martes, octubre 9

Consejo paterno

Por mi primera vez en mi cínica existencia me arrepiento de no haberle hecho caso a mi padre, quien, en su infinita sapiencia, me sugirió sutilmente que dejara las mamarrachadas literarias y mejor me metiera a la política, porque eso sí da para tragar. Pero, claro, como soy una perra descastada y una mala hija, me pasé el sabio consejo paterno por el arco del triunfo, y eso que tuve oportunidades de enrolarme en las filas de algún partidito político.
Creo que he repetido hasta la saciedad que tuve la fortuna —seguramente está escrito en las líneas de mi mano— de crecer en Atlacomulco, próspera ciudad productora de gobernadores y políticos, que hasta la fecha es gobernada por priistas. Pues bien, durante mis años castos de secundaria, el Frente Juvenil Revolucionario estaba a todo lo que daba y había “operativos” especiales para reclutar jóvenes víctimas. Recuerdo que en una ocasión, los jóvenes priistas, agrupados en minimanada, fueron a identificar víctimas potenciales a la secundaria en que yo estudiaba. Los maestros recomendaban, obviamente, a los estudiantes que tenían las mejores calificaciones y no se portaban mal, de modo que, aunque no me lo crean, fui invitada a sumarme a las filas de tan interesante movimiento. Un jovenzuelo de no malos bigotes —que por cierto, sigue siendo priista y gana un chorro de lana haciendo campañas publicitarias para ese instituto político— trató de lavarme el cerebro y de hecho consiguió que asistiera a dos o tres aquelarres juveniles, de los que me harté rápidamente porque todo mundo hablaba hasta por los codos y porque escuincles de catorce años disertaban sobre la realidad del país como si fueran senadores. Por si fuera poco, había que dedicarle la vida entera al partido y ponerse a hacer cartelitos y un montón de actividades más, todo para “posicionar” al Frente. Como yo estaba demasiado ocupada viendo telenovelas, capitulé. Pero ahora me desgarro las vestiduras porque seguramente ya hubiera sido síndica o regidora y, con un poquito de suerte, hasta andaría en campaña para tener el honor de despachar en el palacio municipal de mi terruño.
Y si me arrepiento justamente ahora, es porque me ha caído el veinte de que, por taruga, seré eternamente pobre, cuando lo más fácil en este país es convertirse en político y vivir del erario público. Me cae que no hay trabajo más cómodo que la hora nalga y las sesiones fotográficas que se arman en los actos públicos. Digo, ¿qué tan complicado puede resultar calentar un asiento y pelar la mazorca?.
Claro que habrá quien me diga que no todos los “servidores públicos” elegidos en las urnas se dedican a echar la hueva. Y no, no todos se pasan un trienio o un sexenio rascándose la panza: hay verdaderos prodigios que, además de salir bien guapos en la foto, también se dan su tiempo para robar a lo descarado y remodelar ranchos, o construir casotas y comprar carros.
Para muestra ahí están los exalcaldes que recientemente fueron cachados en la movida. Por peculado y abuso de autoridad, entre otras lindezas, ya están en el bote el exdirector General de Seguridad Pública y Protección Civil de Metepec, Prudencio Ricardo Ramos Arzate, y el exalcalde —panista, por cierto— de Amecameca, Rosendo García Rodríguez. Pero todavía falta ver lo que pasará con el exalcalde de San Antonio la Isla, Gerardo Camacho y con la pareja presidencial de Zinacantepec conformada por Landy Villanueva Cruz —ya en el tambo— y Leonardo Bravo Hernández —que dijo patas, ¿para qué las quiero?—.
No se ustedes, pero me gustaría ver que los quemaran en leña verde o por lo menos que les cortaran las uñas. Aunque también tengo la ligera sospecha de que a la hora de la verdad quedarán libres de toda culpa y andarán por ahí silbando como si vinieran de un día de campo. Cosa que me da mucho coraje y envidia, pero sobre todo, me recuerda el mal uso que le di al sabio consejo de mi padre. No dejo de pensar que si le hubiera hecho caso, bien habría podido robar un poquito —lo que molesta al mexicano es que sea a lo descarado— para hacerme de una o dos casitas, uno o dos carritos y mucho viajes por el mundo —masajista incluido—. Total, en este país sólo tienes que poner cara de idiota, esperar a los abogados y pagar —¡con el mismo dinero robado!— lo necesario para ver de nuevo la luz del día. Pero uno es idiota y le gusta la mala vida, qué se le va a hacer.

1 comentario:

LIC dijo...

¡A TREPARLE MI REYNA! ¿A POCO CREE QUE HAY OTRA FORMA? ¡A MOVER LAS NALGOTAS!