sábado, junio 21

Me-cenas

Hace un par de semanas, este pornográfico espacio lanzó la convocatoria del concurso “Mi Mecenas Vitalicio”, que tiene como objetivo conseguir un sujeto dispuesto a mantener a la que esto escribe, así como a fomentar su desarrollo intelectual y artístico —lo que sea que eso signifique—.
La respuesta del público ha sido abrumadora: dos pinches mails. El primero era de un inocente curioso que sólo quería saber de dónde soy. En cuanto respondí “Toluca”, se hizo el silencio. Ignoro el motivo.
El segundo correo es, sin embargo, una verdadera chulada que dice así: “Hola Perra Descastada. Yo soy lo que buscas, pero comprenderás que quiero asegurarme de que tú eres lo que busco, así que envíame una fotografía y si eres capaz de excitarme con ella (me haré una chaqueta en caso afirmativo) te enviaré lo que pides. Me importa un cacahuate lo que necesites, yo te lo puedo dar, además soy un degenerado cabrón que si lo que prometes lo cumples, la pasaremos poca madre”.
Mi natural pudor me ha impedido contestarle al autor, presuntamente llamado Raúl Bernal. Pero como ya envió otro correo solicitando una respuesta, citaré textualmente lo que dice, respecto a mi presencia física, la convocatoria de marras: “pseudo escritora —iniciándose, aún apretadita, velludita y con la exquisita fisonomía de una ballena beluga—”. Para ampliar la información, diré que una ballena beluga es un frondoso y blanco cetáceo; que tengo más vello que el Tío Cosa y que lo de apretadita no lo digo yo, pero hay quien puede dar referencias. Ignoro si esto excite o no a alguien, pero me tengo prohibidas las fotografías. ¿Alguna duda?

Mundo, te regalo el odio

Odio el mundo y casi todo lo que en él se asienta.
Odio las ciudades con sus cloacas pútridas como vaginas enfermas; la fetidez de las esquinas que albergan capas geológicas de basura, gargajos, sudor de prostituta, excremento, semen. Miasmas todos de la puta vida.
Odio las calles trazadas por párvulos, por enfermos mentales, por mafiosos y convictos. Odio la manera torpe en que una senda se convierte, sin previo aviso, en una vereda y ésta, a su vez, muta salvajemente en una avenida enorme, colonizada por bestias metálicas que escupen hollín y gritan por altavoces. Odio los semáforos y los parquímetros, las rayas amarillas para los peatones, las flechas, los señalamientos verdes, el concreto negro como el cáncer.
Odio los postes de luz con cables que estrían el cielo, la acumulación de porquería que no deja ver las estrellas, la propaganda de imbéciles políticos en postes y balcones; a veces, también, el aire que sopla en dirección contraria, que sopla en todas direcciones, que no sopla. Eolo citadino enloquecido.
Odio el sol a todas horas, aun guarecida en un portal, en el quicio de una puerta, en mi propia casa; odio el sol que abrasa mi testa deforme, el dolor de ese momento, mis pensamientos todos.
Odio el ruido del mundo al despertar, los gemidos de sus tripas en medio de la tormenta; el escándalo de las seis de la mañana, de las cinco de la tarde. La sinfonía completa de la vida que se mata.
Odio el trabajo que da para vivir y, peor aún, el que no da. Las ocho horas diarias que alcanzan apenas para pagar la renta y medio comer, pero no para comprar libros nuevos o ir a mirar la tarde en otro cielo. Odio tener que cuidar el dinero como si fuera algo hermoso y no un simple manojo de papel pintado. Odio tanto el dinero que lo usaría gustosa para limpiarme el culo.
Pero, por sobre todas las cosas que hay en el mundo, odio a la gente. Odio el andar cansino del que va de viaje, del que pregunta con sonrisa idiota dónde comprar un recuerdito. Odio las grandes concentraciones, las manadas, los grupos de fanáticos religiosos o cualquier recua que pretenda convencerme de algo.
Odio a los manipuladores, a los ojetes, a los señores adultos que se sienten muy chingones sólo porque han sobrevivido medio siglo haciendo lo mismo. Odio a los viejos panzones que se bañan sólo una vez a la semana y, envalentonados por el alcohol, proponen revolver las sábanas del cuchitril más cercano. Odio a la gente que se aprovecha de otra gente, que la utiliza con fines correctos o miserables, que se cree con la autoridad necesaria para decidir sobre la vida ajena. Odio a los hipócritas, a las mustias, a la gente que no ríe a carcajadas, a los que no dicen groserías, a quien niega masturbarse. Y a todos sus amigos.
Odio recordar que justo en este mundo habitan las únicas cosas que me hacen feliz: los libros, los animales, el silencio, la lluvia, el ocaso, el mar, el sonido de los caracoles. Esta cosa que se llama escribir.
Odio que me digan que tengo un problema de actitud. Que no debo quejarme del mundo sino darle de mí y que entonces, sólo entonces, él me corresponderá. Que debo brindarme al mundo completita, pero sin estar esperando la recompensa, pues ésta llegará cuando sea justo.
Odio al mundo más que a mi vida, pero seguiré el consejo: le daré al mundo, le daré sin esperar nada, le daré hasta que me cansé, le daré con una sonrisa. Le daré. Pero por el culo.

