jueves, septiembre 20

Entre gritones te veas

Yo se que a nadie le importa, pero a mí las fiestas patrias me provocan diarrea y no un exacerbado amor por México. Muchas veces he sido calificada de apátrida porque me resulta un poquito ridículo que el presidente de la república, los gobernadores y hasta el alcalde del pueblito más alejado de la civilización, tengan que colgarse del badajo de una campana y pegar de gritos como si estuvieran en un manicomio. Lo que hay que hacer para tragar. Yo por eso no soy alcaldesa, gobernadora y mucho menos presidenta. Prefiero mi dignidad intacta.
Pero en este México lindo y querido siempre hay una recua de enfermos mentales —voraces consumidores infantiles de Miguelitos, no cabe duda— que hasta se pelean el espacio para gritar. Habiendo tanto despoblado en el que pueden desgañitarse. Lo bueno es que las banderitas y las garnachas hermanan a cualquiera, de manera que cada quien puede gritar lo que le de la gana durante el tiempo que le aguante la garganta. Justo como pasó en el Zócalo, aunque esa ya es historia vieja.
Yo me largué a mi pueblo —así le digo de cariño, pero en realidad, Atlacomulco es una próspera ciudad productora de gobernadores— a hacer lo único que vale la pena durante estas fiestas: tragar, ver los fuegos artificiales, tragar, caminar entre los puestecillos, tragar, encontrarte al cuñado del compadre del vecino del amigo, tragar, huir de las damas de la vela perpetua que a huevo te quieren hacer cooperar para remodelar la iglesia —en Atlacomulco la patria choca con las festividades del santo patrón, el Señor del Huerto— y tragar. Tragar, tragar y tragar.
Fue muy divertido: mi familia y yo estuvimos a punto de morir tatemados —y engalanar la contraportada de este egregio periódico— cuando los fuegos artificiales se salieron de control. Vagué entre puestos de tamales, atole, enchiladas, tacos, pambazos —o panbasos, como decían los letreros—, tostadas, flautas y cuanta garnacha les pase por la memoria y, por supuesto, me empaqueté una impresionante dosis de vitamina T. Odié profundamente a un señor que, con voz lastimera, suplicaba a la concurrencia pasar a comerse un plato de pozole y salvar su alma del pecado, pues lo recaudado será utilizado para remodelar la iglesia —y yo me chupo el dedo—. Me mofé cruelmente del vocalista de una banda que cantaba a ritmo de pasito duranguense canciones cristianas, católicas o lo que sea, y que además se la pasó hablando del Señor del Huerto como si fuera su compañero de peda.
Me harté de tragar y volví a casa a ver el grito por televisión. Me chuté la ceremonia encabezada por ese señor que no es mi presidente, deseando con todo mi corazón que se fuera de hocico desde el balcón en el que gritó lo que gritan todos en esas circunstancias. Le cambié de canal y ya no encontré a nuestro gober precioso perdiendo el glamour con los falsetes que derivan de los alaridos: en su lugar me topé con Nalgayanzin, esa beldad que engalana las pantallas mexiquenses. Dormí como una bendita y soñé con más garnachas.
El domingo fue día de desfile y evidentemente rematé tragando huaraches en el centro. Le menté la madre a los profesores que, micrófono en mano, relataban la historia de los héroes que nos dieron patria, porque los muy tarados no podían leer de corrido un párrafo redactado con las patas.
Regresé a casa a tragar, me vine a Toluca y tragué más —¡ya picados y encarrerados!— y ahora sospecho que para mí la ceremonia del grito apenas está por comenzar. Movimientos intestinales atípicos me indican que, en breve, estaré gritando escondidita en el baño, aunque eso es cosa que tampoco les importa.

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