jueves, septiembre 20

Comida rápida

Son las tres de la tarde y tus tripas chillan como si las estuvieran degollando —porque, ¡oh sí!, las tripas son degollables—, señal urgente e inequívoca de que hay que alimentarlas. Es menester conseguir comida rápidamente, so pena de sentir cómo se tragan unas a otras y, de paso, muerdan hasta tus riñones.
¿Tacos de obispo? No ¿Tacos de guisado? Mmm, tampoco. ¿Tortas del ojeis? ¿Alguna otra delicia gourmet del centro de Toluca? Nel. ¿Ir a casa a guisar dos suculentos huevos con jamón? Qué flojera, eso de la cocina no se te da. Piensa, piensa.
Caminas en los portales toluqueños y topas con las benditas franquicias gabachas que hacen tan felices a los obesos. Quentoquifraichiquen, Macdonalds y Burguerking. Todas en la misma calle. Te paras en un puesto de periódicos y decides que sí: alguna de esas fábricas de colesterol será buena idea. Después de todo son comida rápida y no te tomará más de media hora, reflexionas.
Quentoquifraichiquen de plano nel: aún tienes fresco el recuerdo de la diarrea cuata que te dio por devorar unas tiras de pollo con ese puré de papa que parece vómito de perro. Ya sólo tienes dos opciones: ¿cajita feliz o corona de cartón? Opción b: el espacio de Ronald McDonald está atascado. Corre, esto urge.
Te apersonas en la caja del rey de las hamburguesas. La recua de empleados adolescentes hace maravillas en la cocina, pero ninguno te sonríe desde la registradora. De pronto aparece una jovenzuela y, con tu mejor cara, comienzas a recitar tu orden. La tipa ni te pela y entonces, un poquito enojada, levantas la voz y le espetas un “¡te estoy hablando!” La escuincla sigue su camino sin dirigirte una mirada y, acto seguido, aparece un mozuelo imberbe que se disculpa por la sordera e idiotez congénitas de su compañera —cuya foto, por cierto, ocupa el anhelado espacio del empleado del mes— e inicia su letanía: “hola buenas tardes, me llamo tal y tomaré tu orden... Ajá, mmm, sí... A ver amiga, te repito tu orden: una bigquiénsabequé con papas y refresco mediano, ¿algún postre para acompañar?... ok, son sepalabolacuántosvaros; recibo tanto, tu cambio es tal. De este lado te entregan tu orden, buen provecho”. Todo con plaguita prefabricada, pero fue rápido.
Con tu ticket en la mano, caminas hacia “ese lado” en que te entregan la orden. No contabas con la cantidad de gente reunida ahí, más los escuincles jodiendo a las sacrosantas madres que no quisieron hacer de tragar como Dios manda. Cinco minutos, quizá diez. Esto ya no es rápido. Comienzas a sulfurarte un poquito. La empleada del mes entrega las órdenes a la máxima velocidad que le permiten sus neuronas, pero no es suficiente para una abnegada madre que grita desesperada porque sus hijitos tienen hambre y “tú no te apuras con la orden que te pedí hace más de veinte minutos”. Haces acopio de paciencia y agradeces a todas las fuerzas terrenas y celestiales porque hay, justo en ese lugar, una vieja más histérica que tú y ya no tienes necesidad de reclamar.
Otros diez minutos y tienes, por fin, una jodida minihamburguesa —te preguntas, como siempre que tragas ahí, por qué demonios las fotos son tan mentirosas—, un vasito pa´ tu chesco, tus papas a la francesa, dos servilletas y varios sobresitos de salsa catsup —o capsut, como dijo la jovenzuela—.
Pasas a la máquina de refresco y llenas tu vaso con coca cola. Vale madre que no sea light, ¿quién puede empaquetarse esas porquerías?, te preguntas, rabiando de hambre con tu nutritiva y balanceada hamburguesa frente a los ojos.
Logras agandallarte una mesita con dos asientos —obvio, todo mundo viene acompañado menos tú—, respiras profundamente y masticas una papa. Tomas un poco de refresco y miras la hora: un “puta madre” se te atora en la garganta. Te quedan sólo cinco minutos para aspirar tus sagrados alimentos y evitar la matanza de tripas. Lo bueno es que buscaste comida rápida.

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