lunes, agosto 13

Ese Nombre

Alguna vez tuvo Nombre el que hoy es Innombrable. Alguna vez, hace no
mucho ni poco tiempo, no había en todo el orbe algo más importante que
Ese Nombre. No había dos sílabas que se paladearan con semejante
placer; cinco letritas que tuvieran un sabor siquiera tímidamente
parecido; dos vocales abiertas que invitaran al beso; tres consonantes
ciñendo una cintura.
El mundo podía venirse abajo con toda su ignominia. Las carnes ajenas
y aun las propias podían mutar de rubicundas a moradas purulentas.
Podía el tiempo detener su tiránico dominio y perpetuar las tres de la
tarde en todos los relojes de todas las muñecas de la jodida
humanidad. Los restos del pollo rostizado podían dar a luz un atado de
gusanos blancos; inquietos constructores de cavernas descarnadas,
chupadores de miseria, iridiscentes de pura y feliz mierda derramada.
Y todas las cosas —pero de verdad todas las cosas, sin hipérbole—
tenían Su Nombre. Ese Nombre. Las calles con sus perros y basura; las
tiendas de la esquina con sus borrachos vespertinos; los portales
vomitando vendedoras de elotes, de globos, de música, de periódicos,
de heridas putrefactas. Árboles, plantas, animales, monstruos
horrísonos de la duermevela; sueños, insomnios, crudos amaneceres,
confusos despertares, etílicos azotones y chilaquiles para la cruda.
La lluvia desparramada a las cinco de la tarde, la nieve lamiendo la
punta del volcán, el granizo inmisericorde de los domingos familiares,
el sol entrando por una ventana sucia. Los niños, los parques, los
patos de la Alameda.
Suspiros, bostezos, lagrimeos; aire que se inhala, se exhala y se
atraganta. Sapos, gargajos, pedos: los arrabales mugrientos del cuerpo
humano. Las ganas de dormir sin desnudarse; la urgencia de encuerarse
y no dormir. La huelga de hambre de la lengua, que se niega a lamer
nada excepto la piel de Ese Nombre. Los brazos, el cuello, las nalgas,
el pene de Ese Nombre. La vagina sedienta, lúbrica y ajena también
tenía Ese Nombre, y lo susurraba esperando el combate: lo gritaba a la
primera estocada, lo jadeaba en el final.
Los suspiros también sudaban Ese Nombre. Todo el mundo era Ese Nombre.
¿Qué pasó, carajo, qué pasó? Ahora que Ese Nombre se ha vuelto más
que impronunciable, desechable a la fuerza. Olvidable a la mala aunque
siempre recordable. Dos sílabas, cinco letras, dos vocales abiertas y
tres consonantes, coronadas de silencio. De la ausencia del más
simple, del más estúpido "¿cómo estás?" De la indiferencia, del olvido
que Ese Nombre ha decretado sobre su propio nombre, sobre la historia
mutua, sobre lo que ya y desde siempre ha sido pasado. Innombrable
como es.

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