domingo, agosto 26

Pseudocrónica de una aventura anunciada

Julio, nosequémalditodía.- Por obra y gracia del etílico espíritu santo, recibo una gozosa invitación para visitar el paradisíaco puerto de Acapulco y presentar cierto librillo rosa que ostenta mi nombre en la portada. Decir que recibí una invitación es, en realidad, echarle mucha crema a mis tacos; para ser más precisos fue algo así como: “que dice el Antonio que si quieres ir a Acapulco a presentar tu libro y conocer a la banda, se pone chido: hay chupe”. Suficiente para mí.
Julio, horas después, ese mismo nosequémalditodía.- Envío intenso y suplicante mail al susodicho Antonio, cuestionando, sobre todo, la disponibilidad del alcohol, digo, del hospedaje.
Julio, días después.- Que claro que sí, que cómo no, que allá se arma el asunto, que tome un bonito calendario y escoja un sábado de agosto, que ya tienen un libro que les dejó Alonso, que si voy sola o acompañada —¡esa necia pregunta no contestaré!—; que sólo pueden conseguir espacio para el evento, presentadores y rinconcito en cama ajena. La patria es pobre y yo, brincoteando como idiota feliz respondo que sí, que muchas gracias, que llevaré a cuestas un paquete de libros, que si quiere le envío más; que me postraré de hinojos frente a JeFelipe para que me deje faltar, que me desgarraré las vestiduras ante mi vecina de la página cuatro para que me sustituya, que yo me rifo sola —si Alonso llegó, que no llegue yo, ¡puesn!— aunque, en realidad, no tengo ni la más remota idea de a dónde demonios voy.
Agosto, sepalabola.- Recibo un mail urgente del camaronpelao, osea, de Antonio. Abrupta y desesperadamente, dice que también hay chance de que presente el minimamotreto en Chilpo —Chilpancingo, para que me entiendan—; que ya consiguió hospedaje y me sale más barato llegar a Acapulco por el cambio de autobuses. Digo que sí, que suplicaré el doble ante las autoridades competentes.
Agosto, horas después.- Con la mejor cara de cínica de la que dispongo, me arrojo al suelo en calidad de bulto, lloro con intensidad telenovelera, me desgarro las vestiduras —conservando el pudor y respetando los límites de la decencia, por supuesto— y le suplico a mi querido JeFelipe que me deje partir psicoprofilácticamente a tierra caliente. Me dice que sí como quien responde afirmativamente la pregunta: ¿te estás picando la nariz?, de tal suerte que sólo lamento la energía derrochada en mi montaje teatral y reitero mi deseo de ser como él cuando sea grande.
Agosto 19.- Para que mis progenitores se quiten de la cabeza la idea de que soy una perra descastada, les cuento brevemente mis planes. Como suele suceder, mi madre se interesa en la conversación hasta que Alzheimer la noquea, mientras que mi padre sufre ataques de insomnio, pánico, estreñimiento y angustia. Todo junto. Quizá se debe al modo en que contesto: Sí, voy a Chilpo y Acapulco. Ya te dije que Chilpo es Chilpancingo. No, repito, no sé con quién voy a llegar. Bueno, el cuate de Acapulco se llama Antonio y el de Chilpo quiénsabe. Seguramente me voy a quedar con alguna de sus amigas. No, no creo que termine revolcada con los amigos. De veras. Claro que también depende de qué tal estén los amigos. Alonso se durmió borracho en la playa, amaneció crudo y quemado por el sol, ¡pero sobrevivió! Por supuesto que no sé llegar: cuando fuimos a Acapulco yo era casi un feto. Creo que la presentación es en un bar, sí, hay alcohol. No, no soy borracha. Claro que no pienso llevar a mi madre. ¿Marihuana?, no, a ella no la conozco... Y así, ad infinitum.
En fin, que allá voy, sin bendición y con la consigna de estarme reportando cada media hora. Lo bueno es que ya soy niña grande. Joder.

