jueves, abril 24

Ejercicio de imaginación (Segunda parte)

En el pornográfico episodio anterior, la que esto escribe se regodeó enumerando las características que ponen en evidencia a los sujetos incapaces de consumar adecuadamente un acto sexual. La falta absoluta de imaginación quedó ejemplificada con dos tipos de hombres —de algún modo hay que llamarlos—: los escuincles y los fanfarrones.
Únicamente falta agregar a los coquetos maricones. Éstos son sujetos que tienen muy buena conversación y muy pocos tanates; se les reconoce porque coleccionan amigas y todos los días consiguen una nueva gracias a su simpatía, inteligente —real o fingida— conversación y a un cierto no sé qué que qué sé yo.
El problema con estos descastados es que lanzan el anzuelo y cuando alguna mujer pica se echan para atrás, es decir, mariconean. Es el típico sujeto que puede pasar semanas e incluso meses cotorreando a una señorita: le escribe mails, le manda mensajitos al celular, le llama por teléfono, etcétera; al final, cuando la susodicha —a la sazón urgidísima y emocionadísima, la pobre imbécil— exige dejar el coqueteo y empezar el jolgorio de la carne, el tipo se hace menso: deja de llamar, de escribir y todo lo demás —supongo que está buscando sus tanates—.
Los coquetos maricones son nocivos no sólo porque una nunca sabrá qué tan malos fornicadores son, sino, sobre todo, porque quitan el tiempo y alimentan ilusiones en las mentes débiles —las más taradas pueden, incluso, llegar al suicidio por la depresión—.
Hasta aquí las características de los malos fornicadores. Quede en las damiselas seguir mis advertencias —derivadas de un intenso y doloroso trabajo de campo—, o probar y decepcionarse por cuenta propia. No es mi bronca, yo cumplo con avisar.
Ahora bien, ya sabemos cómo distinguir a los tarugos que sólo saben ensuciar sábanas, la siguiente pregunta es: ¿cómo reconozco a los buenos? Como el tema exige una sesuda reflexión y yo ya no tengo tiempo, sólo les pido, como adelanto, que pongan más atención en los feos y en los rucos. Sí, así como lo están leyendo.
No se pierdan la próxima deyección.

lunes, abril 21

Voz en Off. Diálogos desde el arte


Duelo de poetas:
Alejandro Tarrab vs Inti García Santamaría

Viernes 25 de abril, 18:00 hrs. Entrada Libre!
Centro Toluqueño de Escritores. Plaza Fray Andrés de Castro, Edificio A, Local 9, Zona Centro. Toluca, México.

viernes, abril 18

Ejercicio de imaginación (Primera parte)

