jueves, septiembre 20

El Contento

Aunque en las últimas décadas el porcentaje de divorcios se ha incrementado de manera alarmante —las mujeres ya no aguantan lo que antes, se lamentan las sapientes abuelas—, la gente decente continúa casándose por las tres leyes: por el civil, por la iglesia y por pendeja, o al menos así dicen en mi pueblo.
Lo más bonito del asunto es que, pese a la podredumbre social en la que chapoteamos, aún es posible encontrar ciertas costumbres que de tan tiernas hacen llorar. Como esa que consiste en pedir a una muchacha en matrimonio a cambio de una buena cazuela de mole y un pomo.
Me acaban de contar que eso todavía sucede en los pueblitos que rodean la corrompida mancha urbana de la ciudad de Toluca —ni pregunten el nombre de los pueblitos porque reprobé geografía— y yo, con un ojo al borde del derrame, me puse a averiguar las técnicas milenarias que aún son utilizadas para conseguir esposa.
Resulta que un buen día, un par de mozuelos imberbes se echan ojitos y conocen la felicidad de sudarse las manos —luego se sudan otras cosas, pero ese es tema de un blog más porno—. Después de un rato de sudores compartidos, la mayoría de las parejas alcanzan el paroxismo del amor —algo así como la cima de la estupidez— y deciden casarse por las tres leyes referidas.
En ese momento hay dos opciones: armar lo que se conoce como El Contento, o robarse a la novia. El primer camino es, digamos, protocolario. Básicamente consiste en que la novia prevenga a sus sacrosantos padres y, todos vestidos con su ropa de domingo, esperen en casa la llegada del novio y sus respectivos progenitores. La familia del joven lleva una especie de tributo integrado por una olla de barro llena de mole, un buen pomo —o un cartón de chelas, de perdis— y hasta una canasta llena de fruta. Los padres de los chamacos inician la negociación y cada quien manifiesta sus expectativas respecto a la boda y otras minucias. Ese es el momento en que la madre de la novia instruye a ésta en las deseables virtudes de la sumisión, la abnegación y artes tales como poner la otra mejilla o convertirse en trapeador —¡todo por una pinche olla con mole!—. Una vez arreglado el asunto y todos contentos —supongo que de ahí viene el nombre—, la familia de la novia decide si invita a sus futuros parientes a tragar o los despide amablemente. Es de llamar la atención que el mole ofrendado es para uso exclusivo de las mandíbulas, esófagos, intestinos y todo lo demás, de la familia de la muchacha.
La segunda opción —robarse a la novia— no es tan complicada como parece y es ampliamente utilizada cuando a la pareja de mozalbetes le gana la calentura. Así, una noche de intensa pasión, la joven se queda a dormir en casa de su novio en flagrante humillación de su honra, antaño intacta. Al otro día, cuando el revolcón nocturno es descubierto, el padre del muchacho sale a la calle con su cara de imbécil y visita a los padres de la jovenzuela para avisar que, en sus propias narizotas, un quinto murió en un cuarto. Como podrán apreciar, nadie se roba a nadie y, de hecho, la novia se queda por su gusto y coopera solícita en el arduo y sudoroso proceso de la perdición de su honra. Este camino deja al novio convertido en un perfecto idiota, porque es su padre el que soporta los reclamos, mentadas de madre y hasta balazos del progenitor agraviado. Posteriormente, y con las ganas de armar un Contento, una olla de mole viaja de una casa a otra y todos felices planean la boda.
Con lo que concluyo varias cosas: 1) Si Esaú vendió su primogenitura por un jodido plato de lentejas, bien vale la pena vender una hija por una ollota con mole; 2) Los jóvenes de ciudad en edad casadera pueden organizar expediciones a los pueblos vecinos y conseguir, a precio de ganga, una mujer buena, sumisa y abnegada; 3) Todas las honras tienen un precio, y un vaso de mole Doña María puede, paradójicamente, quitarle lo mancillado a cualquiera; 4) Las esposas pueden ser intercambiadas por comida, vacas, gallinas y chelas, pero en ningún sitio en el planeta es posible conseguir a cambio de tan poco un esposo inteligente, alto, fornido, tierno, atento y fornicador; 5) Si mi padre se entera de las técnicas milenarias, puede que él mismo haga el mole, pero para ofrecérselo al primer pazguato que encuentre, a cambio de que cargue conmigo; 6) La gente decente, en esencia, siempre se casa por la tercera ley. He dicho.