martes, agosto 21

La Gran Propuesta

Sucede que a veces uno hace propuestas que debió meterse por salva sea la parte. En contadas pero locas ocasiones, uno despierta con esas ganas pubertas de cambiar al mundo, mezcladas con la necia pasión del anciano que no se quiere morir. Y entonces uno está condenado a cometer estupideces. Uno tiene en mente una Gran Propuesta —sí, con mayúscula— una proposición intensa, directa, que nadie en su sano juicio podría rechazar. Uno se viste y se prepara para matar, como dicen por ahí, y lleva ensayado el discurso perfecto que no admite rechazos. Uno camina sonriente, seguro y decidido, al encuentro con aquel que recibirá —y aceptará, por supuesto— la Gran Propuesta. Uno mira con ternura a todos sus congéneres, ayuda a cruzar la calle a todos los ancianos e inválidos que encuentra, recoge el fólder que resbaló de manos de una jovencita, da limosna a los pordioseros y le compra chocolates o chicles a los niños de semáforo. Señales todas de ese estado semi idiota, semi inconciente y cuasi suicida que los científicos han denominado enamoramiento, mismo que no dura más de seis meses, por cierto. En tales condiciones —similares a las que presenta un lobotomizado—, uno está siempre dispuesto a cometer las peores bajezas o las más sublimes hazañas, con tal de estar con el amado. Y entonces viene la Gran Propuesta. Uno ofrece al otro la vida entera o, para ser más precisos, los largos años que vienen después de los veinticinco. Uno acepta largarse de la ciudad en la que ha vivido más de siete años, botar el divertido trabajo, olvidarse del amor al arte y poner el mísero mobiliario de soltero a disposición del nuevo nido. Uno acepta someterse a la revisión continua del correo electrónico y el celular, por aquello de las desconfianzas del celoso amado. Uno acepta ser fiscalizado, husmeado y horadado hasta el jodido píloro con tal de que él/ella no dude. Por si fuera poco, uno ofrece levantarse temprano todos los días para tener el desayuno listo y delicioso; matarse para llegar a hacer la comida o, por lo menos, tener una cena regia esperando al que vuelve cansado de trabajar. Uno propone lavar los trastes y la ropa si el otro barre. Pero si el otro no quiere barrer, no importa: con tal de estar contigo te lavo los calzones y barro todos los días, faltaba más. Uno asegura, también, estar siempre dispuesto a los malabares nocturnos, matutinos y vespertinos; no molestarse por las gotitas de orina que se quedan bailoteando en la orilla del retrete; no mentar madres por la pasta de dientes que no está bien cerrada y mucho menos montar en cólera por los trastes abandonados en el buró o en el barandal.
La tragedia inicia con un cobarde “no lo sé”; alcanza el climax con un idiota “suena interesante la oferta” y finaliza con el clásico “ahorita no puedo”. La Gran Propuesta que nadie en su sano juicio podría rechazar ha sido, en efecto, rechazada. Y es que aquí y en China el “no puedo” se traduce como “no quiero” o “no me da la gana”. Entonces uno se siente un poquito ridículo, ligeramente encabronado y jodidamente desilusionado. Sobre todo esto último. Y eso de sentirse desilusionado, cuando uno ha estado tan enamorado, sólo puede derivar en dos cosas: un sangriento suicidio con lacrimógena carta póstuma, o la amputación definitiva de cualquier sentimiento cercano al enamoramiento. El primer camino, obviamente, nos lleva al hoyo y a la ausencia absoluta de problemas. El segundo caso permite a los psiquiatras y psicólogos del mundo tragar tres veces al día. O más, dependiendo de la gravedad del paciente, pues a veces uno empieza por amputar cierta sensación y termina por no sentir absolutamente nada. Para superar el trauma inicial y llegar a la pacífica pradera en la que “no pasa nada”, uno debe comenzar evadiendo lo ocurrido. Es fácil: sólo hay que negar los meses compartidos con el sujeto amado, olvidar, de hecho, ese tiempo, borrarlo de la mente aferrándose a dos frases: “eso no me pasó a mí” y “la chancla que yo tiro no la vuelvo a levantar”. La siguiente fase en el proceso de recuperación —o de zombificación— se las contaré cuando la descubra.

miércoles, agosto 15

Japi berdei

Quiero un día completo, o mejor aún: una semana completa para mí solita. Siete días con sus amaneceres y ocasos; 168 horas para desparramarlas como un kilo de frijoles negros en la mesa de la cocina. Encerrada a piedra y lodo en eso que llamo casa y, en realidad, no pasa de ser una pocilga sucia y descuidada. Una semana para andar encuerada y cocinar hot cakes de harina integral. Siete días sin bañarme, preocupada tan sólo por subir a la azotea a las cuatro de la mañana y esperar el amanecer con una buena taza de café. Quiero ver mi piso repleto de girasoles recién cortados y no de manchas viejas que nunca he de trapear; cubrir las ventanas con algodón de azúcar de color azul, mientras me envuelvo en las cortinas para salir a tirar la basura. Quiero que una araña me invite a ver la construcción de su trampa, y que las cucarachas bailen y se reproduzcan en la esquina más cochambrosa de la cocina, en tanto un par de gatos se matan de pasión en la regadera.
Quiero una biblioteca gigante y cien vidas humanas para leerla. Quiero un frasco de perfume con sabor a papel viejo y tinta viva, para untármelo a placer detrás de las orejas y en la punta de los dedos. O para atomizarlo cuando el mundo se torne irrespirable.
Quiero salir en canicas a la calle, sin toparme con el dilema de cargar el paragüas o dejarlo botado. Quiero cagarme en los buenos modos, en la moral, en la decencia y pregonar en los portales la buena vida que deriva de la inconciencia. Quiero sentarme a mirar cómo camina la gente aplastada por el peso de sus necias responsabilidades; agobiada por la media corrida, las colegiaturas, la comida de mañana y el retraso menstrual. Quiero reirme de la gente que corre mientras el cielo nos regala una lluvia escandalosa. Quiero mojarme por completo y saber qué coños se siente la hipotermia.
Quiero caminar entre mendigos, vagos, pordioseros y putas: compartir con ellos la exquisita sopa de la derrota. Treparme a un puente peatonal y aventar gargajos a los polis; mearme en un poste como lo hace un perro; cortarme los pies con el espejo roto de una recién casada; echarme a dormir cubierta con periódicos mugrientos y restos de comida disputada por las ratas.
Quiero un collar con dedos flamígeros de santuchos cagadiablos; unos aretes largos de calumnias de frígidas comadres; un sombrero de papel maché y una lengua inmensa que no calle nunca. Quiero una carabela para navegar esta jodida ciudad perdida para siempre y un artefacto de hechiceros, que me permita detener todos los relojes del universo si consigo encontrar una simple y miserable flor que brote de la mierda.
Quiero hablar con medio mundo y escuchar algo más que las instrucciones para hacer una buena sopa de fideo, o la dirección precisa del manicurista. Tropezarme con los hombres y hallar algo más original que la dudosa promesa de una buena cogida. Quiero que alguien se atreva a abrazarme, sucia como estoy de mierda de paloma y vómito de ebrio; que retire con delicadeza el cabello embarrado en mi cara manchada; que se atreva a sostenerme la mirada vieja y tenga los cojones de tirar de un limpio fregadazo la maldita máscara que me pongo todos los días. Quiero que me invite a comer helado de limón en el hueco de su axila y se encuere también para revolcarnos de vida cenagosa; y que no huya cobarde al descubrirme esquizofrénica o idiotizada de ternura.
Podría pedir más pero sólo quiero eso en mi cumpleaños. Ahora que, si no puedes conseguir nada, te lo cambio todo por un poquito de coraje para amputar sin anestesia 25 años de miseria y salir corriendo para volver a empezar.

