sábado, mayo 10

Ejercicio de imaginación (Cuarta Parte)

Entre las conclusiones que arroja mi exhaustivo y noble trabajo de campo, encontramos una joya de la sabiduría popular: gallina vieja hace buen caldo; o lo que para mí es lo mismo: los hombres viejos son excelentes fornicadores.
Para efectos de este pornográfico episodio, incluiremos en la clasificación de hombre viejo —o ruco, pa´que amarre— a todo aquel testiculado que rebase los treinta años. Sin embargo, he de aclarar que el equipo de los rucos se divide en dos subgrupos: los que aún fornican —gracias a dios— y los que ni con viagra reaccionan. Dicen los científicos que uno de cada dos hombres con más de cuarenta años a cuestas, sirve sólo para cambiar focos. Huelga decir que esos sujetos no me interesan en lo más mínimo: soy perfectamente capaz de treparme a una silla y arreglar el jodido desperfecto.
En cuanto a los que conservan casi intacta la habilidad de rellenar el cuerpo cavernoso a voluntad, les abro las… puertas de mi corazón. Y es que a pesar de las canas, bolsas en los ojos, barriguita y uno que otro achaque, hay rucos que rebasan la cuarentena y aún están de muy buen ver —¿seré gerontofílica?—. Claro, que de ahí a que aflojen hay una gran diferencia.
Por ejemplo: me he dedicado a divulgar —con desfachatez, por supuesto— que hay un cincuentón que me despierta las más bajas, animales, soeces y lúbricas pasiones. Sin embargo, por más que he intentado revolcarme con él, no he tenido éxito. Juro que nunca en la vida me había resbalado tanto con alguien, pero la decencia de ese maldito me ha impedido ampliar mis investigaciones. De modo que no tengo evidencia alguna de cómo fornican los mayores de cincuenta. Sufro. Afortunadamente me quedan los otros rucos y a esos despedazaré.
Comencemos. El principal defecto de estos monigotes es que, debido a su edad, suelen estar casados —pero no capados, dirán—, y eso no es muy divertido. A menos que usted, querida lectora, sea masoquista, no le recomiendo meterse con ellos.
Bendito dios los divorcios van a la alza, de manera que podemos encontrar excelentes ejemplares de rucos divorciados, dejados, despechados y hasta uno que otro Nunca Casado, que arde en deseos de desechar ciertos humores por otro método que no sea manual. Los que han tenido relaciones previas pueden estar muy ardillas: en ese caso hay que ser cuidadosas, pues estarán buscando siempre el o los defectos/virtudes que tenía la mujer que los mandó al demonio. Y eso es muy aburrido.
En general, los rucos son un estuche de monerías, por ejemplo: a) tienen trabajos estables —a menos que consiga usted a sus hombres en tugurios de mala muerte o centros de escritores—, cosa importante no porque vayan a pagar la cuenta, sino porque tienen responsabilidades y no podrán estar jodiendo a cada rato; b) el cacho de vida recorrido les ha endulzado el carácter y los ha dotado de un buen sentido del humor; c) tienen tema de conversación; d) a menos que padezcan el síndrome de Peter Pan, saben qué carajos quieren de la vida y, por lo tanto, qué esperar de una jovenzuela que sólo piensa en sexo —no estoy hablando de mí— ; e) tienen cierto instinto entre paternal y protector que suele ser muy útil; f) si una los necesita, correrán prestos a ayudar, si ocurre lo contrario, saldrán sin hacer ruido ni armar pancho; g) son limpios, puntuales, huelen rico, no se rascan los huevos en público y procuran que te sientas muy cómoda, relajada, a gusto, flojita y cooperando. Amén.
Desde luego, la virtud más importante de los rucos es que saben fornicar no sólo con esa cosa que les cuelga de la entrepierna. Concientes de que “ya no aguantan lo que antes”, se han graduado con honores en gimnasia dactilar y acrobacia lingual. Por si fuera poco, son desinhibidos, degenerados y hacen absolutamente todo lo que tú quieras. De hecho, son fácilmente chantajeables y manipulables.
Finalmente, y como dice Milán Kundera, un ruco daría la mitad de su vida por un pedazo de carne joven. Así que aprovechad y venid, hijos míos, que yo os atenderé en mi huerto.
***
Desesperada nota para el cincuentón que no me pela: Aunque ya me he resignado a tu rechazo, si un día dejas de mariconear (traducción: te sientes un poquito macho, bastante descarado y con hartas ganas de recordar tus buenos tiempos), avísame: te juro que te va a gustar y hasta me vas a agradecer quedar adolorido.

2 comentarios:

Alberto dijo...

Eso de clasificar aunque ayuda a orientar no siempre funciona ya que puedes encontrar casos que entran dentro de tus parametros y para nada, o todo lo contrario. Mas hasta este cuarto capitulo hay cosas en las que tienes toda la razon, muchos caen en lo descrito, por lo que me platican las niñas (y no tan niñas) con las que convivo (y conbebo).
Aunque estando del otro lado de la moneda, que te puedo decir de las mujeres que tambien podriamos clasificar o encasillar, pero bajo mi experiencia (que no es muy grande, que es suficiente) solo puedo decirte que cada persona es un caso distinto y como tal hay que aprender a tratalas individualmente.

Hace rato que leo tu blog y me gusta como escribes.
Un saludo.

Anónimo dijo...

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