Comida rápida

Son las tres de la tarde y tus tripas chillan como si las estuvieran degollando —porque, ¡oh sí!, las tripas son degollables—, señal urgente e inequívoca de que hay que alimentarlas. Es menester conseguir comida rápidamente, so pena de sentir cómo se tragan unas a otras y, de paso, muerdan hasta tus riñones.
¿Tacos de obispo? No ¿Tacos de guisado? Mmm, tampoco. ¿Tortas del ojeis? ¿Alguna otra delicia gourmet del centro de Toluca? Nel. ¿Ir a casa a guisar dos suculentos huevos con jamón? Qué flojera, eso de la cocina no se te da. Piensa, piensa.
Caminas en los portales toluqueños y topas con las benditas franquicias gabachas que hacen tan felices a los obesos. Quentoquifraichiquen, Macdonalds y Burguerking. Todas en la misma calle. Te paras en un puesto de periódicos y decides que sí: alguna de esas fábricas de colesterol será buena idea. Después de todo son comida rápida y no te tomará más de media hora, reflexionas.
Quentoquifraichiquen de plano nel: aún tienes fresco el recuerdo de la diarrea cuata que te dio por devorar unas tiras de pollo con ese puré de papa que parece vómito de perro. Ya sólo tienes dos opciones: ¿cajita feliz o corona de cartón? Opción b: el espacio de Ronald McDonald está atascado. Corre, esto urge.
Te apersonas en la caja del rey de las hamburguesas. La recua de empleados adolescentes hace maravillas en la cocina, pero ninguno te sonríe desde la registradora. De pronto aparece una jovenzuela y, con tu mejor cara, comienzas a recitar tu orden. La tipa ni te pela y entonces, un poquito enojada, levantas la voz y le espetas un “¡te estoy hablando!” La escuincla sigue su camino sin dirigirte una mirada y, acto seguido, aparece un mozuelo imberbe que se disculpa por la sordera e idiotez congénitas de su compañera —cuya foto, por cierto, ocupa el anhelado espacio del empleado del mes— e inicia su letanía: “hola buenas tardes, me llamo tal y tomaré tu orden... Ajá, mmm, sí... A ver amiga, te repito tu orden: una bigquiénsabequé con papas y refresco mediano, ¿algún postre para acompañar?... ok, son sepalabolacuántosvaros; recibo tanto, tu cambio es tal. De este lado te entregan tu orden, buen provecho”. Todo con plaguita prefabricada, pero fue rápido.
Con tu ticket en la mano, caminas hacia “ese lado” en que te entregan la orden. No contabas con la cantidad de gente reunida ahí, más los escuincles jodiendo a las sacrosantas madres que no quisieron hacer de tragar como Dios manda. Cinco minutos, quizá diez. Esto ya no es rápido. Comienzas a sulfurarte un poquito. La empleada del mes entrega las órdenes a la máxima velocidad que le permiten sus neuronas, pero no es suficiente para una abnegada madre que grita desesperada porque sus hijitos tienen hambre y “tú no te apuras con la orden que te pedí hace más de veinte minutos”. Haces acopio de paciencia y agradeces a todas las fuerzas terrenas y celestiales porque hay, justo en ese lugar, una vieja más histérica que tú y ya no tienes necesidad de reclamar.
Otros diez minutos y tienes, por fin, una jodida minihamburguesa —te preguntas, como siempre que tragas ahí, por qué demonios las fotos son tan mentirosas—, un vasito pa´ tu chesco, tus papas a la francesa, dos servilletas y varios sobresitos de salsa catsup —o capsut, como dijo la jovenzuela—.
Pasas a la máquina de refresco y llenas tu vaso con coca cola. Vale madre que no sea light, ¿quién puede empaquetarse esas porquerías?, te preguntas, rabiando de hambre con tu nutritiva y balanceada hamburguesa frente a los ojos.
Logras agandallarte una mesita con dos asientos —obvio, todo mundo viene acompañado menos tú—, respiras profundamente y masticas una papa. Tomas un poco de refresco y miras la hora: un “puta madre” se te atora en la garganta. Te quedan sólo cinco minutos para aspirar tus sagrados alimentos y evitar la matanza de tripas. Lo bueno es que buscaste comida rápida.