Anillo de compromiso

Me enteré hace un buen rato y, de verdad, pensé que no le importaba a nadie, pero este fin de semana me di cuenta de que no es así. De hecho, la noticia todavía es parte de las conversaciones comunes y corrientes que la gente común y corriente entabla para matar el tiempo de modo común y corriente.
Sucedió en un puesto de garnachas, mi fuente básica de alimentación. Yo me atascaba —literalmente— un pambazo gigante, mientras las cocineras platicaban. Se que la gente bien educada y decente no anda escuchando las conversaciones ajenas, pero ellas estaban muy quitadas de la pena hablando en voz alta, yo no podía largarme, so pena de perder de vista la salsa; mi educación es pésima —como la de todos los mexicanos— y, por supuesto, no soy decente. Así que estuve muy entretenida escuchando la zaga de una mujer luchona que vivía en Tepito y aprendió a defenderse a punta de madrazos, para garantizar la sobrevivencia propia y la de los hijos. Todos ellos víctimas del maltrato de un marido/padre, briago, vago y golpeador, como hay tantos en la mitología urbana del DF y el país.
La historia era de una intensidad y dramatismo tales, que por un momento me sentí viendo una de esas bonitas películas de Pedro Infante, al estilo de Un rincón cerca del cielo o Nosotros los pobres —con todo y desgarrador !Toritoooooo¡—. Tan intrigada estaba, que tuve que pedir una queca —de veras fue un sacrificio, no una exhibición de gula—, para poder escuchar el final.
Sin embargo, cuando estaba en el momento cumbre de la narración; en ese instante en el que sólo te queda morir de un infarto o tomar la decisión de cortarte las venas con galletas de animalitos remojadas en leche, hubo un quiebre tan extraño como desolador. La protagonista/narradora —¡la heroína pues!—, a punto de ponerse a berrear, guardó silencio, respiró profundo y, en el tono más ñero que encontró, dijo: “que el Fox ya le entregó el anillo a la Martha, tú”.
Luego de esa frase la conversación giró en torno al anillo de compromiso que el expresidente Vicente Oligofrenia Fox, le entregó a su amadísima Marthita. Una sortija con tres diamantes —”piedrotas”, decían las garnacheras—, le puso Chente a Marthiux en la mano derecha, para iniciar los preparativos de su boda religiosa. Eso fue el pasado dos de julio, por aquello de ser originales —cosa que siempre se le dio a nuestro querido expresidente— y festejar de paso, seis años de casado y no sé cuántos del inicio de la cacareada democracia mexicana.
Del cuasillanto, las señoras pasaron a las carcajadas histéricas, mentándole la madre a la expareja presidencial y mofándose, entre otras cosas, de la nula potencia sexual de Chente, etcétera.
Moraleja: En este país, antes, durante y sobre todo después de cumplido el sexenio, el presidente/expresidente se convierte en algo así como un punto de fuga para canalizar la ira colectiva. Cosa que me parece muy emocionante.
Golpe a mi ego: Tengo que retirar la tercera parte de las mentadas de madre que he proferido en contra de Chente oligofrenia Fox, en virtud de que su persona, porte y gallardía, lograron hacer reir a una pobre desdichada que por nada se pega un tiro. Chente: los mexicanos no tenemos cómo pagarte la dosis diaria de carcajadas que nos provocas. Así que, repito, retiro un buen costal de las mentadas que te he dedicado, pero ojo: sólo es la tercera parte, así que ni te emociones.

