martes, octubre 9

Seamos todos imbéciles

Señoras y señores, esta es una ufana invitación al bienestar —porque, deveritas, es rete bonito sentirse bien y es aún mejor fingir que todo está bien chido cuando en realidad se lo está cargando la chingada—: pese a las últimas mamarrachadas que han ocupado las primeras planas de todos los periódicos habidos y por haber en este jodido planeta, finja que no pasa nada y ponga la mejor cara de idiota que posea. Salga a la calle con la sonrisa sostenida por las pinzas que, en los tendederos, evitan que los calzones salgan volando, y prodigue afectuosos saludos a los prójimos que encuentre —sean éstos modelos esculturales o esmirriados marihuanos—. Evite, en la medida de lo posible, burlarse del ridículo vestuario de los boy scouts o patear a cuanto Doctor Simi se encuentre en el camino. Trate, todos los días, de emular a las personas de bien que ponen ojos de borrego a medio morir cuando los ataca la ternura. Y ya de paso permita que lo ataque la ternura.
Resumiendo: sea usted un imbécil. Es más: seamos todos imbéciles. Tan imbéciles como nuestras queridas autoridades, que juran y perjuran que el aumento en la gasolina no va a generar una burbuja inflacionaria —o cualquier otra cosa que se infle— y, desde luego, no va a subir la ya de por sí inalcanzable canasta básica y las amas de casa no se desagarrarán las vestiduras pensando cómo carajos hacer rendir más, más, más el gasto.
Si quiere seguir viviendo, crea las babosadas que dice por televisión —no quiero imaginarme las que dice en privado— ese wey que no es mi presidente, respire lentamente, sonría y repita diez veces: ¡no subirá la gasolina!. Ni la luz, ni el gas; ni el jitomate y el kilo de huevo. Todo gracias a la generosa intervención de San Fecal, santo protector de la economía de las familias más pobres, infatigable promotor de las reformas que tanto beneficiarán a los que menos tienen, empático servidor público que sabe perfectamente lo que es vivir con un salario mínimo y tragar puros frijoles. De aquí a la beatificación, mínimo.
Y no se espante, que sus bolsillos estarán a salvo durante tooooodo el 2007, gracias a la mano calderoniana que mece esta barca. Eso sí: nadie sabe qué pasará en 2008. Pero mientras hágase de la vista gorda, préndale una veladora a San Fecal —que seguro nos hace el milagrito— y siga poniendo la cara de imbécil que las “autoridades” creen que tiene. Porque, desde luego, usted y yo y todos los mexicanos somos un atado de idiotas que no nos damos cuenta de la cosas y, con singular alegría, chuparemos el dedo que nos ofrece el atole. Total, si algo sabe hacer el mexicano es sobrevivir y hacerse tarugo. ¿A poco no?

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