jueves, septiembre 6

Malestares de autobús

Treparse a un autobús es cosa común. De hecho, para el alto porcentaje de jodidos que, como la que esto escribe, no tienen automóvil, el trajín camionero es cosa de todos los días.
De acuerdo con mi amplia experiencia en materia de transporte, hay tres tipos de autobús, a saber: el urbano, que sirve para recorrer una ciudad de cabo a rabo y, en términos prácticos, permite viajar de los portales de Toluca a la colonia Jiménez Gallardo, por poner un ejemplo; otro que no se cómo se llama —aunque en mi pueblo le dicen guajolotero o guajolojet—, y se usa para andar de pueblo en pueblo o de una ciudad a otra en recorridos no mayores a tres horas; y finalmente los autobuses equipados con baño y aire acondicionado, especiales para viajes largos, osea, según yo, aquellos que rebasan las tres horas en promedio.
En el caso de los autobuses urbanos, resulta interesante concentrarse en su pintoresco aspecto. Muchos de ellos son altares móviles a la virgencita, al sagrado corazón, al santo niño de Atocha y hasta a los Temerarios. Por si fuera poco, algunos son adornados con aplicaciones de peluche multicolor que hacen las delicias de los conductores y sus jacarandosas novias.
Los usuarios consuetudinarios del transporte toluqueño —para hablar acerca de mi realidad inmediata— hemos tenido que hacernos expertos en el arte de conservar el equilibrio y, al mismo tiempo, salvaguardar la honra, sobre todo a la hora en que los camiones se atascan. Además, somos copilotos y testigos de los arrancones y carreritas que cualquier hijo de vecino que se dice chofer se avienta con uno de sus homólogos. Y ni hablar de las estaciones de radio con la música favorita del conductor a todo volumen.
La experiencia de viajar en urbano es altamente recomendable si no queda de otra, pero no es apta para cardiacos ni para enfermos de esclerosis, parkinson u osteoporosis.
La cosa cambia con el guajolojet, obra maestra de los sabios transportistas. Ya sea que se aborde en la terminal oficial o en alguno de los puntos utilizados como tal —por obra y gracia de la máxima popular “aquí nomás mis chicharrones truenan”—, siempre cabe la posibilidad de que algún alma caritativa se siente a tu lado cargando un buen guajolote —de ahí el nombre— con las patas amarradas, o un litro de pulque. A veces los hambrientos pasajeros arman la comilona y el aire camionero se viste de chorizo, huevo, atún, barbacoa y hasta pollo rostizado.
Pero los viajes son tranquilos y hay chance de echarse una jetita de una hora. Eso sí: hay que estar atentos para no pasarse y terminar en otra ciudad. Me han contado que eso suele sucederle a los despistados, crudos y desvelados.
En tanto que los autobuses supuestamente diseñados para viajes largos pueden ocasionar severos transtornos en las mentes y cuerpos débiles. Para empezar, los asientos —que supuestamente tiene la capacidad de plegarse para simular una cama—, son duros como una méndiga piedra, de tal suerte que la jetita de dos horas se convierte luego en tortícolis que jode por lo menos una semana. Por otro lado, el artificial aire acondicionado —que en el 90% de las unidades no se puede apagar ni con la técnica del fregadazo—, suele ocasionar gripes y hasta pulmonías que no son nada artificiales. El clímax de los malestares propiciados por este tipo de autobuses, llega a la bendita hora en que la vejiga molesta. Están, como ya dije, equipados con baños que, sin embargo, son más propios para un liliputense equilibrista que para un cristiano común y corriente. Y es que para una simple meadita hay que agarrarse hasta con los dientes y, como la mayoría de la gente está acostumbrada a hacer de aguilita, los bordes de la pseudotaza quedan como pila bautismal. Para acabarla de amolar, nunca hay agua y siempre hay en el ambiente un tufillo a orines viejos que no desaparece por más cloro que se utilice. Si es que los lavan, por supuesto.
El usuario de este tipo de transporte debe estar conciente de que llegará a su destino un poquito adolorido. Digo, no pasa de sentir el cuello como el de los pollos muertos que cuelgan en los mercados. Y unas punzadas bárbaras por ahí por los riñones; y los pies hinchados por una atrofia en la circulación; la espalda molida, como después de una golpiza o una intensa noche de amor y etcétera, etcétera.

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