Lo inesperado de la literatura de David Coronado


Hay algo de prosaico en la escritura de David Coronado. Algo que lastima. Algo indefinible que germina en su mirada profunda —un poquito salvaje, de indomable ternura— y que termina en la punta de sus dedos; en el momento en que sus yemas rozan el teclado y dan a luz fantasmas. Los suyos, los colectivos: los de todos que son también los de nadie. Fantasmas que habitan sus poemas y su prosa, con la sonrisa indefinible del que ha devorado sin pensar, un Bocado de Sal, justo como en el título de su primer libro.
El arte del fregadaso
José David Coronado García nació un 25 de mayo de 1974 en la Ciudad de México. A los siete años, la familia se muda al municipio mexiquense de Xalatlaco, donde realiza sus estudios básicos y tiene su primer contacto con el arte: un grupo de baile folclórico al que se unió durante la preparatoria. A los diecisiete años regresa al Distrito Federal y comienza a asistir a talleres literarios, movido por una profunda necesidad —y placer, habría que agregar— de comunicar. "Quienes me conocen saben que hablo mucho, que platico mucho. Me gusta relacionarme con las personas, ese es un pretexto: poder llegar con gente que no conozco y hacerles saber parte de lo que pienso, de cómo veo las cosas".
Otra de las motivaciones de este joven escritor es el lenguaje: "me gusta el idioma, me llama mucho la atención las posibilidades comunicantes que tiene". Con su mano derecha, David sostiene su cabeza y un delicado sin filtro; entrecierra los ojos y agrega que quiere seguir explorando el lenguaje. Hacerle el amor.
Otro motor es la vanidad de este hombre que siempre viste de negro y deja la ropa colorida para los días en que está triste o de mal humor. Por si fuera poco, David es un ojete. Lo acepta entre cínicas sonrisas, "me gusta lastimar, entonces, me gustaría envenenar a quien se deje". Por eso escribe, para eso escribe. Y vaya que consigue lastimar, envenenar: sin otra arma que el lenguaje, David Coronado se dedica a darle fregadazos limpios a quien se ponga enfrente.
Dulce bocado de sal tu presencia
Como muchas de la buenas cosas de la vida, Bocado de Sal surgió de manera completamente inesperada. Los textos nacieron durante una época muy difícil "son en su mayoría textos extraídos de las vivencias de Coronado, no es autobiográfico pero surgen durante una época muy cabrona para mí. Tenía una crisis espiritual, económica, de valores. Estaba dado a la chingada", explica David mientras se rasca su cabeza rapada.
Paulatinamente comenzó a dejar la mala racha y en su camino encontró personas que le permitieron hacer lo que quería y le abrieron la puertas. Un ejemplo fue el Museo José María Luis Mora de Ocoyoacac. David conoció y trabó amistad con la entonces directora —Gisela Neri—, una mujer sumamente sensible a las manifestaciones artísticas y, además, "entusiasta partidaria de las causas perdidas, de las espinas y de la generosidad con los amigos", quien finalmente le ayudaría a publicar.
El resultado es este Bocado de Sal, un híbrido un tanto descuidado —a decir de David—, ya que con la oportunidad en las manos "me emocioné y metí de todo. Se ve un poco revuelto, aunque quise mantener la esencia de mala leche con los que algunos textos están hechos".
Mala leche quizá sea el binomio perfecto para describir este primer trabajo formal: David señala que el libro le roba algo de cinismo al autor y vuelve a reconocer "sí soy ojete. Con excepciones, soy capaz de estar muy, muy involucrado con algunas personas y alejarme sin dolor alguno, sin extrañarlas y sin remordimientos. No sufro".
David no sufre: goza. Y goza más si hace daño. Le gusta señalar las cosas que nadie ve; procura encontrar el lado divertido, sarcástico, de la situación más desgarradora. Sal para hacer cicatriz, después de todo.
Novela ajedrecística
Y si Bocado de Sal es —desde el humilde punto de vista de quien esto redacta— un texto osado, apasionado, original y tan intenso que duele —cualidades todas que bastan para hacerlo inolvidable—, el siguiente trabajo de David Coronado supera con creces lo hasta ahora realizado.
El pretexto es el ajedrez, juego de mesa que ha acompañado al autor desde los siete años: David prepara —con el apoyo del Fondo para la Cultura y las Artes del Estado de México, del cual es actualmente becario— una novela ajedrecística, como la bautizó.
Todo comenzó durante Sólo sueños, primer taller de literatura que David dirigió en Santiago Tianguistenco. Los asistentes eran, además de amigos, ajedrecistas empedernidos que se pusieron un reto: recorrer las 64 casillas del tablero con el movimiento del caballo —que avanza tres cuadros— sin repetir casillas. Después de quebrarse la cabeza, uno de los amigos dio con la solución; realizaron el esquema de los movimientos, sacaron copias y el asunto quedó en el olvido.
Tiempo después, con cervezas de por medio, David habló con alguien acerca de la posibilidad de "contar algo que siguiera ese mapa numérico". Y así inició lo que se convertiría en un ambicioso proyecto que plantea una interesante, aunque arriesgada, innovación estructural.
Conforme avanza en el texto, David se ha dado cuenta —brincando de la emoción al terror—, del gran reto que tiene entre sus manos. Y es que la novela puede, por ejemplo, ser leída de tres formas distintas —una especie de homenaje a Rayuela, de Julio Cortázar—: siguiendo los números que propone el caballo, leyéndola linealmente o apuntando la partida. Esta última posibilidad sólo es apta para ajedrecistas consumados, pues implica determinar el número de escaques —coordenadas—.
De este modo, resulta que cada uno de los 64 capítulos que compondrán esta obra, puede servir como un posible inicio pero también como posible final.
"La estructura es ambiciosa y creo que el contenido debe equipararla", asegura el escritor. Por si fuera poco, se trata de una novela polifónica y multigénero, porque mezclará poesía, narrativa pura, prosa poética y piezas teatrales, entre otros. "A mí no me interesa ser cuentista ni novelista ni poeta. A mí lo que me interesa es escribir, echando mano de todas las herramientas". A David le importa un cuerno la crítica: no cree en ella. Lo importante es la pasión más que la técnica o, mejor aun, el matrimonio perfecto.
En todo caso, Coronado declara que prefiere ser "un oscuro escritor marginal. Un tipo raro, triste, con esa maldita pasión". Y eso es más que suficiente.

