lunes, noviembre 26

In Situ

e trataba de hacer como que escribíamos; se trataba de fingir que escribíamos y, en ese intenso proceso, mostrarle a un público —que, a decir verdad, nunca se apareció— la gestación de un libro desde el momento en que ese maniaco/depresivo/ezquizoide/etcétera llamado escritor, comienza a mover el bolígrafo sobre un pedazo de papel o, en el más afortunado de los casos, sus dedos sobre el teclado.
Fue hace casi un mes. Para ser exactos, el domingo 14 de octubre en el Zócalo de la ciudad de México. Perdidos y fascinados en la feria del libro, nos encontramos con Cristina Rivera-Garza, egregia escritora que no requiere más presentación y coordinadora de Escrituras Colindantes, ese taller literario que a veces es clase, a veces puro placer y siempre locura colectiva.
Una de la tarde y ya estaban ahi Saúl Ordóñez, Susana Bautista, Gabriela Mondragón, Nadlleli Rendón. Segundos después llegó Cristina y, minutos más tarde, aparecieron corriendo Veronique, Ramón Santillana y Abraham Morales. Juntos pero no revueltos —y en ciertos casos eso es una lástima—, nos adueñamos de una mesa y, cínicamente aplatanados, organizamos las actividades del día.
El objetivo de esta edición de la feria del libro era mostrar, a grandes rasgos, cómo funciona la industria editorial, o lo que es casi lo mismo: cómo carajos nace un libro. Los organizadores del evento tuvieron la magnifica idea de invitar a varios reconocidos escritores que, además, impartieran algún taller literario, a asistir al Zócalo con su recua de alumnos e impartir una clase en vivo. De lo realizado durante esa sesión se formaría e imprimiría un libro. Pero como los mexicanos somos tramposos hasta para las metáforas, los talleristas habíamos enviado los textos con anticipación.
Con este antecedente, Cristina preguntó inocentemente qué preferíamos: fingir que “tallereábamos” los textos previamente enviados y corregidos, o escribir in situ alguna exultante parrafada. Escogimos lo segundo, de modo que los ahí presentes debrayamos durante veinte minutos, poco más o menos, acerca de un tema concreto: El Lugar Re-Visitado. Gabriela se lanzó de inmediato sobre la hoja en blanco; Abraham hizo lo mismo aunque más tranquilamente; Saúl lo pensó un momento pero terminó siguiendo a los compañeros; un divertido colado se sentó a “tomar el taller” y también se puso a escribir; Nadlleli y Susana movían sus ojos del papel al techo de lona; Veronique escribió rápidamente lo que tenía que escribir y luego miró para otro lado; Ramón se debatió entre la hoja blanca y el resto del universo, sobre todo la mesa y sus alrededores; Cristina pensó, escribió, pensó, escribió y de vez en cuando preguntó si ya mero acabábamos. En efecto, yo estuve picándome la nariz y mirando a la concurrencia.
Terminada la exhaustiva labor, Susana corrió a sacar copias de todos los textos manufacturados in situ y cada quien leyó su parte. Los compañeros marcaron en su copia las frases que más les gustaron del textito. Cosas como “El lugar, de ser, sería, si pudiese, ese instante: la huella”, “Fui un aliento que no alcanzó la fuga”, “¿Qué pasa cuando el allá es aquí?”, “No tenía por qué llegar pero lo hizo. Sin previa cita”, “La serpiente que duerme enroscada en el ombligo”, “Ese pedazo de sombra que te envuelve la cabeza”.
Ya con dolor de cabeza y posaderas, cada quien hizo con retazos ajenos y propios un Gran Texto Final que, paradójicamente, sería incluido al principio del futuro libro. A la fecha, yo sigo preguntándome qué significado tuvo aquel experimento, si de verdad mostró el proceso creativo del escritor —cosa que dudo bastante— y si de pura casualidad, alguno de los mortales que acudió a la feria comprendió verdaderamente cómo se hace un libro. Si esto último ocurrió, agradecería infinitamente que me lo explicaran.

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