La abstinencia —esa maldita privación ilegal de contacto carnal— me ha hecho debrayar sobre un asunto harto sabio y a veces harto ignorado: el orgasmo, señoras y señores, es un ejercicio de imaginación.
Aunque mi sesuda reflexión es evidente para casi toda la humanidad, hay que reconocer que yo soy más ingenua de lo que parece y menos calenturienta de lo que debería. Además, como algo tengo que escribir de vez en cuando para resucitar este blog, suelo jalarme las trompas de falopio hasta que encuentro el tema —esta vez no jalé demasiado—.
Decía, pues, que el orgasmo —el Señor O, para efectos de esta web— es un ejercicio de imaginación. Eso explica por qué muchos hombres —que se sienten tales sólo porque tres cosas les cuelgan en la entrepierna— no logran obtener de las mujeres con las que se revuelcan ni siquiera una sonrisa de lástima solidaria.
Qué se le va a hacer, no me cansaré de repetir que la mayoría de los testiculados chapalea en la idiotez y, por supuesto, no tiene ni tantita imaginación. Aunque no quieran ni puedan entenderlo.
La ausencia de Señor O es, sin embargo, cuestión netamente femenina —digo, a mí qué me importan las eyaculaciones, que son más fáciles de conseguir que una gripa en invierno—: habría que entrenarnos para identificar a los sujetos medianamente imaginativos y no caer con los idiotas excelsos.
Afortunadamente esto no es como escoger aguacates en la recaudería —si los tomo relativamente aguados, ya están podridos; si los tomo firmes, están completamente verdes—, sólo se trata de ser observadoras. Aunque al principio, he de advertirlo, no queda más remedio que agarrar parejo —traducción: hay que coger de todo— para empezar a distinguir.
Por ejemplo, a estas alturas de mi vida recomiendo huir de los chavitos —sujeto que aún va a la escuela, o vive en casa paterna, o nunca ha trabajado, o tarda media hora en abrocharse las agujetas, o es menor, mucho menor, que una—, ya que necesitan un mapa detallado, una brújula y hasta lunch para encontrar el punto más interesante de una mujer —si usted, hombre, cree que ese punto se llama clítoris, tiene graves problemas—.
Un segundo ejemplo típico de idiota excelso es muy fácil de reconocer. Se trata del parlanchín que presume de: a) tenerla muy grandota; b) saberse completito el camazutra —así lo escribe—, c) haber tenido muchas novias y amantes; d) pensar siempre en sexo; e) haber sido desvirgado a los 13 años; f) alguna otra idiotez. Estos tipos, segurito: a) no la tienen ni grandota ni chiquita, sencillamente no la saben usar; b) se enredan con las sábanas al hacer “el misionero”; c) tuvieron novias y amantes, sí, pero cuando iban en el kinder; d) se piensa a menudo en lo que no se puede conseguir; e) usted, mujer, lo está desvirgando.
En general, los fanfarrones suelen ser eyaculadores precoces que, una vez consumada la felonía, argumentan algo así como: “no sé qué me pasó”, “nunca antes me había sucedido”, “es que esta semana tuve mucho trabajo y me desvelé”, “orita me repongo, nomás me echo un coyotito”, “tienes la vagina muy estrecha y no me pude aguantar” —esa es, por cierto, la mejor excusa que me ha tocado—.
Tengo que huir, pero contiuaré: no se pierda mi próxima deyección.

domingo, abril 13

Después del cigarro no hay después

Lo conocí después. No sé si a tiempo, no sé si tarde, pero después. Habían pasado ya las mariposas, se gestaban acaso polillas, pero yo, con la menarquía reciente, escogí, antes que entender lo que pasaba en mi estómago, aprender a dar el golpe en una nueva versión: sin encontrar mi puño con el hombro ajeno.
A los dieciséis años la bocanada inicial no podía ser otra cosa mas que lo que fue: un puñado de navajas patinando, tropezando en mi garganta. Pero algo hubo entonces que me hizo quererlo después. Adicción, le dicen los inmunes. Ciertos viciosos, como yo, preferimos materializar esa filia en un degenerado romance con El Luego —otra vez después, la consecuencia, lo posterior— y, a veces, uno que otro revolcón con el gerundio —hay, en efecto, una acción y simultáneamente, otra. Un par al mismo tiempo—, de modo que mi vida cotidiana, con el antes y el después, con el todo mezclado en batidora, fue colonizada por el gusto, el aroma, el color gris y el tacto viscoso del humo del cigarro.
Solía encender el primero a mediodía, una vez diluidas con café las telarañas del sueño. La bocanada inicial, sobre todo a los veinticinco años que tengo, era más de lo que yo podía esperar: una tierna infeliz lengua de seda, que abría camino a cigarrillos subsecuentes. Uno era la consecuencia del otro; y el otro, tanto como el uno, enredaba su veneno en mi epiglotis y sellaba las oquedades de mi nariz.
Entonces yo era feliz no sólo por la ingenua inconciencia de mi aliento a cenicero, sino, sobre todo, por lo que sabía que debía hacer para llegar al después, es decir, al cigarro. En mi existencia raquítica de detalles, se hicieron famosas combinaciones como el cigarro después de comer, el cigarro después de una taza de café, el cigarro después de una cerveza, el cigarro después del trabajo, el cigarro después del sexo, el cigarro...
Pasado el tiempo, estas relaciones de consecuencia deseada trocaron en relaciones de consecuencia obligada —y hasta lapidaria: El Luego traducido en Por Lo Tanto—, o sea: como, luego, fumo —es decir: como, por lo tanto, fumo—; tomo café, luego, fumo; chupo, luego, fumo; trabajo, luego, fumo; y sí: cojo, luego, fumo.
El gerundio es más amable y me prodigó momentos de beber fumando, platicar fumando, leer fumando, llorar fumando, gritar fumando, cantar fumando, escuchar música fumando, escribir fumando. Ad infinitum.
La gente gente normal sabe que uno nunca se arrepiente de dejar un vicio, sabe, incluso, aplaudir para festejar el logro. La loca que esto escribe sabe ahora que entonces, cuando fumaba, al mismo tiempo o como consecuencia, más que hundirse en el amargo catalizador del cáncer, preparaba inconciente y diligente, los tiempos y espacios para extrañar la seda nicotina. Ahora como, tomo café, bebo, trabajo, cojo, sabiendo que no llegará el después. Que esta vez no habrá luego. Ahora, mientras platico, leo, lloro, grito, canto, escucho música o escribo, no tengo ya cobijas para acurrucar el gerundio.
Más desolado que el exfumador urgido de tabaco, inmune a la mordedura de la ansiedad, luce el exfumador arrepentido, buscando a tientas el camino de regreso, rompiendo la promesa una y otra vez sin encontrar en el tabaco nunca más navajas patinadoras o lenguas de seda, sino, simplemente, la ausencia del después.

