lunes, noviembre 26

Exorcismo pagado

La última vez que me metieron a rastras a una iglesia fue por culpa de una prima hermana que, de buenas a primeras, decidió casarse por las tres leyes. Pese a que le rogué que no cometiera semejante atrocidad, Adriana —que así se llama mi prima—, se casó de blanco y fisuró una bonita ley impuesta por la nueva generación de mujeres de mi familia: somos ocho primas en edad casadera —o en edad de merecer, que es casi lo mismo— de las cuales sólo dos —Adriana y Lina— han decidido casarse y tener hijitos. Las otras seis, contando a la que esto escribe, hemos optado por la soltería aderezada con fornicaciones furtivas y desenfrenadas. Nuestra conducta ha desilusionado a las tías, que sufren con la certeza de haber perdido seis oportunidades de pachanga, comida y chupe gratis.
Por el contrario, a mí me parece fenomenal, no sólo por lo que se refiere a las fornicaciones —los médicos recomiendan hacer ejercicio, nadie me lo va a negar—, sino por la tranquilidad que me da saber que no tengo que entrar a la iglesia a chutarme la misa.
Sucede que cuando entro a una iglesia me pongo mal. En el preciso instante en que cruzo la puerta, siento cosquillas por todo el cuerpo y una serie de descargas eléctricas me provocan un dolor de cabeza que no se me quita aunque me trague una caja de aspirinas. Si permanezco más de media hora en tan sagrado recinto, me da un calor infernal y siento como si estuviera derritiéndome. Lo juro por dios. De manera que procuro no pararme mucho por ahí, para evitar las convulsiones, alaridos y vómitos verdes que acompañan esa especie de exorcismo involuntario —aunque supongo que ninguno es voluntario—.
Cuando no me queda más remedio que entrar a la iglesia —en bodas o primeras comuniones de familiares o amigos, por ejemplo— procuro salir a respirar de vez en cuando. Así que nunca me chuto una misa completa —todas muy aburridas, por cierto— y no entiendo ni jota del rito que dirige el sacerdote; de hecho me quedo sentadota mirando los vitrales y retablos, porque nunca se cuándo pararme, cuándo hincarme, cuándo darle la mano a todos los vecinos y, mucho menos, cuándo y para qué golpearme el pecho.
Eso sí, pese a mi incapacidad de permanecer más de media hora respirando tan benigno aire, la mayoría de las iglesias me parecen construcciones muy hermosas. Sobre todo las de estilo barroco, por todo el atasque de imágenes que hay en los altares. Si por casualidad visito un lugar desconocido, procuro buscar la iglesia o catedral que siempre hay en todo pueblo o ciudad que se respete y, respirando muy profundamente para aguantar el dolor, entro a mirar.
Lo que nunca, ni en mis más alocadas fantasías me hubiera imaginado, es pagar por entrar a una iglesia, justo como se le acaba de ocurrir a la diócesis de Toluca, dizque para convertir la catedral en un atractivo turístico, con elevador y toda la cosa —cualquier parecido con el parque de diversiones que quería poner Juan Ro en la explanada del Juárez debe ser pura coincidencia—.
Que me dispense el obispo pero yo no pago. En mi caso sería tanto como pagar por un exorcismo, que buena falta me hace —porque de angelical no tengo nada, aunque haya quien diga lo contrario—, pero no se me antoja.
Además, yo me pregunto, con la inocencia que me caracteriza: ¿para qué quieren el varo? ¿a poco ya no alcanzan las limosnas? Digo, no es por incordiar, pero el binomio iglesia-dinero no me da mucha confianza que digamos y... mejor me callo, no vaya a ser que excomulguen y me hagan un exorcismo de verdad.

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