jueves, septiembre 6

Rata de dos patas

Hace algunas semanas lamenté frente a un amigo lo que me pareció era la decadencia de Toluca. Distraída como soy, apenas caí en la cuenta del incremento de automóviles que circulan en esta ciudad. Del escándalo que protagonizan y que se suma a las marchas, manifestaciones y mentadas de madre públicas que organizan una increíble y variopinta serie de grupos y asociaciones con tal o cual interés; de los niños que, en vez de estar en la escuela, venden chocolates o chicles en cruceros y camiones. Etcétera, etcétera.
Claro, esto no es nuevo y resulta más que evidente para una persona normal. Lo que sucede es que yo no soy muy normal que digamos y ese tipo de cosas pueden conmoverme hasta las lágrimas —de hecho soy capaz de salir corriendo a comprar una bolsa de galletas de animalitos para el suicidio—. Total, que le dije a mi cuate algo así como: a esta ciudad ya se la llevó la chingada, ¿verdad? La interrogante era más bien una súplica, una especie de esperanza: yo quería estar equivocada. Y el muy desfachatado no sólo me dio la razón sino que, mirándome como si yo fuera tarada, gritó: ¿A esta ciudad? A todo el país, ingenua.
Y es que, en efecto, soy una pobre venadita que habita en la serranía —característica que me convierte en una ingenua crónica que puede llegar a la idiotez—, de modo que me negué a aceptar el veredicto del susodicho cuate y me puse a describir las cualidades del género humano; aseguré que aún hay gente buena en el planeta, que todos los pordioseros y desempleados son víctimas del sistema neoliberal y las babosadas panistas, que el hombre es bueno por naturaleza, que un vaso con agua no se le niega a nadie y que es menester amar al prójimo como a uno mismo —sobre todo si el prójimo mide uno ochenta y tiene una musculatura bien trabajada—. De esos temas pasé a la descripción apasionada de las abejitas que polinizan las flores y los niños rubios que nacen de las lechugas. Al borde del suicidio, abandoné al amigo y me fui con mi fe en la humanidad intacta.
Pero días después perdí toditita la inocencia —¡oh Dios, por qué me has abandonado!—: resulta que un gandul hijo de tal por cual metió su huesuda y mugrienta mano en mi inocente y tierno morral. Claro, eso pasa todos los días, sobre todo en la quincena, pero a mí nunca me había sucedido y por nada se me rompe el corazón.
Sucedió en la esquina de Lerdo y Bravo. La molona chipi chipi amenazaba con dejarme ensopada si me atrevía a caminar, como de costumbre, hasta las oficinas de el egregio periódico —como dice mi jefe— en el que finjo que trabajo, así que decidí tomar un camión y rebotar un ratito. Cuando estoy esperando algo parezco un poco más distraída de lo normal: blanco perfecto del delito. En cuanto vi el camión avancé y, en el camino, se me atravesó un jovenzuelo que se trepó de dos zancadas y le pidió cambio al conductor. Yo me subí enseguida a la unidad, pero de repente me sentí atorada, así que volteé para identificar el obstáculo y, qué caray, detrás de mí una rata de dos patas; un tipo delgado, moreno, un poco sucio, tenía su manota metida en mi bolsa. Acto seguido jalé mis pertenencias y me descosí con lo más selecto de mi florido vocabulario. El tipo huyó ante la escandalosa verborrea y no logró sacarme nada, pero me dio un baño de realidad bastante hojaldra y, lo que es peor, convirtió mi hasta entonces inmaculada fe en la humanidad, en algo así como una meretriz revolcada en el arroyo inmundo de la vida galante. De plano, ya nos cargó la chingada. Sufro.

1 comentario:

espinal dijo...

en efecto, la mayoría de tus comentarios son bastante ingenuos, seriamente pense que tenías cinco o seis años menos de los que aclaras cargar. Aunque eres medio simpática. Por lo menos uno ríe de vez en cuando, sino por encontrarte ingenua por las esporádicas puntadas que te avientas (no todas son graciosas, he de confesar). ¿Por qué parece que estás severamente encabronada con la mayor parte de las cosas?, ¿es un berrinche que aún no resuelves?:]