Ojo izquierdo:
AMOROSA
Ligera
casi cantando,
sonriente,
lleva
la falda amplia
el pie menudo
la mano grácil,
pulseras,
blusa delgada
pezones marcados
grupa fuerte
brazos suaves
boca entreabierta.
Se acerca,
viene tan fresca,
llega
decidida
la miseria.

Ojo derecho:
RACIOCINIO
Última portadora
de la estupidez universal,
del indeseable
pero fuerte
gusto común,
del mal hepático que no atiendes
y se convierte
en el tufo bucal
que no me atrevo a señalarte.
de tus senos caídos
he bebido lo que ofreces,
agua desabrida,
carne descompuesta en grasa,
aún no encuentro
la curva básica de tus nalgas,
ni tus ojos,
ni la promesa de manos suaves,
lagarto humano
con todo el rechazo que mereces,
te amo.

Jesús Bartolo Bello López, el poeta de la sal


—"No concedo entrevistas", me dice Jesús Bartolo Bello López, mientras evade mi ataque refugiando la mirada en su taza de café.
— ¿Por qué?, le pregunto con toda la inocencia de la que soy capaz.
— “Soy muy pendejo para hablar”, se defiende, “además, el entrecomillado va construyendo el mito del escritor”
— ¿Y cuál es el problema?, le digo mientras anoto sus palabras en mi libretita. Jesús Bartolo ríe; sonríe con esos ojos suyos que son sus poemas y entiende, a la mala y con café caliente, que la entrevista ya comenzó.
Nacido en Atoyac de Álvarez, Guerrero, Jesús Bartolo Bello López ha publicado siete libros entre los que destacan Las regresiones del mar, Poemas para besar una espalda, El responso del gato y No es el viento el que disfrazado viene, textos por los que es reconocido como una de las voces más originales de Guerrero, aunque él, en un ataque de modestia, diga que no.
“Casi todos los libros que he escrito han sido sobre un personaje de mi vida”, confiesa el poeta. Sin duda —y aunque a él le guste más Las regresiones del mar—, No es el viento el que disfrazado viene es su libro más íntimo y personal. Doloroso, además, porque fue parido y dedicado a la ausencia de su padre, desaparecido durante la guerra sucia.

Tenía el nombre de la ausencia
Ausencio Bello Ríos desapareció en Atoyac de Álvarez el 4 de agosto de 1974 —veinte días antes de que su hijo Jesús cumpliera los cuatro años— por presuntos vínculos con la guerrilla de Lucio Cabañas.
Escrito con el apoyo de una beca del Fondo para la Cultura y las Artes del Estado de México (FOCAEM), No es el viento el que disfrazado viene “surgió de la incertidumbre”, del dolor por la pérdida, de la búsqueda angustiosa de aquel ser amado que se tragó la tierra —¿o el mar?—. “Mi padre es una colección de fotos que no llegan a diez. Es sólo la preocupación perpetua de la abuela. Un rostro inmóvil del cual no sé su sonrisa”, lamenta Jesús en sus poemas.
Quizá sin proponérselo, Jesús Bartolo consiguió en un libro lo que su madre y abuela hicieron por treinta años: buscar al ausente y, lo que es mejor, encontrarlo; reconciliarse con él y consigo mismo. Desangrarse de dolor pero seguir adelante.

Poema en cuatro actos y una coda
Además del profundo lirismo y la evidente carga emocional, No es el viento el que disfrazado viene es un libro que destaca por su estructura. Se trata de un poemario presentado al modo de las obras de teatro pero que también puede ser leído como prosa poética o guión cinematográfico. Jesús Bartolo borra la frontera de los géneros y recurre a diversas construcciones “porque quería que se pudiera leer como una obra de teatro, un poema, una novela, un cuento. Una denuncia”. Sobre todo eso: una denuncia.
El escritor juega con varios personajes. Así, en este libro se mezclan, entre otras, las voces de Mabré —”todas las voces y a la vez ninguna: es un recuerdo colectivo”—, el Viento —acaso la personificación del padre—, la Línea Amarilla —la carretera del “progreso”, la que se los llevó, la que simboliza esperanza en el retorno—. La polifonía genera por un lado la idea de confusión presente en toda busqueda y, por otro, permite al poeta explorar y vaciar toda una gama de sentimientos.
Finalmente No es el viento el que disfrazado viene es el ejemplo de catarsis perfecta. “Nada tengo en decir: he llorado/ Sí, los hombres lloran./Válgame decir: he llorado/ cuando nace una flor/ o sonríe un niño;/ he llorado por mi padre,/ por ese viejo que conozco sólo en diez fotos.” Lloró el niño Jesús y se llenó de sal. Lloró buscando una salida, un escape a su dolor y, también llorando, encontró a su padre.

