domingo, junio 8

La juiciosa

Me encantaría saber en qué momento de la evolución, a la sapiente Madre Naturaleza se le ocurrió la méndiga idea de que el ser humano requería, ineludiblemente, cuatro muelas más, muy cerca del cogote.
Y me agradaría saberlo por lo menos para mentarle la madre —sí, a la Madre Naturaleza— con conocimiento histórico de causa, justo en el momento en que me ataca una punzada infame en la parte baja del lado izquierdo del hocico, porque, efectivamente, me está saliendo una de esas perras miserables llamadas Muelas del Juicio.
Me agradaría mucho explicarle a nuestra santa y natural progenitora, que hace muchas generaciones que las Muelas del Juicio no sirven más que para joder.
Al ser humano primitivo se le atrofiaba rápidamente la dentadura —supongo que roer huesos de mamut debe ser harto más complicado que sacarle el tuétano a uno de pollo—, de modo que la abnegada Madre Naturaleza encajó en los maxilares un juego más de muelas.
Yo supongo que esas piezas dentales no debieron causarle demasiado conflicto a nuestros antepasados, debido a que la falta de dentistas y la alimentación, confabulaban para dejarlos chimuelos a muy temprana edad. Así que las bellas muelas podían brotar sin empujar a lo bestia el resto de los dientes.
Habría que informarle a la desconsiderada Madre Naturaleza, que no sucede lo mismo con el ser humano moderno, porque, aunque muchos se comporten y razonen como australopithecus afarensis —homínidos más cercanos a los changos, por cierto— no usamos los dientes del mismo modo.
Por lo tanto, resulta asquerosamente miserable despertarse un buen día, después de un sueño reparador, con media jeta hinchada por culpa de una Muela del Juicio.
Además del dolor inútil, está latente la terrorífica certeza de que hay que visitar al dentista para que extraiga esas cosas. Y si la Madre Naturaleza, en su intento por hacer un bien, se topa con una necia como la que esto escribe, la cosa se pone peor. Lo diré en términos simples: soy una cobarde a la que no le da la gana pagarle a ningún degenerado para que le saque algo que no le haya metido previamente —el que entendió, entendió—. De modo que llevo una semana como la canción de Cri-Cri: al perrito —o perra, en este caso— le duele la muela...
Hay, finalmente, otra cosa que me molesta. Las mentadas Muelas del Juicio recibieron ese brillante nombre, debido a que salen entre los 18 y los 24 años, cuando se supone que ya somos personas “juiciosas” —vulgo: que ya no hacemos tarugadas—. Para variar, la santa Madre Naturaleza no se ha dado cuenta de que yo ya me pasé de tueste —pues tengo 25—, y que nunca en mi desgraciada vida se me ha ocurrido tener “juicio” y portarme bien. Sin embargo, en vista del éxito obtenido, supongo que tendré que cambiar el aplaudido mote de Perra Descastada, por la Juiciosa Perra Descastada. O alguna otra ordinariez por el estilo. Mientras, seguiré tragando aspirinas para que la pieza dental brote como margarita en mis hinchadas encías. Porque al dentista no lo visito ni por equivocación.

1 comentario:

exLyda dijo...

Esas benditas cosas vestigiales que nos hacen recordar lo mucho animales que somos.