lunes, abril 7

De esto se trata

Se trata de vernos un día sí y treinta no, de fingir que nos extrañamos setecientas veinte horas y agarrarnos a mordidas durante ocho, desgranando uno por uno sus cuatrocientos ochenta minutos; de disfrutar el efímero revoloteo de mariposas imaginarias en nuestro aparato digestivo, de convertirlas en sanguijuelas y detenerlas un segundo antes de que conozcan la voracidad.
No importa si vienes o voy. Se trata de encontrarnos en la calle, en algún lugar del centro, en mi casa, en el metro Balderas a las nueve de la noche, en ninguna parte. Cada encuentro inicia con el típico abrazo desesperado del que quiere mucho y los ojos abiertos del que sabe que es mentira.
¿Será mucho pedir que sigas usando la misma loción? A cambio prometo vestir el liguero negro que me regalaste. Se trata de hundir mi nariz en tu cuello y chuparte el lóbulo de la oreja mientras forcejeas inútilmente con esa estorbosa ropa interior. Se trata de hacer apuestas: ¿qué caerá primero? ¿tu pedazo de carne o mis calzones coquetos?
Si me perdonas el cabello suelto, puedo hacer de cuenta que no traes puesta una de esas camisetitas que me repatean el hígado. Se trata de que rueden tus dedos en mi cabeza: ya sabré cómo arrancarte, primero, esas camisitas de niño de primaria y, después, el pedazo de algodón que me separa de tu piel.
Se trata de iniciar una guerra a la antigüita, cuerpo a cuerpo, sin más armas que tu par de manos, mi par de piernas, esa lengua tuya y mi espalda perfecta. Habrá que desterrar la misericordia: mis rodillas quedarán inservibles y serás incapaz de asir algo que no tenga la forma de mi cadera.
Se trata de hacer alarde de nuestros pulmones. De despertar a los vecinos como escandaliza un par de gatos a un barrio completo. Que se entere todo el mundo de lo que dejamos macerar durante setecientas veinte horas de ausencia; que soporten durante cuatrocientos ochenta minutos el costal de palabrotas que me trajiste de regalo.
Se trata de recorrer, también, los vericuetos del silencio. El que se teje con respiraciones entrecortadas y gemidos apagados; con la suma de parpadeos de este exhausto par de locos.
Se trata de reinventar el sonido. De que me cuentes que estás leyendo a Puig y yo te diga que no pude nunca con las Boquitas Pintadas y que El beso de la Mujer Araña me dio hueva, pero, en cambio, me enamoré de Tabucchi y sigo enajenada con la rojísima página perfecta de Pamuk.
Se trata de buscar el reloj debajo de la cama y comenzar la despedida con arrumacos desolados. Se trata de meternos a la regadera y enjabonarnos con un poquito de miel. Llegará la hora del café, de tu cigarro matutino, de mi té de manzana con canela. También, ni modo, tendré que abrirte la puerta y regalarte un tierno beso con alas de mariposa. Inicia la cuenta regresiva: otras setecientas veinte horas para extrañarnos. De eso se trata.
No me salgas ahora con que estás enamorado.

Correo electrónico: felinaofendida@gmail.com