martes, julio 24

Exhibición de testosterona

He escuchado la queja infinidad de veces. Las mujeres casadas —y aun las que coquetean con la posibilidad— son capaces de tolerar ventosidades, sapos, impuntualidades, eyaculaciones precoces, mentiras piadosas y gotitas de orín en el excusado. En nombre del amor, mujeres sumisas y abnegadas le perdonan a su amorcito una que otra cosilla excepto —agréguese en esta parte música de suspenso—: las tardes de futbol.
En este país, todo hombre que se precie de serlo debe sentir una atracción bestial y un gusto casi animal por el fucho. El deporte más bello del mundo —¿?— ha fomentado durante décadas la sana y chelera convivencia entre machos de la misma especie. Rompe las barreras del más antisocial y tiende puentes de comunicación en todos los estratos sociales.
La liguilla —creo que así se llama— mantiene a los hombres ocupados durante buena parte del año, sin
embargo, lo más emocionante es ver jugar a la selección mexicana. No importa si le van al Toluca, a los Pumas, a las Chivas o a los Gallos Blancos —el que le va al América de plano es tarado irremediable—, los juegos del Tri convierten a todos en compadres.
Ver el partido de futbol es —como podrán imaginarse o han experimentado—, un ritual que comienza desde el instante en que se conocen la hora y fecha del encuentro. Durante días se mantiene la expectación y se organiza el escenario en el que, armado con chelas y botana, un mexicano común disfrutará el partido acompañado —en la mayoría de los casos— por cuatro o cinco amigos que gritarán, reirán o llorarán, dependiendo de si gana o no su gallo.
Para una mujer promedio es una tortura ver cómo el hombre que ha entrenado durante tanto tiempo —así sean quince días o veinte años—, se convierte en una bestia babeante que sigue como idiota el vaivén de una pelota por televisión. Habría que hacer del conocimiento de las féminas que, de acuerdo con estudios científicos realizados en una prestigiosa universidad
estadounidense, el futbol permite al macho de la especie humana canalizar energía negativa y liberar estrés.
Por si fuera poco, el futbol es también un ritual social que, para decirlo en términos prácticos, es equivalente al marcaje de territorio que realiza un perro en cada poste que se encuentra. No es otra cosa, pues, que una exhibición de testosterona —”Hormona producida por los testículos que tiene por función el desarrollo de las glándulas genitales y el mantenimiento de los caracteres secundarios del varón”— socialmente aceptada, recomendada y fomentada.
Así que, por donde se le mire, el futbol es uno de los grandes inventos que han contribuido a mantener la salud y bienestar masculinos, pues permite la liberación de un sinfín de emociones. Para que me entiendan: sin futbol el hombre promedio estaría chingue y jode —¡sí: más!—.
Por otro lado, es muy divertido observar a una recua de varones pasar de la euforia al llanto; de la tragedia a la comedia y del júbilo a la depresión. Es francamente inmejorable el espectáculo de verlos tragarse la botana y empaquetarse un cartón de
cervezas mientras el hilito de baba, evidencia inobjetable de oligofrenia, les recorre el mentón y les moja la playera. El paroxismo de la diversión es el momento en que el amado equipo pierde y las lágrimas brotan de los ojos casi tiernos de esos machos dominantes. De verdad, cualquier mujer que se precie de serlo, no debería negarse este espectáculo.

1 comentario:

Pp dijo...

jajaja no manches laura, pues a donde vas a ver el futbol tú??? mira que ver a todos los hombres babeando jajaja.... tienes razón, en muchas cosas que dices, pero menos en eso del América, ahora que te vea te daré un pellizco por ese comentario ...