Esos poemas de mar
Actualmente, Jesús Bartolo Bello López radica en Tizayuca, Hidalgo y no tiene interés alguno en regresar a Atoyac, no sólo porque aún persisten la violencia y la pobreza, sino porque el pueblo en el que jugó de niño ya no es el mismo: se dobla de tristeza al ver la huerta devastada , el río en el que aprendió a nadar contaminado.
Jesús Bartolo trabaja neciamente en pos del silencio literario —eso dice— aunque no ha dejado de escribir. “A lo mejor escribo buscando la respuesta, y no la encuentro y por eso no dejo de escribir. Escribo para encontrarme a mí mismo; para aprender a mirar el mundo de otra manera”, reflexiona.
Este hombre de tierra caliente tiene inédita una novela y un poemario experimental —porque puede leerse de tres formas distintas— que aún está trabajando. También dedica buena parte de su tiempo a la escritura de un libro que analiza la relación entre lectura y actividad física —él se desempeñó mucho tiempo como maestro de educación física—, durante la infancia.
Los poemas de Jesús saben a mar, a costa; a sol en la cara y redes de pescar. Sea esta una invitación a echarse un clavado en su escritura: después de nadar en sus poemas, el lector saldrá seguramente con un puñado de nostalgias y un cardumen de verdades o, si corren con la suerte de Jesús, con una charala en el regazo.

Ojo Izquierdo:
Jesús Bartolo Bello López (Atoyac de Álvarez, Guerrero, 1970). Ha publicado Las regresiones del mar (1998), Poemas para besar una espalda (1999), Cachimbo (2000) y El responso del gato (2000), entre otros. Entre los reconocimientos que ha obtenido destacan el Premio Estatal de Poesía del Centro Toluqueño de Escritores 2000, la beca del FOCAEM 2003 y el Premio Estatal de Poesía "María Luisa Ocampo" de Guerrero 2004.

lunes, agosto 13

Personajes inolvidables

En esta vida uno se encuentra irremediablemente con seres especiales.
Personajes con características buenas o malas que los hacen
inolvidables. Pienso por ejemplo en La Bella Durmiente, doncella que
mis padres utilizaron como modelo para convertirme en una señorita
decente y con amplias posibilidades de brillar en sociedad, milagro
que obviamente no consiguieron, entre otras razones porque siempre me
pareció un poco idiota que esa "princesa" estuviera echadota esperando
al príncipe azul, mientras éste corría el riesgo de ser masticado por
el dragón/cuidador.
Y ya que hablamos de la infancia, otro personaje de mis años mozos
fue León-O —o como diantres se escriba—, el de los Thundercats. Por
obra y gracia de dos cromosomas, formo parte de la mitad de humanidad
más sobajada y escupida, es decir, soy mujer —sí, aunque no lo
parezca—, y pese a que lo normal era que me gustaran Chitara o Pumara,
lo cierto es que yo moría de ganas por ser León-O y ver más allá de lo
evidente con la espada del augurio.
Claro que con el tiempo se han ido modificando mis personajes
favoritos y prefiero los grotescos antes que los tiernos. Ahora por
ejemplo, que ya me encuentro al borde de la decrepitud, me he sentido
extrañamente fascinada por esa cosa que se llama Jorge Hank Rhon. De
veras que hay gente rara en el planeta. El hijo del egregio profesor
que peleò por la gubernatura de Baja California, no sin
antes haber hecho uso de los millones y millones —casi siete mil mdp,
según modestos cálculos— que obtiene con sus empresas de juegos y
sorteos, para ganar el corazón del electorado.
No se puede decir que Hank sea mala persona; ni siquiera es uno de
esos personajes que entran en la categoría del antihéroe, y justamente
esa "rareza" lo hace tan especial. Y es que por un lado, este
cuasiprócer de la patria se dedica a ofrecer a sus congéneres la
posibilidad de divertirse y hasta de ganar dinero, mientras que por el
otro, sus "negocitos" le permiten dedicarse a lo que de verdad le
apasiona: la política. ¿Y que para qué quiere la política? Pues obvio:
para darle a los demás, a los que menos tienen, un poquito de lo mucho
que a él le ha dado la vida.
Los enemigos de Hank sostienen que hubiera sido un grave error que ganara
las elecciones —y yo los apoyo: hubiera sido un tragedia bíblica—. Entre
otras cosas argumentan que es un machista casi misógino, por aquello
de que las mujeres son su animal favorito y otras frases exquisitas.
Además, le anda presumiendo a medio mundo que "donde pone el ojo pone
la bala", sólo porque tiene 19 hijos —regados o reconocidos, es lo de
menos— y porque le ha concedido quién sabe a cuántas mujeres, la dicha
de tocar su abultado vientre de protomacho en celo. Algo les dará: ya
la candidata de PT-Convergencia, Mercedes Maciel Ortiz, cayó fumigada
por sus encantos y declinó a su favor. Pero como siempre hay vacas que
se van con el primer buey, no es éste el argumento que más pesa en mi
opinión de tan curioso personaje.
Es más, ni siquiera me importa lo que dicen las malas lenguas. Eso de
que tiene nexos con el narco y varias cuestiones nonc santas que mejor
ni escribo para no invocar.
Lo que de verdad me repudre el hígado es que el mentado Hank se haya
pasado toda la campaña con un cocodrilo encima. Me refiero al viril
chalequito rojo hecho de piel de cocodrilo, que no se quita ni para
dormir. El problema no es su pésimo gusto, sino la inmisericorde
muerte que seguro tuvo el pobre animal para terminar embarrado en la
panza de este protomacho.
Anexo a Hank —no hay modo de evitarlo— en la lista de mis personajes
favoritos, sin embargo, no puedo dejar de imaginarme un final para él.
Tal consiste no sólo en que los bajacalifornianos no se dejen lavar el
cerebro, como ya sucediò, sino que, en algún momento, Jorgito camine cerca de un río
infestado de cocodrilos y entonces...

