lunes, agosto 13

Manejar o no manejar: he ahí el dilema

De veras que hay gente negada para ciertas cosas. Desde amarrarse los
zapatos hasta volar un avión. La lista de actividades para las que una
persona de plano no tiene las neuronas necesarias, es bastante larga y
variopinta; muestra, además, distintos grados de complejidad. Yo por
ejemplo —y eso se lo cuento a todo el que tenga ganas de escucharlo...
y al que no las tenga también—, no puedo manejar.
Sufrí mucho al descubrirme incompetente para desempeñar esa actividad
que cualquier macho cuasimongoloide hace sin problemas. Pero luego de
mucho intentarlo —porque claro que lo intenté—, hace como medio año
que me di por vencida. Como se dio por vencido mi padre luego de
mentarme la madre en esas largas tardes atlacomulcas en las que,
sentado a mi lado —es decir, paralizado de terror y amarrado al
asiento— hacía su mejor esfuerzo para que yo coordinara los pies, los
ojos, las manos y todo lo demás en busca, ya no del buen manejo, sino
del No-choque. Desgraciadamente confundo el acelerador con el freno y,
una de esas tardes en que dejé el carro a punto de besar un poste, mi
padre se declaró vencido. No sin antes mentarme la madre por última
vez, claro.
Un poco chapado a la antigua, mi progenitor asegura que el saber
manejar es esencial para una buena vida en este planeta. Así que dejó
en las manos de mi pequeño hermano la responsabilidad de convertirme
en una buena conductora. Excuso decir que las mentadas fueron más
sabrosas, porque ahora yo las podía regresar —a mi padre no le mentaba
la madre, obviamente—. De modo que esas "clases de manejo" se
convirtieron más bien en una especie de diarrea verbal subida de tono
—tanto en la "calidad" de las palabras como en los decibeles—, hasta
que mi pobre consanguíneo también se dio por vencido. El principal
motivo fue mi inquietante habilidad para meter la cuarta velocidad en
lugar de la segunda, aunque seguramente también influyó ese estilo que
tengo para dar las vueltas y subirme a las banquetas.
Comprendí entonces que la sinapsis que realizan a duras penas mis dos
neuronas no da para tanto. Y como soy muy considerada con mis
semejantes, no me atrevería a subirme a un carro y poner en peligro
vidas inocentes.
Lo malo es que en esta gélida ciudad, hay pocas personas con una
clarividencia y humildad como las mías. De manera que en todas las
calles se encuentra uno a verdaderos imbéciles que no quisieron
aceptar su imposibilidad de manejar decentemente.
La gente "de ciudad" se burla de mí porque soy "de pueblo" —aunque
debo aclarar que Atlacomulco no es pueblo, sino una prominente ciudad
y quienes dicen lo contrario están movidos por la envidia corrosiva,
ni duda cabe—, y me da un poco de miedo cruzar las calles. A veces
tengo que esperar a que no pase ningún vehículo. Pero no es porque yo
sea tarada y no me sepa cruzar, sino porque aquí todos manejan como
diablos perseguidos por Jesucristo, como dice mi sacrosanta madre.
Por ejemplo, no es posible que los automovilistas esperen el siga
haciendo ronronear sus motores y, a punto de ver el verde, metan su
patota en el acelerador sin importarles la gente que apenas va
cruzando la calle. ¿Mucha prisa o qué? ¿son arrancones o qué demonios?
Cuando el peatón quiere cruzar, no tiene las más remota idea de
cuántos segundos le quedan de gracia, y se lanza a la aventura de
alcanzar la otra orilla, llevándose a veces la poco grata sorpresa de
un jodido orangután que no puede esperar.
¿Habrá alguien que ponga atención a esto? Es una tragedia que veo o
vivo todos los días, de hecho, más de una vez he tenido que mentarle
la madre a un conductor que se siente Fitipaldi. ¿Y los polis de
tránsito? ¿Y los buenos modos?

1 comentario:

Pp dijo...

Muchas gracias por ese gesto de no arriesgarnos al tenerte al volante jajaja... no es cierto, cuando quieras, te doy unas clases, ya ves que soy muy paciente... y chance y funciona...