jueves, septiembre 6

En el abismo de la decrepitud

Tengo 25 años pero mi vida disipada y las malas compañías hacen que aparente casi 30. Que un hijo de su mal dormir o hasta un gran cuate me calcule más de 28 es cosa común en mi arrugada y decrépita vida. Hubo incluso una bestia peluda que apostó su hombría a que yo tenía 30 años cumpliditos, y todo mundo pone cara de incredulidad cuando recito mi fecha de nacimiento: 18 de agosto de 1982, 13:00 horas —lo que me convierte en una Leo con ascendente Escorpión, aunque mi jefe me crea idiota por andar divulgando esas cosas. Digo, él es Escorpión con ascendente Leo, así que no se le puede pedir compasión—.
Si a mis patas de gallo —que a veces ya parecen axilas de elefante—, le agregamos que soy una perra malhablada y peor portada, no es extraño que todos digan que miento por obra y gracia de esa cosa que es parte de la vomitiva coquetería femenina y consiste, básicamente, en quitarse años, dejar de cumplirlos y cumplir la misma cantidad en repetidas ocasiones.
No soy femenina y mucho menos coqueta —sabrosear al prójimo es, en realidad, un hobbie— pero me duele en lo más profundo de mi ser verme más vieja de lo que soy. Sucede que la vejez —imaginarme, de hecho, anciana y decrépita—, me provoca un sentimiento mezcla de coraje, terror, abulia, depresión y dolor, que no puedo soportar. Hace muchos años decidí que no voy a llegar a vieja. Si estoy en buenas condiciones planeo suicidarme a los 60 años. Si antes, digamos a los 50, me da cáncer en la uña del dedo gordo del pie izquierdo, me pegaré un balazo en la cabeza antes de pasar por los infames tratamientos. Si a los 30 y tantos, casi 40, descubro que tengo sífilis, sida o alguna otra enfermedad de “mujer mala”, me dedicaré a contagiar a medio mundo —¡la dulce venganza!— y luego me pego el tiro. Lo que sea con tal de evitar la momificación en vida.
Ya se que a nadie le importan mis preocupaciones gerontológicas, pero sucede que apenas me encontré un bonito sitio de internet que te revela —sin quiromancia ni lectura de café de por medio— tu verdadera edad. Se supone que la cantidad de años cumplidos es una cosa y el trato que se le ha dado al bulto es otra. De modo que, dependiendo del estilo de vida, podemos presentar un traqueteo variable que nos hace aparentar la edad que “tenemos” o varios años más.
Sólo hay que contestar un cuestionario y revelar peso, presión, antecedentes familiares de enfermedades comunes, cantidad de horas de sueño diario, hábitos alimenticios, vicios, horas de ejercicio diario, estado civil, fuentes de estrés y hasta el grado de satisfacción que tenemos con nuestra vida sexual —la nula actividad genera, como en mi caso, oxidación prematura—, entre otras cosillas. Luego te mandan el resultado a tu mail.
Huelga decir que me fui de nalgas —o de bruces, para que se vea más bonito— cuando vi verdadera edad. Qué gacho me ha tratado la vida, de veras. Así que un día de estos me hago vegetariana, practico yoga o por lo menos box para canalizar mi ira, me convierto en una cínica conchuda, me caso por la iglesia y, sobre todo, fornico placenteramente con todos los prójimos que me lo propongan. Mientras tanto, estoy irremediablemente rodando en el abismo de la decrepitud. Snif.
Por cierto, la dichosa página es: http://www.realage.com

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