domingo, junio 8

La juiciosa

Me encantaría saber en qué momento de la evolución, a la sapiente Madre Naturaleza se le ocurrió la méndiga idea de que el ser humano requería, ineludiblemente, cuatro muelas más, muy cerca del cogote.
Y me agradaría saberlo por lo menos para mentarle la madre —sí, a la Madre Naturaleza— con conocimiento histórico de causa, justo en el momento en que me ataca una punzada infame en la parte baja del lado izquierdo del hocico, porque, efectivamente, me está saliendo una de esas perras miserables llamadas Muelas del Juicio.
Me agradaría mucho explicarle a nuestra santa y natural progenitora, que hace muchas generaciones que las Muelas del Juicio no sirven más que para joder.
Al ser humano primitivo se le atrofiaba rápidamente la dentadura —supongo que roer huesos de mamut debe ser harto más complicado que sacarle el tuétano a uno de pollo—, de modo que la abnegada Madre Naturaleza encajó en los maxilares un juego más de muelas.
Yo supongo que esas piezas dentales no debieron causarle demasiado conflicto a nuestros antepasados, debido a que la falta de dentistas y la alimentación, confabulaban para dejarlos chimuelos a muy temprana edad. Así que las bellas muelas podían brotar sin empujar a lo bestia el resto de los dientes.
Habría que informarle a la desconsiderada Madre Naturaleza, que no sucede lo mismo con el ser humano moderno, porque, aunque muchos se comporten y razonen como australopithecus afarensis —homínidos más cercanos a los changos, por cierto— no usamos los dientes del mismo modo.
Por lo tanto, resulta asquerosamente miserable despertarse un buen día, después de un sueño reparador, con media jeta hinchada por culpa de una Muela del Juicio.
Además del dolor inútil, está latente la terrorífica certeza de que hay que visitar al dentista para que extraiga esas cosas. Y si la Madre Naturaleza, en su intento por hacer un bien, se topa con una necia como la que esto escribe, la cosa se pone peor. Lo diré en términos simples: soy una cobarde a la que no le da la gana pagarle a ningún degenerado para que le saque algo que no le haya metido previamente —el que entendió, entendió—. De modo que llevo una semana como la canción de Cri-Cri: al perrito —o perra, en este caso— le duele la muela...
Hay, finalmente, otra cosa que me molesta. Las mentadas Muelas del Juicio recibieron ese brillante nombre, debido a que salen entre los 18 y los 24 años, cuando se supone que ya somos personas “juiciosas” —vulgo: que ya no hacemos tarugadas—. Para variar, la santa Madre Naturaleza no se ha dado cuenta de que yo ya me pasé de tueste —pues tengo 25—, y que nunca en mi desgraciada vida se me ha ocurrido tener “juicio” y portarme bien. Sin embargo, en vista del éxito obtenido, supongo que tendré que cambiar el aplaudido mote de Perra Descastada, por la Juiciosa Perra Descastada. O alguna otra ordinariez por el estilo. Mientras, seguiré tragando aspirinas para que la pieza dental brote como margarita en mis hinchadas encías. Porque al dentista no lo visito ni por equivocación.

Busco Mecenas

En el marco del fatídico binomio Crisis Alimentaria-Cambio Climático, que amenaza con matar de inanición a la mitad de la humanidad y asesinar al resto con gases de efecto invernadero, la que esto suscribe, licenciada Laura Zúñiga Orta, alias Perra Descastada, en su calidad de pseudo escritora —iniciándose, aún apretadita, velludita y con la exquisita fisonomía de una ballena beluga—, convoca al súper concurso "Mi Mecenas Vitalicio", que tiene como objetivo hallar un valiente desequilibrado mental que la mantenga de por vida —no serán muchos años, lo juro—. Los interesados deberán sujetarse a las siguientes BASES:
1.- Podrán participar todos los individuos del sexo masculino que tengan mucho dinero, muy poca imaginación para gastarlo y hartas ganas —reales o fingidas— de apoyar el desarrollo intelectual de la Perra Descastada Zúñiga. Se aceptan mexicanos, franceses, italianos, polacos, rusos y hasta argentinos; gabachos: abstenerse. De preferencia, que tengan más de 1.75 metros de estatura y no estén casados o emparejados, ni tengan hijos o sobrinos que mantener.
2.- Los interesados deberán remitir a la dirección electrónica: felinaofendida@gmail.com, un Proyecto de Vida en Común en el que expliquen por qué quieren mecenear a la Perra Descastada y qué esperan obtener a cambio. Se recibirán archivos en formato Word, que no excedan diez cuartillas en letra Times New Roman de 12 puntos, con interlineado de 1.5 puntos. En el correo deberá adjuntarse, además, un currículum vitae que contenga lo siguiente: nombre, nacionalidad, dirección, teléfono, correo electrónico, medidas, formación profesional, experiencia laboral, enfermedades actuales y potenciales, así como gustos y parafilias. En caso de ser seleccionado, el futuro mecenas deberá exhibir ante notario público algún documento de identidad, su cartilla de vacunación al día y una prueba de Sida con resultado negativo.
3.- Se entiende por mecenas aquel bondadoso sujeto que apoya con recursos económicos a un artista en ciernes —o entrado en carnes, como en el caso que nos atañe—, para que pueda dedicarse a su obra sin tener que preocuparse por pagar la renta, el teléfono, la luz y la tragadera.
4.- Como los tiempos han cambiado y ya nadie actúa desinteresadamente, la Perra Descastada se compromete a dar a cambio de su manutención lo que el mecenas establezca en el Proyecto de Vida en Común. La propuesta más original, viable y depravada será la seleccionada.
5.- La presente Convocatoria queda abierta desde el momento de su publicación y hasta que algún valiente convenza a la Perra Descastada, o ésta muera de hambre. Si ocurre lo primero, se anunciará con bombo y platillo por este medio; si ocurre lo segundo, ya se jodió el asunto.
6.- Cualquier eventualidad no prevista en esta Convocatoria, será resulta en definitiva por la Perra Descastada Zúñiga. Amén.
Correo electrónico: felinaofendida@gmail.com.