Entre gritones te veas

Yo se que a nadie le importa, pero a mí las fiestas patrias me provocan diarrea y no un exacerbado amor por México. Muchas veces he sido calificada de apátrida porque me resulta un poquito ridículo que el presidente de la república, los gobernadores y hasta el alcalde del pueblito más alejado de la civilización, tengan que colgarse del badajo de una campana y pegar de gritos como si estuvieran en un manicomio. Lo que hay que hacer para tragar. Yo por eso no soy alcaldesa, gobernadora y mucho menos presidenta. Prefiero mi dignidad intacta.
Pero en este México lindo y querido siempre hay una recua de enfermos mentales —voraces consumidores infantiles de Miguelitos, no cabe duda— que hasta se pelean el espacio para gritar. Habiendo tanto despoblado en el que pueden desgañitarse. Lo bueno es que las banderitas y las garnachas hermanan a cualquiera, de manera que cada quien puede gritar lo que le de la gana durante el tiempo que le aguante la garganta. Justo como pasó en el Zócalo, aunque esa ya es historia vieja.
Yo me largué a mi pueblo —así le digo de cariño, pero en realidad, Atlacomulco es una próspera ciudad productora de gobernadores— a hacer lo único que vale la pena durante estas fiestas: tragar, ver los fuegos artificiales, tragar, caminar entre los puestecillos, tragar, encontrarte al cuñado del compadre del vecino del amigo, tragar, huir de las damas de la vela perpetua que a huevo te quieren hacer cooperar para remodelar la iglesia —en Atlacomulco la patria choca con las festividades del santo patrón, el Señor del Huerto— y tragar. Tragar, tragar y tragar.
Fue muy divertido: mi familia y yo estuvimos a punto de morir tatemados —y engalanar la contraportada de este egregio periódico— cuando los fuegos artificiales se salieron de control. Vagué entre puestos de tamales, atole, enchiladas, tacos, pambazos —o panbasos, como decían los letreros—, tostadas, flautas y cuanta garnacha les pase por la memoria y, por supuesto, me empaqueté una impresionante dosis de vitamina T. Odié profundamente a un señor que, con voz lastimera, suplicaba a la concurrencia pasar a comerse un plato de pozole y salvar su alma del pecado, pues lo recaudado será utilizado para remodelar la iglesia —y yo me chupo el dedo—. Me mofé cruelmente del vocalista de una banda que cantaba a ritmo de pasito duranguense canciones cristianas, católicas o lo que sea, y que además se la pasó hablando del Señor del Huerto como si fuera su compañero de peda.
Me harté de tragar y volví a casa a ver el grito por televisión. Me chuté la ceremonia encabezada por ese señor que no es mi presidente, deseando con todo mi corazón que se fuera de hocico desde el balcón en el que gritó lo que gritan todos en esas circunstancias. Le cambié de canal y ya no encontré a nuestro gober precioso perdiendo el glamour con los falsetes que derivan de los alaridos: en su lugar me topé con Nalgayanzin, esa beldad que engalana las pantallas mexiquenses. Dormí como una bendita y soñé con más garnachas.
El domingo fue día de desfile y evidentemente rematé tragando huaraches en el centro. Le menté la madre a los profesores que, micrófono en mano, relataban la historia de los héroes que nos dieron patria, porque los muy tarados no podían leer de corrido un párrafo redactado con las patas.
Regresé a casa a tragar, me vine a Toluca y tragué más —¡ya picados y encarrerados!— y ahora sospecho que para mí la ceremonia del grito apenas está por comenzar. Movimientos intestinales atípicos me indican que, en breve, estaré gritando escondidita en el baño, aunque eso es cosa que tampoco les importa.

