martes, julio 24

Réquiem por el Diablo

Hace poco sufrí lo indecible porque no sé quien decretó, por sus polainas, la desaparición del Limbo. ¿Cómo es posible, gritaba yo escandalizada y herida, que me haya quedado sin covacha para guardar-esconder todo aquello que me molesta? ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, lloraba mientras me desgarraba las vestiduras.
El dolor de perder el Limbo fue infinitamente superior —tengo que confesarlo— al dolor de quedarme sin Dios. O de enterarme, gracias a Nietzsche, que ese señor se murió. La muerte de Dios no me jodió tanto la existencia como hacerme a la idea de la No-existencia del No-lugar, cosa que sigo considerando La Tragedia.
Apenas estaba asimilando que mi covacha había sido borrada de la faz de mi planeta, cuando, de buenas a primeras, me entero también de la No-existencia del Sr. Diablo.
La culpa la tuvo mi admirado Jefelipe —agréguese aquí la risa sarcástica de este conspicuo personaje, quien, por cierto, acaba de cumplir siete años prendido de un badajo, hazaña que me hace admirarlo más—, que me prestó, quizá para quitarme las telarañas victorianas que tengo en la cabeza, un libro de Enrique Maza titulado: El Diablo. Orígenes de un mito.
Después de un inteligente recorrido por la Biblia y la historia judía, entre otras bellezas, Maza llega a la honorable conclusión de que el Sr. Diablo, simple y sencillamente no existe. De hecho, el Diablo se convierte en algo así como una víctima inexistente, que recibe toda la porquería que el hombre no quiere cargar porque es un pusilánime.
“Cuando el hombre no quiere hacerse responsable del mal que hace y del mal que causa, empieza a inventar otros responsables para no tener que mirarse en el espejo de sí mismo (...) El hombre busca a los demonios para echarles la culpa y hacerlos el origen de su mal”, dice Maza. Y vaya que tiene razón.
Por dos razones fundamentales no voy a hacer ni siquiera el intento de contarles el libro, al menos no más de lo que ya dije. Primero porque no consecuento huevones, es decir, que si les interesa búsquenlo, cómprenlo y léanlo. Y segundo, porque aunque a nadie le importe yo tengo que dar rienda suelta a mi dolor en esta prístina pantalla.
Siempre me ha parecido —y media humanidad concuerda conmigo— que es comodísimo echarle a alguien más la culpa de nuestra propia estupidez. Esa es la razón por la que sufro tanto. ¿A quién le vamos/voy a echar la culpa de los males que nos/me aquejan? ¿O sea que yo, maldición, tengo libre albedrío y puedo escoger entre el bien y el mal? ¿Tengo que ser responsable de mis actos? ¡Nooooooo!
Otra duda me corroe: ¿qué va a pasar con la larga lista de imbéciles que he mandado al demonio? Siempre imaginé que estarían ardiendo en las llamas del infierno y, en los casos que así lo ameritaban, llegué a visualizarlos con el tridente del Sr. Diablo atravesándoles el occipucio. ¡Y ahora resulta que no existe!, que todo ha sido un invento e, incluso, un mecanismo de control de la H. institución que es la Iglesia. Snif, snif, Sr. Diablo, apenas te fuiste y ya te extraño.

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