odio y lo demás. Ni ganas quedan de abrazar la mierda.