martes, octubre 9

Compro marido

Me reclama el insigne Jefe de Información del periódico en el que finjo que trabajo, mi ignorancia respecto a la bonita y recreativa actividad denominada “compro marido”. Y es que hace poco me quejé amargamente de la venta de esposas sumisas y abnegadas a cambio de ollas de barro con mole, haciendo hincapié en la imposibilidad de conseguir, a tan bajo costo, un buen marido. Pero el Señor Flores me ha sacado de mi error señalando que, en efecto, también es posible comprar esposo, aunque las condiciones cambian por completo.
Para empezar, en ese tipo de transacciones son poco frecuentes la calentura y el enamoramiento. De hecho, el escenario es bastante descorazonador: se trata de la miserable historia de una mujer quedada —más de veinticinco años— que, la mayoría de las veces, es tan alta como el abominable hombre de las nieves; ancha de espaldas como un luchador grecorromano; jorobada, panzona, con nalgas de aspirina, dientes chuecos, orejas tamaño Dumbo, barba, bigote y hasta verruga en la nariz. O sea, fea como pegarle a Dios.
La descrita señorita —digo, así quién se anima a hacerle el milagrito— es, además, hija única y por lo tanto heredera universal de un cacique, magnate petrolero, empresario o ya de ajo, del presidente municipal de San Pedro de los Chinicuiles.
El citado padre, abrumado por la fealdad de la hija —ciertamente arrepentido de haber hecho las cosas al aventón— y preocupado por la falta de un hombre de pelo en pecho que tome las riendas de los negocios familiares, se come las uñas pensando cómo casar al adefesio que procreó, hasta que algo —un golpe o un buen pomo— lo ilumina.
Dado que el noble progenitor se encuentra en una posición de poder, le resulta sencillo identificar, entre la recua de lamebotas con los que convive, a un jovenzuelo ambicioso, inteligente o por lo menos no tan tarado, medianamente honesto y fácilmente manipulable a quien invita a cenar a su casa. Las viandas, por supuesto, han sido cocinadas por las grandes y regordetas manazas de la Niña —que es como se les dice a todas las jóvenes herederas—. Para no hacerles el cuento más largo, el desesperado padre embriaga a su achichincle —después de haberle puesto en la bebida una pastillita de viagra, o de M Force, por si quiere más— y lo mete al cuarto de la Niña quien, previamente aleccionada, manipula a la beoda víctima hasta que consigue, por fin, perder la honra.
Al amanecer —contando con que el joven violado sobreviva al impacto de despertar encuerado al lado de un esperpento también encuerado—, el agraviado padre entra en acción: abre la puerta del cuarto de la hija y “descubre” al miserable mancillador de honras. El tono melodramático que alcanzan los reclamos es casi tan bueno como el de Chachita peleando con Pepe el Toro.
Total, que el pobre jovenzuelo tiene que responder por su fechoría y termina casándose con la heredera —la ceremonia es bonita: el novio suele dar el “sí” luego de un piquetito de navaja en los riñones— quien, a los nueve meses da a luz a un varoncito perpetuador del apellido. Y vivieron felices para siempre.
En este caso, concluyo lo siguiente: 1) El alcohol es mala compañía y peor casamentera, 2) Siempre será más cómodo embriagar a un tarado que pagar varias operaciones para mejorar el aspecto de una hija hecha de mala gana, 3) Nuevamente la injusticia se cierne sobre las cabezas femeninas: conseguir un marido cuesta, hoy, mañana y siempre, una fortuna que no se compara con una olla de mole, 4) Las mujeres solteronas son fértiles como conejos de granja, 5) El primer hijo de la pareja fue producto del alcohol, pero un segundo o un tercer retoño, constituyen evidencias irrefutables de que el joven no fue violado y, por el contrario, es aficionado a las películas de terror o recibe muy buenas chambas. Pero ahí ya no me meto. Salud.

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