lunes, agosto 13

Trío voyeurista

Pegados como moscas en una ventana en la que pasa todo, hallábanse
cierta mañana un trío de adultos jóvenes, ya bastante cotorreados. La
tríada estaba conformada por un individuo del sexo masculino alto,
moreno, con el cabello al rape y la edad de Cristo atorada en la
garganta; otro sujeto del sexo masculino no tan alto, moreno, con el
cabello largo sin cepillar —y sin lavar— y sus casi treinta años de la
mano; un ejemplar del sexo femenino bastante fodongo, enano, blanco,
con cabello largo cepillado y casi veinticinco años jodiéndole la
vida.
El disparejo trío está unido por lazos invisibles e incomprensibles
para el grueso de la población. Esa mañana se solazaban en uno de sus
principales placeres que, además, es una de sus principales
herramientas de trabajo: la observación.
El objeto de su atención era una pareja de adolescentes —o pubertos,
como se quiera ver: no pasaban de los dieciséis años— que,
arrinconados en las afueras de la iglesia de la Santa Veracruz, daban
rienda suelta a sus hormonas.
El trío voyeurista estaba de lo más entretenido, sobre todo porque
comenzaron a diseccionar a la pareja en cuestión. Es decir, calcularon
edad, estatura y peso —aportación de los sujetos del sexo masculino—,
estatus social, nivel de estudios, etcétera. Además de esas
características evidentes para todo buen observador, los fisgones
imaginaron el nombre, la casa, los familiares, los gustos, etcétera de
los observados. También elucubraron respecto a los meses, semanas,
días e incluso horas que tenía de duración el noviazgo de los
chamacos.
Una vez agotados estos temas de observación-conversación, la atención
de los voyeuristas se concentró en lo esencial: el jovencito, con las
hormonas al tope, se encontraba recargado contra la barda amarilla de
la iglesia referida; la jovencita, con el mismo problema estrogenil,
se hallaba directamente recargada contra el cuerpo de su calenturiento
novio. Ambos se miraban durante segundos intensos y luego se
prodigaban besos igualmente intensos. El trío de fisgones se dedicó
durante un buen rato a echarle porras al jovencito, animándolo a hacer
más intenso el abrazo. Como si los escuchara, el chico desplazaba sus
manos de cuando en cuando: de los hombros a los brazos de su amada; de
los codos a las manos; de las manos a la cintura, al talle; de ahí a
la cadera, al inicio de las nalgas; del preludio de trasero a la cima
de la montaña.
Y los observadores, de inicio tan animados, comenzaron a embarrarse
de nostalgia y a ponerse tristísimos. Y es que, según concluyeron
varias horas después con tres caguamas de por medio, a sus 25, 27 y 33
años sólo les quedaba el recuerdo de ese descubrimiento. Del primer
acercamiento a la carne ajena. Del avanzar lentamente, con timidez,
como esperando la cachetada de tu amada por haberle tocado un seno.
Esa novedad que no volvería nunca y que, maldición, no podría revivir
ni siquiera una escena como la que presenciaron en la mañana. Aunque
luego, superada la nostalgia y vomitada la cerveza, concluyeron que,
invariablemente, esos jovencitos se enfrentarían muchos años después
con el fantasma de su recuerdo. Con la imposibilidad de asir de la
pasado. Porque todos los finales son siempre lo mismo.

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