martes, agosto 21

La Gran Propuesta

Sucede que a veces uno hace propuestas que debió meterse por salva sea la parte. En contadas pero locas ocasiones, uno despierta con esas ganas pubertas de cambiar al mundo, mezcladas con la necia pasión del anciano que no se quiere morir. Y entonces uno está condenado a cometer estupideces. Uno tiene en mente una Gran Propuesta —sí, con mayúscula— una proposición intensa, directa, que nadie en su sano juicio podría rechazar. Uno se viste y se prepara para matar, como dicen por ahí, y lleva ensayado el discurso perfecto que no admite rechazos. Uno camina sonriente, seguro y decidido, al encuentro con aquel que recibirá —y aceptará, por supuesto— la Gran Propuesta. Uno mira con ternura a todos sus congéneres, ayuda a cruzar la calle a todos los ancianos e inválidos que encuentra, recoge el fólder que resbaló de manos de una jovencita, da limosna a los pordioseros y le compra chocolates o chicles a los niños de semáforo. Señales todas de ese estado semi idiota, semi inconciente y cuasi suicida que los científicos han denominado enamoramiento, mismo que no dura más de seis meses, por cierto. En tales condiciones —similares a las que presenta un lobotomizado—, uno está siempre dispuesto a cometer las peores bajezas o las más sublimes hazañas, con tal de estar con el amado. Y entonces viene la Gran Propuesta. Uno ofrece al otro la vida entera o, para ser más precisos, los largos años que vienen después de los veinticinco. Uno acepta largarse de la ciudad en la que ha vivido más de siete años, botar el divertido trabajo, olvidarse del amor al arte y poner el mísero mobiliario de soltero a disposición del nuevo nido. Uno acepta someterse a la revisión continua del correo electrónico y el celular, por aquello de las desconfianzas del celoso amado. Uno acepta ser fiscalizado, husmeado y horadado hasta el jodido píloro con tal de que él/ella no dude. Por si fuera poco, uno ofrece levantarse temprano todos los días para tener el desayuno listo y delicioso; matarse para llegar a hacer la comida o, por lo menos, tener una cena regia esperando al que vuelve cansado de trabajar. Uno propone lavar los trastes y la ropa si el otro barre. Pero si el otro no quiere barrer, no importa: con tal de estar contigo te lavo los calzones y barro todos los días, faltaba más. Uno asegura, también, estar siempre dispuesto a los malabares nocturnos, matutinos y vespertinos; no molestarse por las gotitas de orina que se quedan bailoteando en la orilla del retrete; no mentar madres por la pasta de dientes que no está bien cerrada y mucho menos montar en cólera por los trastes abandonados en el buró o en el barandal.
La tragedia inicia con un cobarde “no lo sé”; alcanza el climax con un idiota “suena interesante la oferta” y finaliza con el clásico “ahorita no puedo”. La Gran Propuesta que nadie en su sano juicio podría rechazar ha sido, en efecto, rechazada. Y es que aquí y en China el “no puedo” se traduce como “no quiero” o “no me da la gana”. Entonces uno se siente un poquito ridículo, ligeramente encabronado y jodidamente desilusionado. Sobre todo esto último. Y eso de sentirse desilusionado, cuando uno ha estado tan enamorado, sólo puede derivar en dos cosas: un sangriento suicidio con lacrimógena carta póstuma, o la amputación definitiva de cualquier sentimiento cercano al enamoramiento. El primer camino, obviamente, nos lleva al hoyo y a la ausencia absoluta de problemas. El segundo caso permite a los psiquiatras y psicólogos del mundo tragar tres veces al día. O más, dependiendo de la gravedad del paciente, pues a veces uno empieza por amputar cierta sensación y termina por no sentir absolutamente nada. Para superar el trauma inicial y llegar a la pacífica pradera en la que “no pasa nada”, uno debe comenzar evadiendo lo ocurrido. Es fácil: sólo hay que negar los meses compartidos con el sujeto amado, olvidar, de hecho, ese tiempo, borrarlo de la mente aferrándose a dos frases: “eso no me pasó a mí” y “la chancla que yo tiro no la vuelvo a levantar”. La siguiente fase en el proceso de recuperación —o de zombificación— se las contaré cuando la descubra.

1 comentario:

Mediblasto dijo...

Bueno, ya había acabado mi comentario y traicionado por mi estupides di cerrar a la ventana en vez de dar click en "Publicar Comentario" (le pasa a cualquiera ¿verdad?, ¡¿VERDAD?!).

Y en lo que descubro cual fue el corto circuito en mi cerebro que me hizo hacer eso ya empece a escribirte otro comentario en mi mente jojojo.

Creo que las Grandes Propuestas son tan peligrosas como las bombas, correr con tijeras o discutir con una anciana con baston en mano... y pistola en la otra. Tu no pudiste plantear mejor todo ese proceso de enfermedad mental llamada enamoramiento de la cual a veces lamento estar sano pero después de pensarlo 5 seg digo: "naaaa, cuando tenga mi propia casa me comprare un perrito".

En resumen, me encantó lo que escribiste ahi y más abajo (del cumpleaños, que por cierto lo trataré de hacer ya que ya casi es mi cumple... no exactamente igual, cada quien tiene su paraiso jojojo)

Me dio mucho gusto conocerte, en serio que si! como dice Toño por aca quienes son publicados ya les pintan las canas y ese es un requisito que no tenemos jejeje. Proximamente empezaré a leer tu novela y podré presumir "yo conosco a la escritora" y los demás se sentiran miserables... ok, quien sabe si eso les importe, pero a mi si que si!
Te mando un saludote, un besote y un abrazote hasta por alla! atte.

Dave