miércoles, agosto 15

Lo inesperado de la literatura de David Coronado


Hay algo de prosaico en la escritura de David Coronado. Algo que lastima. Algo indefinible que germina en su mirada profunda —un poquito salvaje, de indomable ternura— y que termina en la punta de sus dedos; en el momento en que sus yemas rozan el teclado y dan a luz fantasmas. Los suyos, los colectivos: los de todos que son también los de nadie. Fantasmas que habitan sus poemas y su prosa, con la sonrisa indefinible del que ha devorado sin pensar, un Bocado de Sal, justo como en el título de su primer libro.
El arte del fregadaso
José David Coronado García nació un 25 de mayo de 1974 en la Ciudad de México. A los siete años, la familia se muda al municipio mexiquense de Xalatlaco, donde realiza sus estudios básicos y tiene su primer contacto con el arte: un grupo de baile folclórico al que se unió durante la preparatoria. A los diecisiete años regresa al Distrito Federal y comienza a asistir a talleres literarios, movido por una profunda necesidad —y placer, habría que agregar— de comunicar. "Quienes me conocen saben que hablo mucho, que platico mucho. Me gusta relacionarme con las personas, ese es un pretexto: poder llegar con gente que no conozco y hacerles saber parte de lo que pienso, de cómo veo las cosas".
Otra de las motivaciones de este joven escritor es el lenguaje: "me gusta el idioma, me llama mucho la atención las posibilidades comunicantes que tiene". Con su mano derecha, David sostiene su cabeza y un delicado sin filtro; entrecierra los ojos y agrega que quiere seguir explorando el lenguaje. Hacerle el amor.
Otro motor es la vanidad de este hombre que siempre viste de negro y deja la ropa colorida para los días en que está triste o de mal humor. Por si fuera poco, David es un ojete. Lo acepta entre cínicas sonrisas, "me gusta lastimar, entonces, me gustaría envenenar a quien se deje". Por eso escribe, para eso escribe. Y vaya que consigue lastimar, envenenar: sin otra arma que el lenguaje, David Coronado se dedica a darle fregadazos limpios a quien se ponga enfrente.
Dulce bocado de sal tu presencia
Como muchas de la buenas cosas de la vida, Bocado de Sal surgió de manera completamente inesperada. Los textos nacieron durante una época muy difícil "son en su mayoría textos extraídos de las vivencias de Coronado, no es autobiográfico pero surgen durante una época muy cabrona para mí. Tenía una crisis espiritual, económica, de valores. Estaba dado a la chingada", explica David mientras se rasca su cabeza rapada.
Paulatinamente comenzó a dejar la mala racha y en su camino encontró personas que le permitieron hacer lo que quería y le abrieron la puertas. Un ejemplo fue el Museo José María Luis Mora de Ocoyoacac. David conoció y trabó amistad con la entonces directora —Gisela Neri—, una mujer sumamente sensible a las manifestaciones artísticas y, además, "entusiasta partidaria de las causas perdidas, de las espinas y de la generosidad con los amigos", quien finalmente le ayudaría a publicar.
El resultado es este Bocado de Sal, un híbrido un tanto descuidado —a decir de David—, ya que con la oportunidad en las manos "me emocioné y metí de todo. Se ve un poco revuelto, aunque quise mantener la esencia de mala leche con los que algunos textos están hechos".
Mala leche quizá sea el binomio perfecto para describir este primer trabajo formal: David señala que el libro le roba algo de cinismo al autor y vuelve a reconocer "sí soy ojete. Con excepciones, soy capaz de estar muy, muy involucrado con algunas personas y alejarme sin dolor alguno, sin extrañarlas y sin remordimientos. No sufro".
David no sufre: goza. Y goza más si hace daño. Le gusta señalar las cosas que nadie ve; procura encontrar el lado divertido, sarcástico, de la situación más desgarradora. Sal para hacer cicatriz, después de todo.
Novela ajedrecística
Y si Bocado de Sal es —desde el humilde punto de vista de quien esto redacta— un texto osado, apasionado, original y tan intenso que duele —cualidades todas que bastan para hacerlo inolvidable—, el siguiente trabajo de David Coronado supera con creces lo hasta ahora realizado.
El pretexto es el ajedrez, juego de mesa que ha acompañado al autor desde los siete años: David prepara —con el apoyo del Fondo para la Cultura y las Artes del Estado de México, del cual es actualmente becario— una novela ajedrecística, como la bautizó.
Todo comenzó durante Sólo sueños, primer taller de literatura que David dirigió en Santiago Tianguistenco. Los asistentes eran, además de amigos, ajedrecistas empedernidos que se pusieron un reto: recorrer las 64 casillas del tablero con el movimiento del caballo —que avanza tres cuadros— sin repetir casillas. Después de quebrarse la cabeza, uno de los amigos dio con la solución; realizaron el esquema de los movimientos, sacaron copias y el asunto quedó en el olvido.
Tiempo después, con cervezas de por medio, David habló con alguien acerca de la posibilidad de "contar algo que siguiera ese mapa numérico". Y así inició lo que se convertiría en un ambicioso proyecto que plantea una interesante, aunque arriesgada, innovación estructural.
Conforme avanza en el texto, David se ha dado cuenta —brincando de la emoción al terror—, del gran reto que tiene entre sus manos. Y es que la novela puede, por ejemplo, ser leída de tres formas distintas —una especie de homenaje a Rayuela, de Julio Cortázar—: siguiendo los números que propone el caballo, leyéndola linealmente o apuntando la partida. Esta última posibilidad sólo es apta para ajedrecistas consumados, pues implica determinar el número de escaques —coordenadas—.
De este modo, resulta que cada uno de los 64 capítulos que compondrán esta obra, puede servir como un posible inicio pero también como posible final.
"La estructura es ambiciosa y creo que el contenido debe equipararla", asegura el escritor. Por si fuera poco, se trata de una novela polifónica y multigénero, porque mezclará poesía, narrativa pura, prosa poética y piezas teatrales, entre otros. "A mí no me interesa ser cuentista ni novelista ni poeta. A mí lo que me interesa es escribir, echando mano de todas las herramientas". A David le importa un cuerno la crítica: no cree en ella. Lo importante es la pasión más que la técnica o, mejor aun, el matrimonio perfecto.
En todo caso, Coronado declara que prefiere ser "un oscuro escritor marginal. Un tipo raro, triste, con esa maldita pasión". Y eso es más que suficiente.

Ojo izquierdo:
AMOROSA
Ligera
casi cantando,
sonriente,
lleva
la falda amplia
el pie menudo
la mano grácil,
pulseras,
blusa delgada
pezones marcados
grupa fuerte
brazos suaves
boca entreabierta.
Se acerca,
viene tan fresca,
llega
decidida
la miseria.

Ojo derecho:
RACIOCINIO
Última portadora
de la estupidez universal,
del indeseable
pero fuerte
gusto común,
del mal hepático que no atiendes
y se convierte
en el tufo bucal
que no me atrevo a señalarte.
de tus senos caídos
he bebido lo que ofreces,
agua desabrida,
carne descompuesta en grasa,
aún no encuentro
la curva básica de tus nalgas,
ni tus ojos,
ni la promesa de manos suaves,
lagarto humano
con todo el rechazo que mereces,
te amo.

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