jueves, septiembre 20

El Contento

Aunque en las últimas décadas el porcentaje de divorcios se ha incrementado de manera alarmante —las mujeres ya no aguantan lo que antes, se lamentan las sapientes abuelas—, la gente decente continúa casándose por las tres leyes: por el civil, por la iglesia y por pendeja, o al menos así dicen en mi pueblo.
Lo más bonito del asunto es que, pese a la podredumbre social en la que chapoteamos, aún es posible encontrar ciertas costumbres que de tan tiernas hacen llorar. Como esa que consiste en pedir a una muchacha en matrimonio a cambio de una buena cazuela de mole y un pomo.
Me acaban de contar que eso todavía sucede en los pueblitos que rodean la corrompida mancha urbana de la ciudad de Toluca —ni pregunten el nombre de los pueblitos porque reprobé geografía— y yo, con un ojo al borde del derrame, me puse a averiguar las técnicas milenarias que aún son utilizadas para conseguir esposa.
Resulta que un buen día, un par de mozuelos imberbes se echan ojitos y conocen la felicidad de sudarse las manos —luego se sudan otras cosas, pero ese es tema de un blog más porno—. Después de un rato de sudores compartidos, la mayoría de las parejas alcanzan el paroxismo del amor —algo así como la cima de la estupidez— y deciden casarse por las tres leyes referidas.
En ese momento hay dos opciones: armar lo que se conoce como El Contento, o robarse a la novia. El primer camino es, digamos, protocolario. Básicamente consiste en que la novia prevenga a sus sacrosantos padres y, todos vestidos con su ropa de domingo, esperen en casa la llegada del novio y sus respectivos progenitores. La familia del joven lleva una especie de tributo integrado por una olla de barro llena de mole, un buen pomo —o un cartón de chelas, de perdis— y hasta una canasta llena de fruta. Los padres de los chamacos inician la negociación y cada quien manifiesta sus expectativas respecto a la boda y otras minucias. Ese es el momento en que la madre de la novia instruye a ésta en las deseables virtudes de la sumisión, la abnegación y artes tales como poner la otra mejilla o convertirse en trapeador —¡todo por una pinche olla con mole!—. Una vez arreglado el asunto y todos contentos —supongo que de ahí viene el nombre—, la familia de la novia decide si invita a sus futuros parientes a tragar o los despide amablemente. Es de llamar la atención que el mole ofrendado es para uso exclusivo de las mandíbulas, esófagos, intestinos y todo lo demás, de la familia de la muchacha.
La segunda opción —robarse a la novia— no es tan complicada como parece y es ampliamente utilizada cuando a la pareja de mozalbetes le gana la calentura. Así, una noche de intensa pasión, la joven se queda a dormir en casa de su novio en flagrante humillación de su honra, antaño intacta. Al otro día, cuando el revolcón nocturno es descubierto, el padre del muchacho sale a la calle con su cara de imbécil y visita a los padres de la jovenzuela para avisar que, en sus propias narizotas, un quinto murió en un cuarto. Como podrán apreciar, nadie se roba a nadie y, de hecho, la novia se queda por su gusto y coopera solícita en el arduo y sudoroso proceso de la perdición de su honra. Este camino deja al novio convertido en un perfecto idiota, porque es su padre el que soporta los reclamos, mentadas de madre y hasta balazos del progenitor agraviado. Posteriormente, y con las ganas de armar un Contento, una olla de mole viaja de una casa a otra y todos felices planean la boda.
Con lo que concluyo varias cosas: 1) Si Esaú vendió su primogenitura por un jodido plato de lentejas, bien vale la pena vender una hija por una ollota con mole; 2) Los jóvenes de ciudad en edad casadera pueden organizar expediciones a los pueblos vecinos y conseguir, a precio de ganga, una mujer buena, sumisa y abnegada; 3) Todas las honras tienen un precio, y un vaso de mole Doña María puede, paradójicamente, quitarle lo mancillado a cualquiera; 4) Las esposas pueden ser intercambiadas por comida, vacas, gallinas y chelas, pero en ningún sitio en el planeta es posible conseguir a cambio de tan poco un esposo inteligente, alto, fornido, tierno, atento y fornicador; 5) Si mi padre se entera de las técnicas milenarias, puede que él mismo haga el mole, pero para ofrecérselo al primer pazguato que encuentre, a cambio de que cargue conmigo; 6) La gente decente, en esencia, siempre se casa por la tercera ley. He dicho.

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