jueves, junio 5

Habilidades domésticas

Aunque haya muchos que lo duden, soy pésima ama de casa. Lo confieso con todo el dolor de mi corazón: estoy completamente negada para las labores propias de mi sexo. Ni lavar, ni planchar, ni hacer de comer, ni tender las camas, ni barrer, ni sacudir me salen bien. Deficiencia que, desde luego, me deja imposibilitada para encontrar marido.
Pero hoy no hablaré de los vestiditos para santos, a cuya manufactura estoy entregada con devoción, sino de mi torpeza para los quehaceres domésticos.
La verdad es que todas esas actividades siempre me han parecido un poquito inútiles, o sea, ¿para qué barro, si de todas formas se acumulará la basura?, ¿para qué trapeo, si el piso se embarrará nuevamente de porquería? ¿para qué plancho, si la ropa se arruga cuando me siento? en fin, me pregunto, ¿para qué tanta higiene si terminamos siempre chapaleando en la mierda?
Mi madre ha luchado toda la vida contra mi pereza. Lo bueno es que a ella se le agota la energía y yo me he vuelto mañosa. De modo que, para paliar mi estupidez en la cocina, por ejemplo, he optado por comprar sobrecitos de arroz y sopas que se preparan fa-ci-lí-si-mo. Basta con poner a calentar el agua, vaciar el contenido del sobre, mezclar, esperar pacientemente, vigilar que no se queme —un viacrucis— y tragar —claro, si encuentro un plato limpio—.
Procuro hallar para todo un sustituto o una interesante función. Si la cortina del baño está tan puerca que ya se detiene sola, simplemente compro otra. La mejor plancha del universo es la fuerza de gravedad; comprar ropa de esa que parece arrugada, es la neta. Las manchas de comida y bebida en el piso se han convertido en oasis alimenticios para una manada de hormigas. Así, ad infinitum.
En lo único que invertí una buena cantidad de dinero, fue en una súper lavadora para evitar lastimar mis manecitas con jabón y tallones. Ahora me da hueva separar la ropa por colores, pero sin duda es más fácil que andar trepada en el lavadero. Además, procuro no ensuciar demasiado la ropa, es decir, no me ando metiendo en lugares inhóspitos —salvo los hoteles de paso— y brinco para evitar la inmundicia de perros y briagos. Pero nunca falta el imbécil que echa por tierra mis buenos propósitos de mantener mis garras limpias: hoy me quejo, en particular, de la bestia peluda que se llevó las banquetas de esta capital de altura.
Y es que últimamente no puedo caminar por el centro de Toluca sin regresar a casa con los pantalones convertidos en una porquería. El martes, por ejemplo, tuve que ir —por asuntos que no les importan— a la Biblioteca Pedagógica, ubicada en esa bonita y transitada vialidad llamada José María Morelos, casi esquina con Pedro Ascencio. Atravesé Toluca desde Los Portales, con el pantalón recién lavado, y llegué a la Biblioteca con la mezclilla azul llena de tierra, porque siempre hubo una banqueta desnuda de cemento, para recibir mis pasos. Excuso decir que la próxima vez que meta la ropa a la lavadora, me daré vuelo inventando mil y un insultos para la recua de trabajadores del ayuntamiento, que se han metido las banquetas por no sé dónde. Va para ustedes mi infinito desprecio. Y si no les parece, vengan a tallar mezclilla, a ver si para eso sirven.

Nota: esta queja fue escrita antes de que el ayuntamiento de Toluca, brillantemente encabezado por ya saben quién, iniciara, por fin, los prometidos trabajos de remodelación. Ahora vamos a ver cuánto se tardan y cómo queda el asunto (traducción: no retiraré las mentadas de madre).

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