Manejar o no manejar: he ahí el dilema

De veras que hay gente negada para ciertas cosas. Desde amarrarse los
zapatos hasta volar un avión. La lista de actividades para las que una
persona de plano no tiene las neuronas necesarias, es bastante larga y
variopinta; muestra, además, distintos grados de complejidad. Yo por
ejemplo —y eso se lo cuento a todo el que tenga ganas de escucharlo...
y al que no las tenga también—, no puedo manejar.
Sufrí mucho al descubrirme incompetente para desempeñar esa actividad
que cualquier macho cuasimongoloide hace sin problemas. Pero luego de
mucho intentarlo —porque claro que lo intenté—, hace como medio año
que me di por vencida. Como se dio por vencido mi padre luego de
mentarme la madre en esas largas tardes atlacomulcas en las que,
sentado a mi lado —es decir, paralizado de terror y amarrado al
asiento— hacía su mejor esfuerzo para que yo coordinara los pies, los
ojos, las manos y todo lo demás en busca, ya no del buen manejo, sino
del No-choque. Desgraciadamente confundo el acelerador con el freno y,
una de esas tardes en que dejé el carro a punto de besar un poste, mi
padre se declaró vencido. No sin antes mentarme la madre por última
vez, claro.
Un poco chapado a la antigua, mi progenitor asegura que el saber
manejar es esencial para una buena vida en este planeta. Así que dejó
en las manos de mi pequeño hermano la responsabilidad de convertirme
en una buena conductora. Excuso decir que las mentadas fueron más
sabrosas, porque ahora yo las podía regresar —a mi padre no le mentaba
la madre, obviamente—. De modo que esas "clases de manejo" se
convirtieron más bien en una especie de diarrea verbal subida de tono
—tanto en la "calidad" de las palabras como en los decibeles—, hasta
que mi pobre consanguíneo también se dio por vencido. El principal
motivo fue mi inquietante habilidad para meter la cuarta velocidad en
lugar de la segunda, aunque seguramente también influyó ese estilo que
tengo para dar las vueltas y subirme a las banquetas.
Comprendí entonces que la sinapsis que realizan a duras penas mis dos
neuronas no da para tanto. Y como soy muy considerada con mis
semejantes, no me atrevería a subirme a un carro y poner en peligro
vidas inocentes.
Lo malo es que en esta gélida ciudad, hay pocas personas con una
clarividencia y humildad como las mías. De manera que en todas las
calles se encuentra uno a verdaderos imbéciles que no quisieron
aceptar su imposibilidad de manejar decentemente.
La gente "de ciudad" se burla de mí porque soy "de pueblo" —aunque
debo aclarar que Atlacomulco no es pueblo, sino una prominente ciudad
y quienes dicen lo contrario están movidos por la envidia corrosiva,
ni duda cabe—, y me da un poco de miedo cruzar las calles. A veces
tengo que esperar a que no pase ningún vehículo. Pero no es porque yo
sea tarada y no me sepa cruzar, sino porque aquí todos manejan como
diablos perseguidos por Jesucristo, como dice mi sacrosanta madre.
Por ejemplo, no es posible que los automovilistas esperen el siga
haciendo ronronear sus motores y, a punto de ver el verde, metan su
patota en el acelerador sin importarles la gente que apenas va
cruzando la calle. ¿Mucha prisa o qué? ¿son arrancones o qué demonios?
Cuando el peatón quiere cruzar, no tiene las más remota idea de
cuántos segundos le quedan de gracia, y se lanza a la aventura de
alcanzar la otra orilla, llevándose a veces la poco grata sorpresa de
un jodido orangután que no puede esperar.
¿Habrá alguien que ponga atención a esto? Es una tragedia que veo o
vivo todos los días, de hecho, más de una vez he tenido que mentarle
la madre a un conductor que se siente Fitipaldi. ¿Y los polis de
tránsito? ¿Y los buenos modos?