Peras al olmo

Estimado Fe-Cal, presidente espurio:
Haré un esfuerzo sobrehumano para hablarle —o escribirle, en realidad— de usted, trato que destino sólo a las personas que me inspiran simpatía, admiración o respeto. Usted no me inspira, ni por error, nada de eso, pero haré una excepción sólo porque, aunque no lo sepa, usted y yo somos —para mi desgracia— un par de leos nacidos un 18 de agosto de distintos años, aunque del mismo siglo.
Hecha la aclaración, vayamos al grano: me permito escribirle esta misiva para increparlo por la liliputense progenitora que posee. Hace unos días me enteré de que tiene usted la intención de aumentarse el sueldo. Que pidió a los diputados le cumplieran el sueño de ganar 58 mil 40 pesos más al mes durante 2008, lo que hará que se embolse algo así como 2 millones y medio de varos al año, más 832 mil 136 pesos en prestaciones.
Entiendo poco de finanzas, y menos a esos niveles, así que no me voy a poner a sumar cuánta lana va a sangrarle al país durante el siguiente ejercicio fiscal. Lo que quiero decirle es que lamento sinceramente que el cacareado discurso de la austeridad le esté revoloteando en los tanates, o lo que es lo mismo: que se lo haya pasado por el arco del triunfo, pese a que usted mismo se bajó el sueldo al iniciar su administración.
Siempre me ha importado un rábano saber cuánto gana la gente porque, salvo contadas excepciones, suelo entablar relaciones con personas decentes y trabajadoras, de modo que lo que sea que perciban a la quincena, me parece un justo intercambio por sus actividades y talento. En su caso la cosa cambia, porque tengo mis dudas acerca de que usted trabaje y, sobre todo, porque como me he cansado de repetirlo, usted no es mi presidente y el único talento que yo le conozco es el de aparecer de repente —como el conejo que sale del sombrero de copa de un mago—, justo como hizo el día de su toma de protesta.
Ya se que la vale gorro, pero 2 millones y medio de pesos al año me parecen una mentada de madre y un pago excesivo a las horas nalga que hace usted en los Pinos, sobre todo si pienso que para ver todo ese dinero junto, yo tendría que trabajar durante más de treinta años, sin gastar absolutamente nada, es decir: sin tragar, sin rentar casa, sin pagar luz, gas y esas minucias domésticas en las que se va el miserable presupuesto del mexicano. Y las posibilidades de que tal milagro ocurra dependen, por una parte, de que mi jefe no me de una patada en el orifánfano y me deje desempleada y, por otra, de que yo consiga un bondadoso marido que me mantenga —pero ya me quedé de muestra, dicen por ahí— y pueda acumular el producto del sudor de mi frente.
Como esa situación no existe más que en mi imaginación, siento algo así como un retortijón en la panza —y no son las tripas, sino mis trompas de falopio enredadas en nudo ciego— cuando pienso en toda la lana que usted “gana”, mientras al país se lo carga la chingada y el populacho estira los pesos y los centavos para que le alcance para la comida de mañana.
¿Sería mucho pedir que tuviera un poquito de decencia? Yo se que es difícil que siquiera conozca la palabra, pero el día que quiera se la enseño en un diccionario. Me queda claro que usted se cayó de la cuna cuando era chiquito y eso afectó irremediablemente sus facultades mentales, pero ¿por qué además de idiota tiene que ser ojete? ¿No tiene suficiente con ser panista y por ende analfabeto? Tenga un poco de piedad con los desharrapados, tantita méndiga vergüenza, aunque sea un gramito de empatía o lo que sea que necesite para no robar en despoblado. Aunque seguramente eso será pedirle peras al olmo, como dicen en mi pueblo.

PD. Por cierto, también me enteré de que Hacienda salió en su defensa diciendo que es falso que usted haya pedido un aumento de sueldo, pero la mera neta, entre creerle a La Jornada y a las ratas de la SHCP, no dude que me voy —que de hecho me fui— con la primera opción. ¡Saluditos!

