miércoles, agosto 15

Anillo de compromiso

Me enteré hace un buen rato y, de verdad, pensé que no le importaba a nadie, pero este fin de semana me di cuenta de que no es así. De hecho, la noticia todavía es parte de las conversaciones comunes y corrientes que la gente común y corriente entabla para matar el tiempo de modo común y corriente.
Sucedió en un puesto de garnachas, mi fuente básica de alimentación. Yo me atascaba —literalmente— un pambazo gigante, mientras las cocineras platicaban. Se que la gente bien educada y decente no anda escuchando las conversaciones ajenas, pero ellas estaban muy quitadas de la pena hablando en voz alta, yo no podía largarme, so pena de perder de vista la salsa; mi educación es pésima —como la de todos los mexicanos— y, por supuesto, no soy decente. Así que estuve muy entretenida escuchando la zaga de una mujer luchona que vivía en Tepito y aprendió a defenderse a punta de madrazos, para garantizar la sobrevivencia propia y la de los hijos. Todos ellos víctimas del maltrato de un marido/padre, briago, vago y golpeador, como hay tantos en la mitología urbana del DF y el país.
La historia era de una intensidad y dramatismo tales, que por un momento me sentí viendo una de esas bonitas películas de Pedro Infante, al estilo de Un rincón cerca del cielo o Nosotros los pobres —con todo y desgarrador !Toritoooooo¡—. Tan intrigada estaba, que tuve que pedir una queca —de veras fue un sacrificio, no una exhibición de gula—, para poder escuchar el final.
Sin embargo, cuando estaba en el momento cumbre de la narración; en ese instante en el que sólo te queda morir de un infarto o tomar la decisión de cortarte las venas con galletas de animalitos remojadas en leche, hubo un quiebre tan extraño como desolador. La protagonista/narradora —¡la heroína pues!—, a punto de ponerse a berrear, guardó silencio, respiró profundo y, en el tono más ñero que encontró, dijo: “que el Fox ya le entregó el anillo a la Martha, tú”.
Luego de esa frase la conversación giró en torno al anillo de compromiso que el expresidente Vicente Oligofrenia Fox, le entregó a su amadísima Marthita. Una sortija con tres diamantes —”piedrotas”, decían las garnacheras—, le puso Chente a Marthiux en la mano derecha, para iniciar los preparativos de su boda religiosa. Eso fue el pasado dos de julio, por aquello de ser originales —cosa que siempre se le dio a nuestro querido expresidente— y festejar de paso, seis años de casado y no sé cuántos del inicio de la cacareada democracia mexicana.
Del cuasillanto, las señoras pasaron a las carcajadas histéricas, mentándole la madre a la expareja presidencial y mofándose, entre otras cosas, de la nula potencia sexual de Chente, etcétera.
Moraleja: En este país, antes, durante y sobre todo después de cumplido el sexenio, el presidente/expresidente se convierte en algo así como un punto de fuga para canalizar la ira colectiva. Cosa que me parece muy emocionante.
Golpe a mi ego: Tengo que retirar la tercera parte de las mentadas de madre que he proferido en contra de Chente oligofrenia Fox, en virtud de que su persona, porte y gallardía, lograron hacer reir a una pobre desdichada que por nada se pega un tiro. Chente: los mexicanos no tenemos cómo pagarte la dosis diaria de carcajadas que nos provocas. Así que, repito, retiro un buen costal de las mentadas que te he dedicado, pero ojo: sólo es la tercera parte, así que ni te emociones.

1 comentario:

Pp dijo...

Jajaja no me costó trabajo imaginarme el tono de la señora diciendo "Quel fox ya le entregó el anillo a la Martha, tú" (nótese el "quel") jajaja....

Ya me imagino la situación, lástima que nos dejaron sin el final de la historia desgarradora que la señora estaba contando...

Saludos...

A ver cuando me invitas a comer unas garnachas....