jueves, junio 5

Habilidades domésticas

Aunque haya muchos que lo duden, soy pésima ama de casa. Lo confieso con todo el dolor de mi corazón: estoy completamente negada para las labores propias de mi sexo. Ni lavar, ni planchar, ni hacer de comer, ni tender las camas, ni barrer, ni sacudir me salen bien. Deficiencia que, desde luego, me deja imposibilitada para encontrar marido.
Pero hoy no hablaré de los vestiditos para santos, a cuya manufactura estoy entregada con devoción, sino de mi torpeza para los quehaceres domésticos.
La verdad es que todas esas actividades siempre me han parecido un poquito inútiles, o sea, ¿para qué barro, si de todas formas se acumulará la basura?, ¿para qué trapeo, si el piso se embarrará nuevamente de porquería? ¿para qué plancho, si la ropa se arruga cuando me siento? en fin, me pregunto, ¿para qué tanta higiene si terminamos siempre chapaleando en la mierda?
Mi madre ha luchado toda la vida contra mi pereza. Lo bueno es que a ella se le agota la energía y yo me he vuelto mañosa. De modo que, para paliar mi estupidez en la cocina, por ejemplo, he optado por comprar sobrecitos de arroz y sopas que se preparan fa-ci-lí-si-mo. Basta con poner a calentar el agua, vaciar el contenido del sobre, mezclar, esperar pacientemente, vigilar que no se queme —un viacrucis— y tragar —claro, si encuentro un plato limpio—.
Procuro hallar para todo un sustituto o una interesante función. Si la cortina del baño está tan puerca que ya se detiene sola, simplemente compro otra. La mejor plancha del universo es la fuerza de gravedad; comprar ropa de esa que parece arrugada, es la neta. Las manchas de comida y bebida en el piso se han convertido en oasis alimenticios para una manada de hormigas. Así, ad infinitum.
En lo único que invertí una buena cantidad de dinero, fue en una súper lavadora para evitar lastimar mis manecitas con jabón y tallones. Ahora me da hueva separar la ropa por colores, pero sin duda es más fácil que andar trepada en el lavadero. Además, procuro no ensuciar demasiado la ropa, es decir, no me ando metiendo en lugares inhóspitos —salvo los hoteles de paso— y brinco para evitar la inmundicia de perros y briagos. Pero nunca falta el imbécil que echa por tierra mis buenos propósitos de mantener mis garras limpias: hoy me quejo, en particular, de la bestia peluda que se llevó las banquetas de esta capital de altura.
Y es que últimamente no puedo caminar por el centro de Toluca sin regresar a casa con los pantalones convertidos en una porquería. El martes, por ejemplo, tuve que ir —por asuntos que no les importan— a la Biblioteca Pedagógica, ubicada en esa bonita y transitada vialidad llamada José María Morelos, casi esquina con Pedro Ascencio. Atravesé Toluca desde Los Portales, con el pantalón recién lavado, y llegué a la Biblioteca con la mezclilla azul llena de tierra, porque siempre hubo una banqueta desnuda de cemento, para recibir mis pasos. Excuso decir que la próxima vez que meta la ropa a la lavadora, me daré vuelo inventando mil y un insultos para la recua de trabajadores del ayuntamiento, que se han metido las banquetas por no sé dónde. Va para ustedes mi infinito desprecio. Y si no les parece, vengan a tallar mezclilla, a ver si para eso sirven.

Nota: esta queja fue escrita antes de que el ayuntamiento de Toluca, brillantemente encabezado por ya saben quién, iniciara, por fin, los prometidos trabajos de remodelación. Ahora vamos a ver cuánto se tardan y cómo queda el asunto (traducción: no retiraré las mentadas de madre).