jueves, septiembre 6

En el abismo de la decrepitud

Tengo 25 años pero mi vida disipada y las malas compañías hacen que aparente casi 30. Que un hijo de su mal dormir o hasta un gran cuate me calcule más de 28 es cosa común en mi arrugada y decrépita vida. Hubo incluso una bestia peluda que apostó su hombría a que yo tenía 30 años cumpliditos, y todo mundo pone cara de incredulidad cuando recito mi fecha de nacimiento: 18 de agosto de 1982, 13:00 horas —lo que me convierte en una Leo con ascendente Escorpión, aunque mi jefe me crea idiota por andar divulgando esas cosas. Digo, él es Escorpión con ascendente Leo, así que no se le puede pedir compasión—.
Si a mis patas de gallo —que a veces ya parecen axilas de elefante—, le agregamos que soy una perra malhablada y peor portada, no es extraño que todos digan que miento por obra y gracia de esa cosa que es parte de la vomitiva coquetería femenina y consiste, básicamente, en quitarse años, dejar de cumplirlos y cumplir la misma cantidad en repetidas ocasiones.
No soy femenina y mucho menos coqueta —sabrosear al prójimo es, en realidad, un hobbie— pero me duele en lo más profundo de mi ser verme más vieja de lo que soy. Sucede que la vejez —imaginarme, de hecho, anciana y decrépita—, me provoca un sentimiento mezcla de coraje, terror, abulia, depresión y dolor, que no puedo soportar. Hace muchos años decidí que no voy a llegar a vieja. Si estoy en buenas condiciones planeo suicidarme a los 60 años. Si antes, digamos a los 50, me da cáncer en la uña del dedo gordo del pie izquierdo, me pegaré un balazo en la cabeza antes de pasar por los infames tratamientos. Si a los 30 y tantos, casi 40, descubro que tengo sífilis, sida o alguna otra enfermedad de “mujer mala”, me dedicaré a contagiar a medio mundo —¡la dulce venganza!— y luego me pego el tiro. Lo que sea con tal de evitar la momificación en vida.
Ya se que a nadie le importan mis preocupaciones gerontológicas, pero sucede que apenas me encontré un bonito sitio de internet que te revela —sin quiromancia ni lectura de café de por medio— tu verdadera edad. Se supone que la cantidad de años cumplidos es una cosa y el trato que se le ha dado al bulto es otra. De modo que, dependiendo del estilo de vida, podemos presentar un traqueteo variable que nos hace aparentar la edad que “tenemos” o varios años más.
Sólo hay que contestar un cuestionario y revelar peso, presión, antecedentes familiares de enfermedades comunes, cantidad de horas de sueño diario, hábitos alimenticios, vicios, horas de ejercicio diario, estado civil, fuentes de estrés y hasta el grado de satisfacción que tenemos con nuestra vida sexual —la nula actividad genera, como en mi caso, oxidación prematura—, entre otras cosillas. Luego te mandan el resultado a tu mail.
Huelga decir que me fui de nalgas —o de bruces, para que se vea más bonito— cuando vi verdadera edad. Qué gacho me ha tratado la vida, de veras. Así que un día de estos me hago vegetariana, practico yoga o por lo menos box para canalizar mi ira, me convierto en una cínica conchuda, me caso por la iglesia y, sobre todo, fornico placenteramente con todos los prójimos que me lo propongan. Mientras tanto, estoy irremediablemente rodando en el abismo de la decrepitud. Snif.
Por cierto, la dichosa página es: http://www.realage.com

Rata de dos patas

Hace algunas semanas lamenté frente a un amigo lo que me pareció era la decadencia de Toluca. Distraída como soy, apenas caí en la cuenta del incremento de automóviles que circulan en esta ciudad. Del escándalo que protagonizan y que se suma a las marchas, manifestaciones y mentadas de madre públicas que organizan una increíble y variopinta serie de grupos y asociaciones con tal o cual interés; de los niños que, en vez de estar en la escuela, venden chocolates o chicles en cruceros y camiones. Etcétera, etcétera.
Claro, esto no es nuevo y resulta más que evidente para una persona normal. Lo que sucede es que yo no soy muy normal que digamos y ese tipo de cosas pueden conmoverme hasta las lágrimas —de hecho soy capaz de salir corriendo a comprar una bolsa de galletas de animalitos para el suicidio—. Total, que le dije a mi cuate algo así como: a esta ciudad ya se la llevó la chingada, ¿verdad? La interrogante era más bien una súplica, una especie de esperanza: yo quería estar equivocada. Y el muy desfachatado no sólo me dio la razón sino que, mirándome como si yo fuera tarada, gritó: ¿A esta ciudad? A todo el país, ingenua.
Y es que, en efecto, soy una pobre venadita que habita en la serranía —característica que me convierte en una ingenua crónica que puede llegar a la idiotez—, de modo que me negué a aceptar el veredicto del susodicho cuate y me puse a describir las cualidades del género humano; aseguré que aún hay gente buena en el planeta, que todos los pordioseros y desempleados son víctimas del sistema neoliberal y las babosadas panistas, que el hombre es bueno por naturaleza, que un vaso con agua no se le niega a nadie y que es menester amar al prójimo como a uno mismo —sobre todo si el prójimo mide uno ochenta y tiene una musculatura bien trabajada—. De esos temas pasé a la descripción apasionada de las abejitas que polinizan las flores y los niños rubios que nacen de las lechugas. Al borde del suicidio, abandoné al amigo y me fui con mi fe en la humanidad intacta.
Pero días después perdí toditita la inocencia —¡oh Dios, por qué me has abandonado!—: resulta que un gandul hijo de tal por cual metió su huesuda y mugrienta mano en mi inocente y tierno morral. Claro, eso pasa todos los días, sobre todo en la quincena, pero a mí nunca me había sucedido y por nada se me rompe el corazón.
Sucedió en la esquina de Lerdo y Bravo. La molona chipi chipi amenazaba con dejarme ensopada si me atrevía a caminar, como de costumbre, hasta las oficinas de el egregio periódico —como dice mi jefe— en el que finjo que trabajo, así que decidí tomar un camión y rebotar un ratito. Cuando estoy esperando algo parezco un poco más distraída de lo normal: blanco perfecto del delito. En cuanto vi el camión avancé y, en el camino, se me atravesó un jovenzuelo que se trepó de dos zancadas y le pidió cambio al conductor. Yo me subí enseguida a la unidad, pero de repente me sentí atorada, así que volteé para identificar el obstáculo y, qué caray, detrás de mí una rata de dos patas; un tipo delgado, moreno, un poco sucio, tenía su manota metida en mi bolsa. Acto seguido jalé mis pertenencias y me descosí con lo más selecto de mi florido vocabulario. El tipo huyó ante la escandalosa verborrea y no logró sacarme nada, pero me dio un baño de realidad bastante hojaldra y, lo que es peor, convirtió mi hasta entonces inmaculada fe en la humanidad, en algo así como una meretriz revolcada en el arroyo inmundo de la vida galante. De plano, ya nos cargó la chingada. Sufro.

