jueves, septiembre 6

Orgía algebraica

A decide un buen día —porque siempre es una decisión, bendito dios— que está perdida e irremediablemente enamorada de B. Guiada por sus hormonas, pone en marcha un complicado sistema gesto-motriz que tiene como objetivo conseguir los favores de B, a la sazón un jovenzuelo algo famélico y delicado, pero eso sí: muy macho.
A ensaya frente al espejo el más cadencioso quiebre de caderas, el más coqueto sube y baja de pestañas, el exaltado y voluptuoso paseo de la lengua sobre el labio inferior. Una vez dominado el sistema, se dedica a exhibirlo frente a B quien, pese a todo, ni la pela. Nada de nada: ni un lazo le echa a la pobre. ¡Tragedia bíblica!
Despechada y con el rímel corrido de tanto llorar, A se refugia en brazos de C, un mozalbete al estilo de B; algo así como lomismoperomásbarato.
A y C viven tórrido romance que se ve interrumpido por los celos de B —¿no que no quería?—. A, idiotizada porque al fin le hace caso el objeto inicial de su afecto, se da gusto con un megafajecuasicaldo después de las clásicas chelas desinhibidoras.
Como consecuencia de tan macabro acontecimiento, C manda a A al demonio y entabla una nueva relación con D, una muchacha de no malos bigotes. Mientras tanto, A y B dan rienda suelta a la pasión, o por lo menos eso contaban.
Meses después, B engaña a A con E —un muchacho también famélico y delicado—, es decir: B se declara bisexual y destroza el corazón y la autoestima de A, quien, para no perder la costumbre, corre a buscar consuelo esta vez en brazos de F, un adulto más viril.
Pasada la euforia del descubrimiento, B se declara abiertamente homosexual, termina su relación iniciática con E —decir que lo mandaron al demonio sería más honesto— y confiesa a grito pelado que, en realidad, siempre ha estado enamorado de C.
Mientras tanto, A y F se mandan mutuamente al demonio. Resulta que así como A, F buscó un clavo que le sacara a G, una tuerca muy bien amarrada. Ni con intensas sesiones de cine, picnic y kamasutra, consiguieron A y F olvidar a B y a G —respectivamente, para que no se hagan bolas—, de modo que cortaron por lo sano.
Por su parte, C descubre que los no malos bigotes de D la orillan, irremediablemente, a revolcarse con medio mundo, así que la desecha cortestemente.
B comienza entonces a cortejar a C. De manera descarada, intenta convencerlo de las bondades que acarrea agacharse por el jabón. Una noche, con varias chelas encima, C acepta ser novio de B, quien, obviamente, rebota de la felicidad.
Sin embargo, C reacciona con la cruda y rechaza a B porque “yo sí soy muy macho” y para que no quede duda, corre a buscar a A y la rescata del dolor de haber besado a tantos sin quedarse con ninguno.
Pero... ya me hice bolas así que mejor le paro.

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