Ese Nombre

Alguna vez tuvo Nombre el que hoy es Innombrable. Alguna vez, hace no
mucho ni poco tiempo, no había en todo el orbe algo más importante que
Ese Nombre. No había dos sílabas que se paladearan con semejante
placer; cinco letritas que tuvieran un sabor siquiera tímidamente
parecido; dos vocales abiertas que invitaran al beso; tres consonantes
ciñendo una cintura.
El mundo podía venirse abajo con toda su ignominia. Las carnes ajenas
y aun las propias podían mutar de rubicundas a moradas purulentas.
Podía el tiempo detener su tiránico dominio y perpetuar las tres de la
tarde en todos los relojes de todas las muñecas de la jodida
humanidad. Los restos del pollo rostizado podían dar a luz un atado de
gusanos blancos; inquietos constructores de cavernas descarnadas,
chupadores de miseria, iridiscentes de pura y feliz mierda derramada.
Y todas las cosas —pero de verdad todas las cosas, sin hipérbole—
tenían Su Nombre. Ese Nombre. Las calles con sus perros y basura; las
tiendas de la esquina con sus borrachos vespertinos; los portales
vomitando vendedoras de elotes, de globos, de música, de periódicos,
de heridas putrefactas. Árboles, plantas, animales, monstruos
horrísonos de la duermevela; sueños, insomnios, crudos amaneceres,
confusos despertares, etílicos azotones y chilaquiles para la cruda.
La lluvia desparramada a las cinco de la tarde, la nieve lamiendo la
punta del volcán, el granizo inmisericorde de los domingos familiares,
el sol entrando por una ventana sucia. Los niños, los parques, los
patos de la Alameda.
Suspiros, bostezos, lagrimeos; aire que se inhala, se exhala y se
atraganta. Sapos, gargajos, pedos: los arrabales mugrientos del cuerpo
humano. Las ganas de dormir sin desnudarse; la urgencia de encuerarse
y no dormir. La huelga de hambre de la lengua, que se niega a lamer
nada excepto la piel de Ese Nombre. Los brazos, el cuello, las nalgas,
el pene de Ese Nombre. La vagina sedienta, lúbrica y ajena también
tenía Ese Nombre, y lo susurraba esperando el combate: lo gritaba a la
primera estocada, lo jadeaba en el final.
Los suspiros también sudaban Ese Nombre. Todo el mundo era Ese Nombre.
¿Qué pasó, carajo, qué pasó? Ahora que Ese Nombre se ha vuelto más
que impronunciable, desechable a la fuerza. Olvidable a la mala aunque
siempre recordable. Dos sílabas, cinco letras, dos vocales abiertas y
tres consonantes, coronadas de silencio. De la ausencia del más
simple, del más estúpido "¿cómo estás?" De la indiferencia, del olvido
que Ese Nombre ha decretado sobre su propio nombre, sobre la historia
mutua, sobre lo que ya y desde siempre ha sido pasado. Innombrable
como es.

Trío voyeurista

Pegados como moscas en una ventana en la que pasa todo, hallábanse
cierta mañana un trío de adultos jóvenes, ya bastante cotorreados. La
tríada estaba conformada por un individuo del sexo masculino alto,
moreno, con el cabello al rape y la edad de Cristo atorada en la
garganta; otro sujeto del sexo masculino no tan alto, moreno, con el
cabello largo sin cepillar —y sin lavar— y sus casi treinta años de la
mano; un ejemplar del sexo femenino bastante fodongo, enano, blanco,
con cabello largo cepillado y casi veinticinco años jodiéndole la
vida.
El disparejo trío está unido por lazos invisibles e incomprensibles
para el grueso de la población. Esa mañana se solazaban en uno de sus
principales placeres que, además, es una de sus principales
herramientas de trabajo: la observación.
El objeto de su atención era una pareja de adolescentes —o pubertos,
como se quiera ver: no pasaban de los dieciséis años— que,
arrinconados en las afueras de la iglesia de la Santa Veracruz, daban
rienda suelta a sus hormonas.
El trío voyeurista estaba de lo más entretenido, sobre todo porque
comenzaron a diseccionar a la pareja en cuestión. Es decir, calcularon
edad, estatura y peso —aportación de los sujetos del sexo masculino—,
estatus social, nivel de estudios, etcétera. Además de esas
características evidentes para todo buen observador, los fisgones
imaginaron el nombre, la casa, los familiares, los gustos, etcétera de
los observados. También elucubraron respecto a los meses, semanas,
días e incluso horas que tenía de duración el noviazgo de los
chamacos.
Una vez agotados estos temas de observación-conversación, la atención
de los voyeuristas se concentró en lo esencial: el jovencito, con las
hormonas al tope, se encontraba recargado contra la barda amarilla de
la iglesia referida; la jovencita, con el mismo problema estrogenil,
se hallaba directamente recargada contra el cuerpo de su calenturiento
novio. Ambos se miraban durante segundos intensos y luego se
prodigaban besos igualmente intensos. El trío de fisgones se dedicó
durante un buen rato a echarle porras al jovencito, animándolo a hacer
más intenso el abrazo. Como si los escuchara, el chico desplazaba sus
manos de cuando en cuando: de los hombros a los brazos de su amada; de
los codos a las manos; de las manos a la cintura, al talle; de ahí a
la cadera, al inicio de las nalgas; del preludio de trasero a la cima
de la montaña.
Y los observadores, de inicio tan animados, comenzaron a embarrarse
de nostalgia y a ponerse tristísimos. Y es que, según concluyeron
varias horas después con tres caguamas de por medio, a sus 25, 27 y 33
años sólo les quedaba el recuerdo de ese descubrimiento. Del primer
acercamiento a la carne ajena. Del avanzar lentamente, con timidez,
como esperando la cachetada de tu amada por haberle tocado un seno.
Esa novedad que no volvería nunca y que, maldición, no podría revivir
ni siquiera una escena como la que presenciaron en la mañana. Aunque
luego, superada la nostalgia y vomitada la cerveza, concluyeron que,
invariablemente, esos jovencitos se enfrentarían muchos años después
con el fantasma de su recuerdo. Con la imposibilidad de asir de la
pasado. Porque todos los finales son siempre lo mismo.