Orgía algebraica

A decide un buen día —porque siempre es una decisión, bendito dios— que está perdida e irremediablemente enamorada de B. Guiada por sus hormonas, pone en marcha un complicado sistema gesto-motriz que tiene como objetivo conseguir los favores de B, a la sazón un jovenzuelo algo famélico y delicado, pero eso sí: muy macho.
A ensaya frente al espejo el más cadencioso quiebre de caderas, el más coqueto sube y baja de pestañas, el exaltado y voluptuoso paseo de la lengua sobre el labio inferior. Una vez dominado el sistema, se dedica a exhibirlo frente a B quien, pese a todo, ni la pela. Nada de nada: ni un lazo le echa a la pobre. ¡Tragedia bíblica!
Despechada y con el rímel corrido de tanto llorar, A se refugia en brazos de C, un mozalbete al estilo de B; algo así como lomismoperomásbarato.
A y C viven tórrido romance que se ve interrumpido por los celos de B —¿no que no quería?—. A, idiotizada porque al fin le hace caso el objeto inicial de su afecto, se da gusto con un megafajecuasicaldo después de las clásicas chelas desinhibidoras.
Como consecuencia de tan macabro acontecimiento, C manda a A al demonio y entabla una nueva relación con D, una muchacha de no malos bigotes. Mientras tanto, A y B dan rienda suelta a la pasión, o por lo menos eso contaban.
Meses después, B engaña a A con E —un muchacho también famélico y delicado—, es decir: B se declara bisexual y destroza el corazón y la autoestima de A, quien, para no perder la costumbre, corre a buscar consuelo esta vez en brazos de F, un adulto más viril.
Pasada la euforia del descubrimiento, B se declara abiertamente homosexual, termina su relación iniciática con E —decir que lo mandaron al demonio sería más honesto— y confiesa a grito pelado que, en realidad, siempre ha estado enamorado de C.
Mientras tanto, A y F se mandan mutuamente al demonio. Resulta que así como A, F buscó un clavo que le sacara a G, una tuerca muy bien amarrada. Ni con intensas sesiones de cine, picnic y kamasutra, consiguieron A y F olvidar a B y a G —respectivamente, para que no se hagan bolas—, de modo que cortaron por lo sano.
Por su parte, C descubre que los no malos bigotes de D la orillan, irremediablemente, a revolcarse con medio mundo, así que la desecha cortestemente.
B comienza entonces a cortejar a C. De manera descarada, intenta convencerlo de las bondades que acarrea agacharse por el jabón. Una noche, con varias chelas encima, C acepta ser novio de B, quien, obviamente, rebota de la felicidad.
Sin embargo, C reacciona con la cruda y rechaza a B porque “yo sí soy muy macho” y para que no quede duda, corre a buscar a A y la rescata del dolor de haber besado a tantos sin quedarse con ninguno.
Pero... ya me hice bolas así que mejor le paro.

Malestares de autobús

Treparse a un autobús es cosa común. De hecho, para el alto porcentaje de jodidos que, como la que esto escribe, no tienen automóvil, el trajín camionero es cosa de todos los días.
De acuerdo con mi amplia experiencia en materia de transporte, hay tres tipos de autobús, a saber: el urbano, que sirve para recorrer una ciudad de cabo a rabo y, en términos prácticos, permite viajar de los portales de Toluca a la colonia Jiménez Gallardo, por poner un ejemplo; otro que no se cómo se llama —aunque en mi pueblo le dicen guajolotero o guajolojet—, y se usa para andar de pueblo en pueblo o de una ciudad a otra en recorridos no mayores a tres horas; y finalmente los autobuses equipados con baño y aire acondicionado, especiales para viajes largos, osea, según yo, aquellos que rebasan las tres horas en promedio.
En el caso de los autobuses urbanos, resulta interesante concentrarse en su pintoresco aspecto. Muchos de ellos son altares móviles a la virgencita, al sagrado corazón, al santo niño de Atocha y hasta a los Temerarios. Por si fuera poco, algunos son adornados con aplicaciones de peluche multicolor que hacen las delicias de los conductores y sus jacarandosas novias.
Los usuarios consuetudinarios del transporte toluqueño —para hablar acerca de mi realidad inmediata— hemos tenido que hacernos expertos en el arte de conservar el equilibrio y, al mismo tiempo, salvaguardar la honra, sobre todo a la hora en que los camiones se atascan. Además, somos copilotos y testigos de los arrancones y carreritas que cualquier hijo de vecino que se dice chofer se avienta con uno de sus homólogos. Y ni hablar de las estaciones de radio con la música favorita del conductor a todo volumen.
La experiencia de viajar en urbano es altamente recomendable si no queda de otra, pero no es apta para cardiacos ni para enfermos de esclerosis, parkinson u osteoporosis.
La cosa cambia con el guajolojet, obra maestra de los sabios transportistas. Ya sea que se aborde en la terminal oficial o en alguno de los puntos utilizados como tal —por obra y gracia de la máxima popular “aquí nomás mis chicharrones truenan”—, siempre cabe la posibilidad de que algún alma caritativa se siente a tu lado cargando un buen guajolote —de ahí el nombre— con las patas amarradas, o un litro de pulque. A veces los hambrientos pasajeros arman la comilona y el aire camionero se viste de chorizo, huevo, atún, barbacoa y hasta pollo rostizado.
Pero los viajes son tranquilos y hay chance de echarse una jetita de una hora. Eso sí: hay que estar atentos para no pasarse y terminar en otra ciudad. Me han contado que eso suele sucederle a los despistados, crudos y desvelados.
En tanto que los autobuses supuestamente diseñados para viajes largos pueden ocasionar severos transtornos en las mentes y cuerpos débiles. Para empezar, los asientos —que supuestamente tiene la capacidad de plegarse para simular una cama—, son duros como una méndiga piedra, de tal suerte que la jetita de dos horas se convierte luego en tortícolis que jode por lo menos una semana. Por otro lado, el artificial aire acondicionado —que en el 90% de las unidades no se puede apagar ni con la técnica del fregadazo—, suele ocasionar gripes y hasta pulmonías que no son nada artificiales. El clímax de los malestares propiciados por este tipo de autobuses, llega a la bendita hora en que la vejiga molesta. Están, como ya dije, equipados con baños que, sin embargo, son más propios para un liliputense equilibrista que para un cristiano común y corriente. Y es que para una simple meadita hay que agarrarse hasta con los dientes y, como la mayoría de la gente está acostumbrada a hacer de aguilita, los bordes de la pseudotaza quedan como pila bautismal. Para acabarla de amolar, nunca hay agua y siempre hay en el ambiente un tufillo a orines viejos que no desaparece por más cloro que se utilice. Si es que los lavan, por supuesto.
El usuario de este tipo de transporte debe estar conciente de que llegará a su destino un poquito adolorido. Digo, no pasa de sentir el cuello como el de los pollos muertos que cuelgan en los mercados. Y unas punzadas bárbaras por ahí por los riñones; y los pies hinchados por una atrofia en la circulación; la espalda molida, como después de una golpiza o una intensa noche de amor y etcétera, etcétera.